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Otras opiniones

El barbero de Picasso y la mistificación de la izquierda

Enero 8, 2012

Ahora que triunfa la película musical de Emilio R. Barrachina, con un homenaje del cantaor Morente al barbero de Picasso,  recuerdo algunos pasajes de un largo reportaje con el protagonista, Eugenio Arias,  un exiliado de Buitrago del Lozoya (Madrid), que vivía en la Costa Azul francesa. Picasso no tuvo nada de tacaño, como aseguran algunos biógrafos de oído. En 26 años de trato con su barbero, le regaló muchas obras exclusivas. Todas componen un museo a la amistad en este pueblo madrileño.

Así, la localidad madrileña de Buitrago del Lozoya, un núcleo rural de la llamada “sierra pobre”, es el único lugar del mundo que tiene el privilegio de contar con un museo de Pablo Picasso dedicado exclusivamente a una faceta íntima del pintor malagueño: su amistad con una de las personas nacidas en este pueblo, Eugenio Arias. Picasso tuvo a Arias como barbero durante su estancia en Vallauris (Francia), y le trató, además, fraternalmente: le regaló más de 60 obras, colección que el barbero, ya fallecido, donó a su pueblo.

El pintor y el barbero, unidos hasta la muerte

¿Pero qué  pudo unir tan estrechamente a dos personas de ambientes tan antagónicos como el de un barbero de pueblo y el de un genio universal del arte? “Durante los 26 años que estuvimos juntos, –me contaba Arias-, el tiempo que él vivió en su villa La Galoise, nos unió una fraternal amistad, un sentimiento  que siguió hasta su muerte en la cercana Antibes, a donde él se trasladó y donde yo seguí visitándole. El me trató siempre como a un hijo”.

Eugenio Arias, hijo de pastores, trabajó como peluquero en Buitrago hasta la Guerra Civil. Hombre de ideas republicanas, al finalizar la guerra huyó a Francia, donde  sufrió las calamidades de los campos de concentración nazis. Posteriormente, se trasladó a Vallauris y allí instaló su peluquería, donde conoció por azar a Picasso. En este encuentro, la casualidad parecía ofrecer , además, condiciones de afinidad para  el nacimiento de una amistad, con trato casi diario, que duraría hasta la muerte del artista: los dos, Picasso y su barbero, son hombres campechanos, bromistas , de ideas antifascistas, viven en un pequeño pueblo, cerca de la frontera española y añoran España. Hasta se parecen físicamente “Picasso -decía Arias-, era en aquella época como un balón de oxígeno para  nosotros los exiliados; él  procuraba entablar conocimiento con todos y animarnos”.

En el exilio, España era el centro de sus conversaciones

Picasso iba a los toros con Arias. No quiere contar porqué acabo como el rosario de la aurora su amistad con el torero Luis Miguel Dominguín. Otro mito. Almorzaban  muchas veces juntos y el pintor  hasta se confesaba a su barbero mientras éste le arreglaba. “El denominador común de nuestras conversaciones era España. Le interesaba todo lo que atañía a nuestro pueblo, a sus artistas, a sus trabajadores. Tenía a España en el fondo de todos sus sueños. Picasso decía que seríamos todos felices cuando viéramos el Guernica en España”, recordaba Arias.

En ese ambiente, en la dureza del exilio y la postguerra, la mecha de la amistad prendió con fuerza entre el artista y el barbero. Era tanta su amistad, que Santiago Carrillo, secretario general del Partido Comunista en el exilio, nunca se atrevía a pedirle dinero directamente a Picasso, siempre lo hacía por carta, a través del barbero, para actividades del partido. 

Aunque su obra le absorbía por completo -recordaba Arias-, Picasso no fue indiferente a nada de su tiempo. Vivió para crear, para dar, para sembrar amistad, respeto, libertad y paz. Le vi sufrir y gozar intensamente. Su inteligencia la permitía captar profundamente la perfidia o el respeto hacia su persona”.

Su extraña relación con Santiago Carrillo

Si Picasso era  tan bueno, ¿por qué daba tantos rodeos Santiago Carrillo?  ¿No era Picasso un izquierdista furibundo, luchador comunista en el exilio?

No era sectario. No siempre colaboraba para actos políticos comunistas, a veces lo hacía pero de mala gana. Detestaba a los que vivían del cuento. Le obsesionaba la paz y el trabajo, como soporte para el progreso de las futuras generaciones. ¿Has visto- decía—construir una casa a cañonazos? Ahora dicen en la izquierda que el trabajo es un derecho. No, es un deber. Arias, no debemos nada a nadie. Quien vive sin trabajar, por lo menos es un ladrón social. Así va el mundo”.
  
A la izquierda española se le desmoronan hasta los mitos históricos. Habrá que incluirlos en la memoria histórica de Zapatero.

Sebastián Moreno