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Otras opiniones

El buen ocio

Diciembre 3, 2009

Mala fortuna la del concepto “Ocio”. Es uno de esos vocablos bivalentes, bifrontes. Negativo cuando se le compara con pigricia, ociosidad, negligencia. Es la madre y el padre de todos los vicios, se suele decir. Es la almohada del diablo, aseguran los más suspicaces. “Es la sepultura del hombre”, dijo Séneca. “Es una muerte anticipada”, dijo Goethe.

Sin embargo, en su versión latina, griega y aramea, es ya otra cosa. “Otium” es quietud, descanso, paz. Expresiones que aparecen frecuentemente en Cicerón, Tito Livio y Oracio. Estos clásicos suelen traducirla como “tranquilidad dignificada”, “descanso rentable”.”Cultura del ocio”, la llaman hoy muchos.

Aristóteles decía que la felicidad reside en el ocio del espíritu. Sócrates alababa el ocio inteligente como la riqueza más bella. Y es sabido que muchos teólogos, moralistas y científicos equiparaban el ocio como momento muy interesante y creativo.

Los romanos en la entrada porticada de sus villas de verano inscribían: “Quieti, otio”, es decir, tranquilidad, ociosidad. Porque decían que el buen ocio repara la fatiga mental. Es el “suero del espíritu”, ratificaban. Es la “panacea” griega, “panakeia”, “panakes”, “pan”, y “akos”, es decir, remedio para todo, en exacta traducción, sin peyorativos.

 

Administrar el ocio: el camino a la felicidad


Sin ir más lejos, nuestro genial Nobel de literatura, Camilo José Cela, dejó escrito, con un cierto retintín, como a él le gusta expresar sus sentencias que “es provechoso el ocio, hijo mío”. Porque “el ocio es amable regalo de los dioses. Si se pudiera almacenar el ocio, se llegaría a prestar un gran servicio a la humanidad”.

Bertrand Russell dejó escrito que la última consecuencia de la civilización es su actitud para ocupar inteligentemente los ratos de ocio.

Y es que, según muchos sabios y entendidos, precisamente, el ocio bien administrado puede constituir y constituye la mampara que da acceso a la felicidad. En el ocio, uno se reencuentra consigo mismo. En eso consistía, según nuestro sabio recientemente fallecido, Francisco Ayala, la felicidad, en estar conforme con uno mismo. “Con el tiempo, afirmaba nuestro pensador, he llegado a considerar que no son necesarios muchos libros, que lo importante lo atesoramos dentro de nosotros mismos”. O como aseguraba Levi-Strauss al escribir que “La sabiduría no está en las respuestas sino en las preguntas”.

Porque las preguntas nacen de uno mismo, son mi “yo”. Y el “yo” mío, en concomitancia con el “otro”. Porque como aseguraba el filósofo francés , Levi-Strauss: “Un humanismo bien ordenado no comienza en uno mismo, sino que ubica el mundo antes que la vida, la vida antes que el hombre y el respeto a los otros antes que el amor propio”.

Jesús Infiesta