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Otras opiniones

El caso Snowden

Julio 23, 2013

Es un tópico el señalar que la realidad supera a la ficción, pero pocas veces ello ha resultado más evidente que en la comparación entre el “caso Snowden” y la novela de “ciencia ficción” escrita en 1948 por George Orwell “1984”; las semejanzas entre Edward Snowden, revelador del espionaje masivo de nuestra intimidad por los poderes públicos de Estados Unidos y de otros países y Winston Smith, protagonista de “1984”, son tan abrumadoras que pueden llegar a suscitar creencias casi supersticiosas sobre las apabullantes coincidencias.

En la novela de Orwell, Smith trabajaba en “el Ministerio de la Verdad” de Oceanía (equivalente al actual mundo occidental) encargado de reescribir la historia y “adaptar” el comportamiento y el pensamiento de los ciudadanos a las pautas preestablecidas “en beneficio de todos” por el Hermano Mayor o Gran Hermano. A fin de preservar a la humanidad de los peligros que el pensamiento crítico y las actuaciones individuales al margen de lo programado por el sistema podían representar, se ejercía  una vigilancia permanente sobre todos los ciudadanos a través de “telepantallas” instaladas en sus domicilios además de en las calles y lugares públicos para conocer y reprimir, en beneficio en primer lugar de los propios infractores, las conductas que se desviaran de “la verdad” y las estrictas reglas establecidas por el Gran Hermano; Smith se rebela contra el sistema y trata de luchar contra él pero, descubierto por la policía del pensamiento, no sólo no consigue cambiar las cosas sino que, personalmente, le va a ir mal, muy mal…..

De la ficción a la realidad

Pero este artículo no trata de la novela de Orwell sino de la peripecia de Edward Snowden, el técnico informático que trabajando para la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (NSA) se vio inmerso en un proceso de vigilancia general a los ciudadanos similar al “inventado” por aquél en la ficción pero todavía más sofisticado y, por desgracia, muy real, y, como Smith en la novela, decidió hacerlo público y luchar contra él; las coincidencias también se extienden a los resultados.

Snowden se dio cuenta de que él no era sino una pequeñísima pieza de un gigantesco engranaje encargado de averiguar toda la información teóricamente privada sobre buena parte de los ciudadanos del mundo mediante la recopilación, lectura y utilización de nuestras conversaciones telefónicas, correos, archivos de ordenador, páginas webs visitadas, cuentas corrientes, compras realizadas y cuanta información personal pasa por nuestros teléfonos y ordenadores; estos billones de datos se almacenan en bruto y, dado su volumen, el principal problema es el de su selección y tratamiento posterior que se realiza sin ningún tipo de control conocido.

Snowden decidió hacer pública esta masiva violación de nuestra intimidad dando todos los datos sobre cómo se realizaba, quién lo hacía, quién colaboraba, que cuestiones incluía y a quién afectaba, poniendo de manifiesto con todo lujo de detalles los mecanismos mediante los cuales los datos, incluidos más personales e íntimos, de millones y millones de ciudadanos de todo el mundo son indiscriminadamente recogidos y almacenados con la participación de las principales empresas y compañías de telecomunicaciones, colaborando en esta tarea, que era realizada por la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos (la NSA) mediante el programa “Prisma” buena parte de los países más desarrollados del mundo que, paradójicamente, al mismo tiempo que eran objeto del espionaje de la NSA, colaboran con ésta en su ingente tarea de saberlo todo sobre todos.

Inquietud justificada

Parece sobradamente justificada la inquietud que suscita que nuestras relaciones familiares y de pareja, nuestras preferencias dietéticas o sexuales, nuestras inclinaciones políticas y sociales, nuestras actuaciones económicas, nuestras enfermedades, nuestras actitudes morales y religiosas, nuestras aficiones y preocupaciones, las relaciones con nuestras amistades, la opinión reflexiva o irreflexiva que hayamos dado sobre cualquier asunto y cualquier aspecto pensable de nuestra vida privada, hayan sido recogidas y almacenadas sin nuestro conocimiento ni consentimiento y sin que exista la menor garantía de en qué manos puede caer y del uso que se puede hacer en el futuro de toda esta información.

Pero quizá lo peor de todo es que los que han cometido tamaña tropelía nos han asegurado que actuaban legalmente (y casi con seguridad sea verdad) y, no sólo no se hayan excusado, sino que no han variado un ápice su actuación de recopilación masiva de información privada, siendo previsible que el progresivo avance y sofisticación de los medios técnicos utilizados para ello hagan que el conocimiento de nuestra intimidad sea cada vez más masivo y exhaustivo. La única reacción que han tenido ha sido la de perseguir con saña al delator.

Más preocupante todavía que lo que ha ocurrido son los síntomas de hacía donde nos dirigimos. Snowden, que debería ser un héroe mundialmente reconocido, es presentado como un traidor y el mayor peligro para la humanidad desde Bin Laden y perseguido a escala planetaria, utilizando todos sus medios, por el mismo Estado cuyas escandalosas actividades ha puesto al descubierto. El matonismo del más fuerte y más chulo de la clase, en este caso Estados Unidos, quizá nunca ha sido puesto de manifiesto de una manera más descarnada. Ninguno de los países a los que Snowden ha pedido asilo político, incluido el nuestro (que llegó a intentar registrar el avión oficial del Presidente boliviano, Evo Morales, por si en él se ocultaba el fugitivo Snowden), se ha atrevido a concedérselo; incluso en los países de la “liberal” Europa, con la “moral y ética” Francia a la cabeza, no se duda en traicionar la justicia ante el temor reverencial que suscita nuestro “aliado” americano.

Naturalmente, como en la novela de Orwell, la coartada es que todo ello es en beneficio nuestro; se nos dice que se recoge la citada información masiva para luchar contra el terrorismo, para prevenir y castigar los delitos, para preservar nuestra seguridad, nuestra civilización y nuestro modo de vida; ¿y quién nos lo dice?: la NSA, el brazo ejecutor de ese Gran Hermano omnisciente y omnímodo que, desde el país de las libertades, salvaguarda y exporta a sangre y fuego las esencias de la civilización occidental por él definidas, vela porque todos sigamos el camino correcto que él nos indica y no puede identificarse con nadie en concreto.

Pero quizá lo más increíble es que las encuestas revelen que los ciudadanos estadounidenses están mayoritariamente de acuerdo con estas actividades, con las explicaciones dadas sobre las mismas y con la persecución al delator Snowden. Aunque no es ni mucho menos descartable que dichas encuestas estén manipuladas (o simplemente inventadas) tampoco lo es el que los ciudadanos prefieran entregar su libertad a cambio de una utópica y falsa “seguridad” y que opten por abdicar de su individualidad y traspasar ésta a un mítico Hermano Mayor que cuide de ellos y les releve de pensar, de decidir y de vivir como personas independientes; algo muy parecido es lo que hicieron los alemanes cuando mayoritariamente votaron al partido nazi y llevaron al poder a Hitler.

Y, mientras tanto, Edgar Snowden, el héroe que ha sacrificado su carrera y arriesgado su vida para defender la libertad de todos, el que reúne méritos que parece difícil superar para ser el próximo premio Nobel de la Paz, al parecer, permanece en el limbo jurídico de la zona de tránsito de del aeropuerto de Moscú (¿para siempre? ¿hasta que algún fortuito “accidente” nos libre de su molesta existencia”?) sin que, fuera de los “abusadores sexuales y delincuentes comunes” de Wikileaks y de algunos locos internautas, prácticamente nadie se preocupe de su suerte y sin que ningún país del mundo, incluidos los que con más grandes voces (y con menor autenticidad) reivindican la libertad y la justicia, se atreva a concederle asilo político.

Adolfo Barrio