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A renglón seguido

Dos pájaros de un “tiro”: Emilio Botín e Isidoro Álvarez

Septiembre 21, 2014

Nunca los prolijos cantautores de las SS musicales –Sabina & Serrat– habrían pensado que uno de sus espectáculos atinara en la diana de la actualidad, mientras disparaban su creatividad contra un público fiel a las heridas infligidas, como resultado del aluvión de munición lanzado en forma de espectáculo hacia una multitud ávida de curárselas en la intimidad post concierto.

¿Y dónde está la convergencia?; pues en la casualidad que nos ha deparado el destino, al llevarse, casi de la mano, a dos de los empresarios más sobresalientes –hablo en materia de generación de riqueza, nunca mejor dicho,- que ha parido este país aún llamado España, y que han suspendido, contra su voluntad, su rutilante y notable presencia entre nosotros.

Siempre en su orden cronológico, el primero en ser “abatido” por la parca enguadañada ha sido el lauto Emilio –no confundir con la coloquial acomodación correo electrónico- Botín, presidente del banco más rojo de nuestra historia contemporánea, si bien desconozco si sus relaciones con la izquierda eran florecientes, quien además encarnaba la esponsorización del encarnado equipo rampante con la exhibición del corporativo logotipo.

Homogeneizar la condición humana

Del difunto ha dicho el cura párroco de la iglesia de Santa Lucía (Santander), -salta a la vista a todas luces que es su valedor y el de sus ascendientes, muy vinculados con el templo,- que “todavía no nos hemos rehecho del impacto tan doloroso de una muerte tan súbita”. ¡Como que muchas de las desapariciones de nuestros seres más o menos queridos no se produjeran así!

Los “portavoceros” de la Santa Madre Iglesia deberían de homogeneizar la condición humana desde la igualdad del tratamiento, sin perder la ecuanimidad de sus consideraciones. ¿Acaso no somos todos iguales ante la Ley Divina? Quizá haya diferentes tipos de aflicción en el seno eclesiástico. Cabría una cabal opinión del inspirado Bergoglio. </p>

Parabienes expiatorios

El segundo finado, tan poco refinado de cara como el anterior, con quien ha afinado la muerte, resulta, ya no, ser Isidoro Álvarez, dueño, amo y señor del hiperconocido Corte Inglés; ya saben, el de: “Ya es primavera…”, “Ocho días de oro”, “La Semana Fantástica”, “Si no queda satisfecho, le devolvemos el dinero”, etc. También el incorporador de las primeras escaleras mecánicas en grandes almacenes.

Un cántabro y un asturiano de pro de quienes algunos de los asistentes, de gran ringorrango, a sus funerales dicen, que han “hecho mucho por España”; bueno, y digo yo… que quizás “de rebote” también para sus bolsillos; si bien el orden, creo, es el contrario, primero Dios y luego todos los santos… inocentes.

Unificador vínculo

Para ellos solo existen, estos días, parabienes expiatorios de los males que, sin duda, habrán provocado de forma consciente o pasiva. Si alguien lo duda, que dé un virtual paso adelante.

Lo que les separaba –no solo de la vida-, es la línea sucesoria; en tanto que la familia montañesa lo hace a través de la verticalidad filial desde su fundación en el siglo XIX, la de “San Isidoro” lo efectúa desde la colateralidad delegando en los sobrinazgos.

Ambos tenían un unificador vínculo en común además de la edad (79); uno tenía la pasta y otro la tela, si bien, tanto el banquero como “el sastrecillo valiente”, sabían cortar el bacalao en el mostrador, al público, y en la trastienda, y nunca estaba todo el pescado vendido.

Paco de Domingo