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No me moverán

Economía de la Secesión: El efecto frontera

Noviembre 26, 2012

Las elecciones catalanas han dado su veredicto. No parece que Mas haya conseguido su objetivo, pero tampoco los demás. Ahora queda la resaca dentro de los partidos y la digestión de la cuestión secesionista. Mucho se ha escrito sobre las consecuencias económicas de una independencia catalana. Lo más aséptico lo ha hecho mi compañero de claustro Pankaj Ghemawat, profesor norteamericano de origen indio, que se incorporó en 2009 al IESE en Barcelona procedente del claustro de Harvard con el que sigue colaborando.

Pankaj dice que, como extranjero, no quiere inmiscuirse en las cuestiones políticas del país que le ha acogido y en el que se siente muy contento. Pero, como experto en globalización sí puede opinar de los efectos de una secesión, sea en Cataluña, en Escocia o en un país africano.

Las fronteras empobrecen

Sus estudios sobre la globalización son profundos. Para Ghemawat el mundo no es tan plano como describe en su libro el periodista Friedman (The World Is Flat, 2005). Aún quedan muchas fronteras, políticas, sociales, culturales, religiosas… Pankaj analiza las fronteras económicas. Su conclusión es que las fronteras empobrecen.

Según sus estudios, en muchos casos, el PIB de dos países fronterizos podría aumentar en un 20% si desaparecieran las aduanas y los aranceles. Por el contrario la creación de nuevas fronteras es un factor de recesión económica en los dos países en que se dividen, al menos a corto plazo. Esta evidencia empírica es la que empujó a la construcción del Mercado Común Europeo, que luego devino en la UE.

El mundo no es verdaderamente global, ni totalmente local. Cuando se crea un órgano de Gobierno, se crea una dinámica propia que añade nuevas normas administrativas. Éstas normas entorpecen el flujo comercial desde fuera hacia adentro y viceversa. En consecuencia, se reduce la creación de riqueza.

Este efecto lo hemos comprobado en España, incluso sin crear fronteras formales. El Estado de las Autonomías ha supuesto una quiebra parcial de la unidad de mercado. Un ejemplo: las grandes superficies o los horarios comerciales. La regulación catalana, que protege a los pequeños comercios impone serias restricciones a las multinacionales de la distribución. Eso dificulta la creación de puestos de trabajo, algo insólito en las actuales circunstancias. Las fronteras no necesitan estar físicamente, pueden ser también administrativas y, sobre todo, culturales.

¿Pondremos fronteras formales?

Así las cosas, la discusión en España ya no es sobre mantener la fragmentación administrativa del mercado o ir a su unidad. La discusión está en si se construyen definitivamente las fronteras de manera formal. Eso es lo que se entiende por independencia.

No parece que el sentido común aconseje su construcción. Tampoco parece que los poderes económicos estén por ello. Al contrario, tarde o temprano, quizás gracias a la UE, incluso las fronteras administrativas se tendrán que difuminar. Por tanto, es de esperar que ahora se busque una fórmula ecléctica. Una situación en la que, sin levantar más fronteras, quede a salvo el pundonor de quienes han puesto en juego su credibilidad política.

Los nacionalistas necesitan decir que han conseguido lo que ellos llaman: estructuras de Estado. El Gobierno necesita poder argumentar que ha salvado la unidad de la nación. En realidad es un juego político que ya conocemos; se llama consenso y en Román Paladino: salvar la cara.

J. R. Pin arboledas. Profesor del IESE, Catedrático de Gobierno y Administración Pública