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Los puntos cardinales

El amigo genocida de la jaima hace temblar el Brent

Febrero 23, 2011

Muammar El Gaddafi parece estar dispuesto a salir con los pies por delante de donde quiera que se encuentre. Él ya sabe lo que es acabar entre los escombros, porque no ha podido olvidar el bombardeo norteamericano de 1986 en el que su hija Hanna, un bebé de un año y medio, moría víctima de los proyectiles de Ronald Reagan.

La verdad es que nada bueno podía aportar este hombre que ha generado las desconfianzas de medio planeta desde los años setenta. A Gadaffi se le recordará por haber sido el responsable del atentado de Lockerbie en diciembre de 1988, en el que doscientas setenta personas perdieron la vida. Fue lo más sonado de su curriculum, sin duda. Pero su apoyo a grupos terroristas como Abu Nidal le hizo ganarse a pulso la merecida enemistad de Occidente. Sin embargo, con el paso de los años, el mundo libre reaccionó de un modo incomprensible para muchos con el Coronel.

La conversión del 11-S

 Después de Lockerbie, entre los años 1992 y 1999, Libia fue objeto de sanciones internacionales y desgraciadamente tuvo que llegar el 11 de Septiembre de 2001 para que Gadaffi escuchase alguna voz interior o viese alguna luz cegadora en las dunas que le hicieron condenar toda forma de terrorismo. En realidad, el estrambótico Coronel estaba jugando y Occidente compró el engaño y le rehabilitó.


Hubo quien se dio más prisa que los demás, como José María Aznar, que fue el primero en viajar a Trípoli para entrevistarse con el excéntrico dictador. Si una imagen ha quedado de aquella visita fue el momento en el que el beduino le regalaba al Presidente del Gobierno español un fabuloso caballo árabe al que bautizó como “El Rayo del Jefe”.

 

Cuatro años más tarde, en 2007, con Zapatero en el poder, el Coronel vino a España y las tertulias y hasta los programas del corazón no escatimaron minutos glosando su guardia femenina y su amplia jaima de blanquísimas telas, como si de Lawrence de Arabia se tratase. Entre las costuras de la capa, Gadaffi traía contratos por valor de diez mi millones de euros, así que había que mirar para otro lado. Capítulo aparte merecerían las maniobras aparentemente humanitarias del Reino Unido con negocios bajo la mesa para dejar libre a Abdelbaset Al Megrahi, autor de la masacre de Lockerbie, enfermo de cáncer.

Amplio catálogo de hipocresías

Diez años después del 11-S, Muammar El Gadaffi demuestra ser como los escorpiones del desierto, que matan cuando se les pisa. Y eso es lo que parece estar dispuesto a hacer con su pueblo. Si no muere y es acogido en otro país, el Tribunal de La Haya ya puede ir haciendo los deberes.


Y las economías occidentales, en especial las europeas, empezar a buscar formas energéticas alternativas y renunciar a esa clase de diplomacia que sin ningún pudor se tapa los ojos mientras los surtidores estén llenos. Pero Libia no es el único caso. Porque entre los Obiang y los Saud hay un amplio catálogo de hipocresías.

 

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.