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No me moverán

El coste del 11S

Septiembre 26, 2011

Viajo a NY. Mi esposa y yo pagamos 14 dólares cada uno por el ESTA, un impreso que relleno por Internet y que en 72 horas, o menos, me contestan. En él se dice si nos autorizan, o no, a ir a EE.UU. Sin embargo, aclara, será el oficial de fronteras el que tomará la decisión final ¿Entonces, para qué el trámite? Efectivamente, a mi esposa el oficial le dice que tiene que ir a comprobar si no es “una terrorista muy seria” (palabras textuales del oficial). Se llama Carmen Gómez y debe haber millones que respondan a esos dos nombres. Pasa un cierto tiempo y deciden que ingrese en el país después de comunicarse con una central de datos, sita en Washington. No nos extrañó, era la cuarta vez que nos ocurría. De hecho, procuramos no pasar por el aeropuerto de Miami, en tránsito, para evitar esa clase de molestias; se corre el riesgo de perder la conexión si vas a otro país de América. 

Esa es solo una muestra del coste de seguridad en que incurren los Estados Unidos por el ataque del 11S. El mayor coste está siendo la guerra de Afganistán. Un país jamás conquistado desde Alejandro Magno que se tuvo que casar con una princesa del lugar para pasar por él. Ingleses y rusos pueden dar fe de lo complicado que es el mantener un Ejército entre sus montañas; nunca se dan por conquistados, al afgano le gusta la guerra. Kipling describió con maestría la situación en “El hombre que pudo ser rey”; también lo llamó “El Gran Juego”, donde los espías ingleses se perdían en sus fronteras. Por eso Obama ha decidido que sus tropas lo abandonen ¿Podrá hacerlo?

Bin Laden no solo asesino

Mi estancia en NY coincidió con la reunión de la ONU y la presencia de muchos mandatarios mundiales, incluido el presidente Obama. Espectaculares las medidas de seguridad y los alardes de policía, las sirenas y el despliegue de helicópteros y toda clase de vehículos. De todo ello son las agencias públicas de inteligencia y seguridad y las compañías privadas de esa materia las que están sacando tajada.

De manera que Bin Laden no solo mató y destruyó las torres gemelas, en cuyo lugar se están construyendo ahora otras gigantescas. El terrorista creó una psicosis que está costando miles de millones de dólares al imperio americano.

Un coste que se nota en el gran déficit público que soporta EE.UU. y que lastra su competitividad, que devalúa su moneda y le incita a replegarse en si mismo y que le puede alejar del liderazgo mundial que mantuvo durante todo el siglo XX.

Este es el mayor coste de un acontecimiento que ocurrió hace diez años en la Gran Manzana y sigue presente en el imaginario colectivo de este gran pueblo. De su superación depende su liderazgo y, a la larga, el “alma” de la nación americana. Esperemos que así sea por el bien de la democracia y la libertad. Las otras alternativas, por el momento, son peores.

José Ramón Pin es Profesor del IESE. Titular de la Cátedra de Gobierno y Liderazgo en la Administración Pública