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Los puntos cardinales

Dos constituciones, dos modos de convivencia en el Islam

Enero 14, 2014

Cuando estas líneas vean la luz los egipcios seguirán acudiendo a los colegios electorales para decidir en referéndum si respaldan el proyecto de nueva Constitución. La sociedad egipcia ha hecho un viaje demasiado largo para llegar al mismo punto de partida. Se han cumplido tres años de las primeras revueltas en la Plaza de Tahrir y, tras la caída del régimen de Hosni Mubarak y el derrocamiento del islamista Mohamed Mursi, esta potencia árabe ha entrado en bucle. Si su futuro se midiese a partir de la nueva Carta Magna, podemos hacer un pronóstico y aventurarnos tomando en consideración el apoyo que el propio Mubarak daba hace sólo un mes al texto sometido ahora al escrutinio ciudadano. Especialmente a lo largo del último año, la fractura ha sido absoluta y mientras los militares se convertían en la primera institución del país y se reforzaba el poder del general Al Sisi, la causa de los Hermanos Musulmanes sumaba adeptos por semanas. El militar confía en que la Constitución logre un respaldo mayoritario. A partir de ese momento se planteará a sí mismo objetivos más ambiciosos, como la posibilidad de colgar el sable y la gorra de plato y concurrir como civil a las Presidenciales.

Si Abadel Fatah Al Sisi lograse superar ese reto con una victoria, los mismos egipcios que optaron por el islamista Mursi estarían gobernados por el hombre que lo despojó de sus poderes y lo procesó. Estos son, por tanto, los últimos capítulos que comenzaron en 2011 y que demostraron como veremos que la mal llamada Primavera Árabe no era igual en todas esas naciones en apariencia ansiosas de cambio.

El modelo tunecino

El caso totalmente distinto al egipcio y que debería servir de modelo es el de Túnez. En este país del Magreb todas las fuerzas han hecho gala de un admirable sentido de Estado. En situaciones de cambio como las que la calle reclamaba es imprescindible tener la suficiente gallardía y el coraje necesario para hacer renuncias, para ceder a cambio del bien común. Y eso es lo que observamos en Túnez. Un Gobierno islamista ha sido capaz de entregar el poder a un gabinete tecnócrata que deberá llevar el timón hasta que a lo largo del año puedan convocarse elecciones con las que lograr un marco de estabilidad, lejos de las turbulencias y las incertidumbres que han caracterizado el tiempo que los islamistas de Ennahda han dirigido el Ejecutivo.

 Resulta encomiable que una formación como ésta haya sido capaz de alcanzar acuerdos políticos de envergadura con los grupos laicos y redactar un borrador de Constitución en el que se reconoce la oficialidad del islam pero que deja a un lado la tentación de edificar el nuevo Túnez sobre la sharia, la ley coránica. Hay, pues, una serie de factores que ponen de relieve las diferencias entre los casos egipcio y tunecino, empezando por el papel de las fuerzas armadas. Desde los tiempos de Gamal Abdel Naser, Egipto ha sido un estado militarizado y la institución castrense la más importante sin discusión. En Túnez, en cambio, el pequeño tamaño del ejército explicaba su verdadera importancia en la pirámide de la estructura del estado. En cuando a la religión, mientras los tunecinos creen en la libertad de culto, los egipcios castigan a los Hermanos Musulmanes en beneficio de un islamismo salafista estratégicamente dispuesto a ofrecer un rostro en apariencia amable y entenderse con los militares de Al Sisi. Un experimento a merced de la presión del tiempo, como las bombas de relojería.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.