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Otras opiniones

Diario de una ilusa

Abril 4, 2010

Es para mí un desmesurado capricho recordar una y otra vez el único momento que pasé contigo. Me entristece, y aunque escaso en tiempo fue para mí toda una eternidad; una perpetuidad abrumadora que me acompañará desde entonces hasta mi último día de existencia.

A veces me temo a mí misma, por tanta pasión y desenfreno que pongo a las cosas, a los hechos. Por esas obsesiones e inquietudes de las que no puedo soltarme. No hay más que verme, escribiendo sobre un hecho aislado que aparentemente es lo más normal y común del mundo, una noche… noche de amores en el fuego. Que arden en su incandescencia. No sé bien cuánto tiempo haya pasado, pues ya ni siquiera cuento los días. Bien es cierto que llegué a contar los segundos, pero un buen día todo aquello perdió sentido. Estaba cayendo en un abismo de irracionalidad mortal, y tuve que elegir. Elegir entre la muerte obsesiva o la conversión de aquel hecho en recuerdo.

Y es ahora cuando tranquilamente puedo sentarme, sentarme y recordarlo como tal, un hecho pasado.

Aún así, en lo más profundo de mi ser, sabía y sé que fuiste lo más hermoso que pasó por mi vida. Al menos puedo decir que amé, que conocí “eso” extraño a lo que llamamos amor. Una palabra que abarca un mundo, y que el lenguaje en su eterna imperfección no podrá jamás describir. Un “algo” que no vive en espacios definidos ni en tiempos concretos. Es curioso, pero ni siquiera se tu nombre. Ni donde vivías por aquel entonces, tampoco sé si coleccionabas mariposas o si te gustaba pasear en invierno. Charlamos en un banco, una noche de verano. Horas que apenas sentí avanzar. Sólo cuando vi los primeros rayos de sol recuperé la noción del tiempo.

Tampoco sabría decir si pasó gente aquella noche, paseantes nocturnos, parejas de enamorados, o perros abandonados. Mi única concentración eran tus ojos.

Después del amanecer te invité a mi casa, y aceptaste con la mirada. Besos con los ojos, y caricias con el pensamiento era lo único por el momento. Subimos en tu coche, y te indiqué la dirección. Yo vivía en un piso, la misma casa en la que ahora vivo. Una herencia de mi madre. Zona tranquila frente a un parque enorme.

Por mala costumbre anti deportista subimos en ascensor. Tenía que ser precisamente ahí, en aquel lugar de cuatro paredes y escaso aire, donde me dieras ese primer beso que se me clavó en el alma. Tus manos acariciaron mis curvas más prominentes, y nuestras lenguas se recrearon hasta que el ascensor abrió sus puertas.

Al introducir la llave en la cerradura, acompasado metiste una mano por debajo de mi falda, buscando algún secreto, con ligera torpeza en un principio. Cada vez con más intensidad mientras yo giraba la llave.
Nada más entrar y cerrar la puerta me recuerdo entre tus brazos, prensándome contra la pared. Mis piernas rodearon tu cintura, juntando nuestras pelvis en un suave vaivén. Los besos eran profundos y eternos, suaves, fogosos; con finura, con delicadeza…qué delicia y cuánto dulzor. Tus manos parecían de seda, una sutileza indescriptible navegando mis piernas. Es justo el momento en el que empieza a sobrar la ropa.

Todo mi cuerpo temblaba, casi me desvanecía por la plenitud de todas aquellas sensaciones novedosas. Fui cayendo poco a poco, mientras abrazándome me acompañabas en el desliz. Los dos en el suelo, besándonos sin parar, aparente locura; Tú entre mis piernas, yo cruzándolas alrededor de tu cintura. Rodamos sobre la tarima de madera. Era un momento de todo o nada, a punto de explotar de ganas, de placer.

Siempre me han tachado de ilusa, de soñadora sin límites. De ingenua. Pero qué sería de la vida sin ilusiones, sin motivaciones, sin el misterio sin resolver que mueve el espíritu. Prefiero sufrir habiendo vibrado, a la estabilidad insulsa sin emociones.

Los días posteriores, o el cómo desapareciste de mi vida al igual que llegaste, no viene al caso describirlos. Lo importante, la guinda de toda esta historia es “eso” que llaman el fuego, o la llama de la pasión. Qué más da cómo, cuándo y dónde. El “con quién”, esa es la cuestión.

Que los cinco sentidos que tenemos no se conviertan en un sinsentido.

 

Mary Lou

marylou@extraconfidencial.com