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Otras opiniones

El cese de Wert

Julio 1, 2015

Como muchos esperábamos y yo había anunciado hace tiempo en esta misma publicación, ya se ha producido el sacrificio pedido por las masas de José Ignacio Wert, prácticamente el único ministro que se ha atrevido a gestionar su cartera haciendo lo que había que hacer sin pensar en sus consecuencias políticas y electorales. Nos lo quieren edulcorar con una historia de amor, pero todos sabemos que es mentira, le han cesado porque pensaban que era un lastre electoral.


En un contexto en el que cualquier político con ambición de futuro sabe que lo fundamental, aparte de realizar declaraciones grandilocuentes de contenido vacío, es no hacer nada, ya que qué es la única forma de no pisar los callos inmovilistas que todo progreso exigiría y de no generarse enemigos, el ex ministro Wert, pobrecillo, se creyó que debía y podía hacer algo para mejorar nuestro sistema educativo que, según el informe PISA, nos sitúa a la cola del mundo medianamente civilizado e implica, por ejemplo, que la mayoría de los licenciados universitarios que se presentan a las oposiciones a profesores de enseñanza básica no sepan ubicar Zaragoza en el mapa. No sabía el ex ministro que el sistema “educativo” que nos ha llevado a eso es políticamente intocable y mucho más en la actual sociedad de “indignados” y de incondicionales de “Podemos”.

Mientras la LOE, aprobada por el gobierno Zapatero y que se viene aplicando desde 2006 establece como objetivo fundamental: “promover la solidaridad y evitar la discriminación con el objetivo fundamental de lograr la necesaria cohesión social y garantizar el ejercicio de la ciudadanía democrática” la LOMCE promovida por el  ex ministro Wert establece que el objetivo fundamental de la educación es que los alumnos aprendan y sepan más y estén en mejores condiciones para insertarse en el mercado laboral (la denostada “empleabilidad”), lo cual, según nos ha repetido hasta la saciedad la legión de sus detractores, no puede ser más prosaico y retrógrado. Pero no ha sido esa la causa fundamental por la que su Jefe, el inefable Sr. Rajoy ha arrojado al ministro Wert  a los leones esperando alcanzar así el apoyo electoral de las masas, sino los pilares básicos de la reforma educativa que infructuosamente ha querido realizar.

Poner orden al profesorado

El  ex ministro Wert aspiraba a algo tan absurdo e involucionista como poner algo de orden en el profesorado de los Centros Públicos pretendiendo, por ejemplo, que dejen de elegir entre ellos a los Directores y Jefes de Estudios que, teóricamente, deben controlar su actuación o establecer algunas limitaciones en su privilegiado y exorbitante régimen laboral.

Había previsto, asimismo, promover que los alumnos tuvieran que esforzarse más, martirizándoles a tal efecto con exámenes y reválidas con evaluación externa lo cual, como todo el mundo sabe, sería profundamente antidemocrático, porque los más capaces y los que más se esforzaran sacarían mejores notas que los demás y los dejarían en evidencia y, por si acaso tamaño dislate no fuera suficiente, permitiría comparar los resultados obtenidos por los distintos profesores y centros dando munición a los retrógrados y sectarios que sostienen que la enseñanza privada concertada es más eficiente que la pública y que los que forman masivas colas para entrar en ella mientras abandonan los centros públicos, pese a que los profesores de estos ganan hasta un 50% más y cuentan con muchos más medios, no son absolutamente idiotas.

Que la selectividad valga para algo

Pretendía también el ex ministro que la nota de “selectividad”, que teóricamente debería servir para seleccionar a los que pueden acceder a la enseñanza universitaria que financiamos todos mediante nuestros impuestos, seleccionara algo o a alguien, ya que no parece que lo haga mucho ese 95% de aprobados en la misma (prácticamente todos los que no dejan el examen en blanco): nuevamente se trataba de un ataque inadmisible contra la “enseñanza democrática”.

 Claro que casi peor es que la no superación de las reválidas en el bachillerato implique la “condena” (he oído a los críticos de esta cuestión utilizar con frecuencia este término) a seguir el denigrante camino de la formación profesional. Pese a que en los países económica y socialmente más desarrollados los estudios de formación profesional son los seguidos por la mayor parte de la población, en España constituyen una “condena”, una lacra inadmisible, y los intentos del ex ministro para potenciarla han recibido el lógico rechazo que merece quién pone trabas a algo tan lógico y eficiente como que absolutamente todos seamos universitarios.

Naturalmente, todo lo anterior ha valido al ex ministro el frontal rechazo y la profunda animadversión de la inmensa mayoría de la comunidad educativa; los profesores y los centros no quieren ningún cambio, les va muy bien así y los alumnos y padres se suman entusiásticamente a su defensa del inmovilismo, sin que la dramática situación de nuestra enseñanza les lleve a realizar ninguna propuesta alternativa digna de tal nombre, solo a criticar las del ex ministro; se ve que les gusta lo que hay.

Rechazo de las Comunidades Autónomas

Y la guinda práctica al pastel de rechazo a las medidas en materia educativa del “Sr.  Wert” lo han puesto las Comunidades Autónomas; la ley por él promovida, cercenando ilegítimamente según dicen ellas su capacidad de decidir y resucitando las peores lacras del estado centralista, pretendía establecer una mínima homogeneidad de las enseñanzas en toda España además de garantizar que pudieran recibirse en castellano, así que la mayor parte de las Comunidades han decidido directamente no aplicarla; tienen razón, resulta evidentemente inadmisible que, como pretendía el Sr Wert, no sean los dirigentes autonómicos los que decidan libremente si al estudio del medio, al idioma autóctono o a la formación para la ciudadanía, se les deben dedicar más horas lectivas y más medios que a las matemáticas, la historia o la lengua española.

Para terminar, sería injusto olvidarse de citar entre los que han tenido el mérito de contribuir la defenestración del ministro Wert, al estamento artístico y cultural que ha sido uno de los más críticos con él en base al fundamental argumento de que no ha defendido con suficiente fuerza algo tan de cajón como que el ir al cine sea una necesidad tan básica y elemental como comprar pan o medicinas y deba tener por tanto, un IVA similar al de estos productos. Las críticas y oposición de algunos de nuestros principales estamentos deportivos, como las ejemplares y transparentes, Federación Española de futbol, Liga Profesional y asociación de Clubes, así como de las Federaciones y organizaciones que controlan otros deportes, en cuyos tejemanejes ha osado tratar de interferir, tienen sin duda también su parte de mérito en su cese.

Adolfo Barrio