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Otras opiniones

Dionysos: el dios del vino, el lujo, el placer y los excesos

Agosto 31, 2011

Con este artículo de bienvenida damos comienzo a una nueva sección en la que compartiremos con vosotros la forma de vida más exclusiva a la que solo los sueños nos pueden llevar.


Estimados amigos del Extraconfidencial,
Es para mí un placer comunicaros con este artículo de bienvenida el comienzo de una nueva andadura que llevará por nombre “Luxury” y de la que, como seguramente no podría ser de otra manera, me haré cargo yo, Dionysos, dios griego del exceso, el vino y el placer.
Soy hijo de Zeus y Sémele, nieto de Harmonía y bisnieto de Afrodita, y fui uno de los dioses más populares de la Antigua Grecia cuyos ciudadanos nunca dudaron en dedicarme sus mejores festivales donde solo el espíritu del exceso de su dios les hacía compañía.
Siempre me gustó dejarme acompañar por una hueste de dioses imaginarios donde no faltaban mis amigos los sátiros, los centauros y las ninfas. Mi séquito era denominado tíashos y lo formaban principalmente ménades o bacantes que no eran otra cosa que esas damas que conmigo participaban en mis suntuosas orgías y en esas grandes bacanales a las que yo nunca consideré, por educación, de recibo ausentarme.
Por su parte, mis compañeros los sátiros recuerdo que eran criaturas con piernas de cabra y con la parte superior del cuerpo con forma humana mientras que los centauros poseían la cabeza y el torso de hombre y el resto del cuerpo de caballo. Mis siempre encantadoras ninfas que frecuentaban los bosques no dudaron nunca en agraciarme con su compañía lo que hizo que en algunas regiones de Grecia llegara a ser incluso tan conocido como el mismísimo Zeus. Quizás fuera mi entrega a esa forma de vida desenfadada y placentera la que despertara la atención sobre mi persona en los romanos y éstos no tardaran en bautizarme como el dios romano Baco.
Si en Grecia fui también conocido como Eleuterio (el Libertador) y liberé a mis seguidores de la vulgaridad mediante la locura, el éxtasis y el vino, ahora quiero traer aquí parte de ese espíritu mitológico y conseguir con esta nueva etapa que hoy comienza liberaros también a vosotros, aunque sea solo por unos minutos, del mundo de los mortales y conduciros a otro de ensueño. Para ello, quiero transportaros a ese lugar que, aunque desconocido para la mayoría de vosotros, está ahí fuera y muy presente en la vida de unos pocos elegidos.
Es por ello que tengo decidido volver de la Antigua Grecia y compartir con todos vosotros el mundo del exceso, el lujo y el placer del que solo yo, Dionysos, he podido ser testigo. Os contaré cómo es la realidad de esos viajes, hoteles, fiestas, artículos de superlujo, complementos, restaurantes, casas y, en general, la de la vida más exclusiva a la que sólo los millonarios de verdad hoy tienen acceso.
Hoy no todos ustedes pueden ir en el asiento de un Rolls-Royce dirección a su helipuerto privado ni tampoco seguramente puedan hacerlo mientras chequean la hora en un Patek Philippe Sky Moon Tourbillon. Igualmente, durante sus vacaciones no estará a su alcance alquilar una isla donde tengan amarrado un Magnum 100’ y a su disposición un Bell 429 para llevarles a realizar las compras de la mañana al pueblo más cercano. Igualmente, tampoco tendrán más remedio que esperar a que amanezca y abran las tiendas si desean a las cuatro de la mañana hacerse con un lujoso vestido de Chanel para regalar al amanecer.
Sin embargo, existe otro mundo donde todo esto es posible. Un mundo donde el dinero deja de cobrar sentido porque es sencillamente la menor de las preocupaciones. Un mundo donde el exceso y la búsqueda del máximo lujo y placer es el epicentro que hace girar la vida de los más excéntricos multimillonarios. Un mundo donde no hay despertadores ni conoce de problemas de tráfico.
En definitiva un mundo tan irreal para la mayoría de los mortales como aquellos sátiros, centauros y ninfas que me hacían compañía en la Grecia Antigua y al que hoy y cada lunes evocaré para narraros esa vida de lujo, placer, excesos y éxtasis que convivió conmigo durante toda mi existencia.
Dionysos