Menú Portada
Otras opiniones

El amor, ¿caramelo o droga?

Abril 25, 2010

Mojarse los labios en un licor como este, conocido habitualmente como amor, sentimiento ciego ilimitado sin respuesta a cómo, cuándo y por qué, suele ser a menudo el inicio de una espiral ilimitada de la que difícilmente podemos salir.

Si bien es cierto que cada relación es un mundo, en muchas ocasiones se repite este suceso. Probamos su néctar e inmediatamente notamos el sutil efecto, que nos embriaga poco a poco. Y queremos más, deseamos fervientemente otra pequeña dosis, tan sólo un sorbo más… que acaba convirtiéndose en una obsesión irrefrenable.

Es un caramelo mientras su sabor es dulce, esta sensación es una especie de locura que absorbe nuestro pensamiento en cualquier lugar y en cualquier momento. Es similar a estar flotando en una nube, todos los colores se tornan en rosa, “la vie en rose”.

Si nos descuidamos, el caramelo comienza a resultar agridulce. Un licor que produce un agradable cosquilleo desde el pecho hasta las extremidades de nuestro cuerpo. Y ese ardor en la garganta alimenta la necesidad, las ganas.

Despertarse por las mañanas y querer beber de una copa semivacía, continuar con el fervor que produce la ilusión inventada, dejarse llevar, entregarse a un aparente escenario perfecto, cuando ni siquiera nos hemos parado a pensar en lo que tenemos y en lo que no tenemos.

Es en ese preciso instante cuando sin poder darnos cuenta, ya no tenemos un caramelo en la boca, ni tampoco un licor mojando nuestros sentidos. Hemos creado una adición. Una adición a una persona que tal vez no nos corresponde, que está sin estar.

Queremos abarcarlo todo, controlar las situaciones, pero empezaremos a obtener un sabor amargo. Sin embargo el componente adictivo permanece, aún vive esa llama, ese cristal por el que podemos ver que todo es posible, que las cosas cambian, que nos devuelve la ilusión.

Nos encontramos pensando en una balanza nuestra parte ilusa y nuestra reserva racional. Y para bien o para mal las ilusiones descompensan la balanza. Las emociones, los instintos, los sentidos a los que tan fácil es engañar, nos siguen llevando por el camino de la cruel adición.

Nos convertimos en un ser dañado, lleno de rasguños, de cicatrices que no sanan. Enganchados, adictos a otro ser, probablemente ni siquiera superior a nosotros, pero que debido a las circunstancias y a un cúmulo de casualidades se ha convertido en la peor de las drogas.

Las agujas del reloj giran, sin detenimiento. Pueden pasar semanas, años. No sabemos cuánto puede durar. Simplemente caemos en la inercia, porque cinco míseros minutos de ese alguien puede llenar cuarenta días de sufrimiento. Somos sumisos, a sus pies.

Tal vez un buen día, mientras conducimos sin rumbo dejando todo atrás y dedicándonos un segundo a nosotros mismos, cuando todo aparentemente deja de tener sentido, recobramos el poder, el protagonismo de nuestras vidas. Hemos dado tanto sin recibir nada a cambio que el vaso está vacío. Ya no queda nada.

Tan sólo aire…

Mary Lou

marylou@extraconfidencial.com