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Rope-a-dope

El cambio climático es el yihadismo ambiental

Junio 22, 2017
Pedrogao Grande (Portugal), 18/06/2017.- Burnt cars and body bags on the N236 road between Figueiro dos Vinhos and Castanheira de Pera, near Pedrogao Grande, central Portugal, 18 June 2017. At least fifty-seven people have been killed in forest fires in central Portugal, with many being trapped in their cars as flames swept over a road on the evening of 17 June 2017. A total of 688 firefighters are providing assistance. (Incendio) EFE/EPA/MIGUEL A. LOPES

No suelo situarme en los extremos, para casi nada. Sobre todo, porque la situación de equilibrio se encuentra meridianamente lejos de cada uno de ellos. Lo más prudente y sabio parece colocarse en ese punto medio, en esa aureas mediocritas que se establece entre las dos fuerzas fundamentales opuestas y complementarias, que se encuentran en todas las cosas: el yin y el yang. Lao Tsé y Aristóteles fueron los primeros en sentar esta doctrina. La vida moderna nos entrega cada día nuevos ejemplos sobre su validez.

Por ello creo y no creo en el cambio climático. Siempre he defendido que el cambio climático existe, negarlo sería una sandez. Pero estoy convencido -a pies juntillas- de que la mano del hombre no es tan fiera como la pintan. ¿Influye? Sí, desde luego. ¿Es tan determinante? No. Como creo en el cambio climático, creo en los ciclos y creo que tras un deshielo vendrá una glaciación y viceversa. La fusión de los casquetes polares tan alarmante que nos quieren vender muchos panfletos sensacionalistas se entiende dentro de un margen comprensible cuando nos percatamos que nos encontramos en el ciclo natural más caliente de la Tierra. Cierto es también que el aumento de gases de efecto invernadero, fundamentalmente CO2, han provocado que nuestro planeta se caliente todavía más. Pero, ¿es totalmente decisiva la mano del hombre? Los niveles de gases de efecto invernadero se mueven dentro de una escala siguiendo cambios orbitales, por lo que tras este aumento vendrá su sucesivo descenso. La revolución industrial ha subido los porcentajes, pero para eso está Kioto, Nairobi o París. De hecho, el protocolo de Montreal (protocolo de la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono) acordó la reducción de los niveles de consumo y producción de clorofluorocarbonos (CFC) según el nivel de desarrollo de las economías de los países signatarios, ya que “la emisión en todo el mundo de ciertas sustancias puede agotar considerablemente y modificar la capa de ozono en una forma que podría tener repercusiones nocivas sobre la salud y el medio ambiente”. Por todo ello creo en Trump y en Al Gore a partes iguales.

Pero si los humanos tenemos un ápice de responsabilidad, por pequeño (o mediano) que sea, debemos actuar consecuentemente y tomar partido en el asunto haciendo todo lo que tengamos en nuestra mano. Por lo tanto, y a la vista de los últimos episodios, todo aquel que incumpla deliberadamente su papel en el cuidado y respeto del planeta legado por nuestros antepasados, debe ser tachado como terrorista. Terrorista del cambio climático.

El incendio que asoló Portugal el pasado fin de semana y que se inició en Pedrogão Grande tiene tanto de verdad como de mentira en la afirmación que asegura que no fue intencionado. El fuego fue provocado por una tormenta seca: un fenómeno que se desarrolla en unas condiciones peculiares, generalmente en zonas áridas, con grandes descargas eléctricas pero muy pocas precipitaciones. “Esto se debe a que en capas medias y bajas no se dan condiciones de humedad suficientemente alta para que la lluvia que acompaña a la tormenta sea destacable, ni en capas altas hay el suficiente aire frío para que los desarrollos verticales sean importantes”, relata Ginés Mirón, presidente de la Asociación Meteorológica del Sureste (Ametse). Por lo tanto, el aire seco convierte el agua en vapor y ese vapor se transforma en nubes de tormenta que descargan sus rayos sobre un suelo seco porque la lluvia se evapora antes de entrar en contacto con el suelo. El calentamiento global aviva estas situaciones y alarga desmesuradamente la temporada de incendios. Si a estas condiciones les sumamos la existencia de una gran plantación de eucaliptos (especie invasora de madera árida que propaga el fuego a toda velocidad traída de Australia por Fray Rosendo Salvado a mediados del XIX) obtenemos un cóctel mortal de necesidad. Los bomberos han comenzado a especular que el incendio de Pedrógão Grande tuvo un origen criminal. Fuera como fuese, la mano del hombre ya ha sido determinante para segar 64 almas.

Como diría James Lovelock en su hipótesis Gaia, “la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos”. Más vale que ayudemos a Gaia en este cometido. De lo contrario seremos terroristas. Yihadistas ambientales que se inmolan destrozando todo lo que encuentran a su paso.