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¡Qué fuerte!

El absurdo extremismo antitaurino

Enero 29, 2016
fran rivera

Si hace unos días criticaba la actuación de una diputada de Podemos que llevó a su bebé al Congreso de los Diputados como acto reivindicativo de no sé qué y después de hacer el paripé, al salir, le entregó el niño a su niñera para cuidarlo como es debido, no debo por menos que criticar que el torero Fran Rivera haya dado unos capotazos a un becerro con su bebé en brazos. Esto de llevarse los niños al trabajo se está convirtiendo en una moda poco recomendable.

Lo cierto es que la diputada frivolizó llevándose a su hijo al trabajo cuando es una privilegiada por formar parte ya de La Casta, por tener guardería en su trabajo y además por tener tener niñera, cosa que la mayoría de los españoles no nos podemos permitir. No sé qué es más peligroso, si enfrentar a un niño a un becerro o a un hemiciclo lleno de Casta. Sea como sea, el Defensor del Pueblo ya se ha puesto en marcha y ha dejado el caso en manos de la Fiscalía de Sevilla, quien abrió un expediente al torero. Sinceramente, no creo que sea para tanto. No entiendo tanto escándalo ni polémica teniendo en cuenta la tradición taurina de España que, independientemente te guste o no la tauromaquia, esa foto ha sido una estampa habitual que todos hemos visto alguna vez. Te pueden gustar o no los toros. Puedes considerarlos tortura o arte pero llevar al extremo de expedientar a un padre por torear un becerro con su hijo en brazos me parece una tontería. Entre otras cosas porque un torero no pone en riesgo la vida de su hijo delante de un becerro. Sabe muy bien lo que hace.

¡Cuántos padres deberían estar en la cárcel!

Cuando pasan estas cosas me pregunto dónde está la sociedad y los defensores de lo imposible para recriminar a esos padres que dejan a sus hijos ir sin cinturón de seguridad en el coche, o aquellos que han bebido un par de copas y conducen con sus hijos en el coche. Por no hablar de aquellos cuyo comportamiento en los partidos de los sábados no inculcan otra cosa que violencia e intolerancia. También me pregunto por esos padres divorciados que hablan pestes a sus hijos de la ex pareja generando una desazón que, probablemente y con mala suerte, desemboque en tratamiento psicológico del niño cuando sea adolescente por culpa de unos padres egoístas que no piensan en el bienestar y la felicidad de sus hijos. Padres que montan en moto a sus hijos o los montan a caballo deben ser también otros descerebrados. Como los padres que compran patines a sus hijos y los dejan ir a toda velocidad incluso sin casco.

 ¡Cuántos padres debían estar en la cárcel, entre ellos el mío, por haberme llevado de montería o por haberme dejado presenciar una matanza de un marrano para hacer jamones, chorizos y morcillas! No sé, podría seguir poniendo ejemplos de padres que ponen en riesgo la vida de sus hijos de manera irónica o real, pero ahí están. Esto no es cuestión de ser taurino o antitaurino. No es cuestión de amar o no a los animales o de querer o no a un hijo. Es cuestión de coherencia y de no sacar los pies del tiesto ni las cosas de quicio por tonterías cuando hay cuestiones muchísimo más importantes por las que no nos echamos las manos a la cabeza. No seamos hipócritas.

Rosaba Güiza

rosana@rosanaguiza.com