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A renglón seguido

Desde Nueva York, Jesús Hermida

Mayo 11, 2015

Hay personas que pasan desapercibidas por la vida. Otros –los futbolistas- son apercibidos de ser sancionados por las infracciones cometidas a lo largo de su cespedística trayectoria deportiva. En el primer caso se dan dos tipos de perfiles: el de los que aportando su mejor saber y entender pasan de puntillas y sin apenas hacer ruido; a estos sólo se les podrá encontrar –por sus obras les conoceréis- en el soporte memorístico del recuerdo humano o en el bibliotecario cuarto de estar de la sabiduría (antesala del conocimiento).

En el segundo inmensurable puñado se agrupan aquéllos, que por falta de medios, carencia de curiosidad o ausencia de “emprendeduría” –perla del collar de neologismos de Rita Barberá– se manifiestan incapaces de aportar fruto alguno al huerto de la ciudadanía, tan necesitada de alimentarse a través de las aportaciones ajenas, en una suerte de parasitismo positivo, para su propio crecimiento cognitivo.

Bueno, pues para romper los anteriores esquemas, de vez en cuando la madre naturaleza se viste de gala y pone a nuestra disposición la vital presencia de algún semejante, que se manifiesta dispuesto a afincarse con arraigo y desparpajo en nuestro territorio de convivencia.

Cautivó con su presencia en blanco y negro

Este era el caso del niño Jesús de Huelva, más concretamente de Ayamonte, que cautivó con su presencia en blanco y negro a los hambrientos ojos acromáticos de la España de los 60 y 70, ávidos de más colorido informativo, que crecía entre el VHF y el UHF con el voltímetro debajo del receptor de imagen catódica, donde la emisión de la programación se suspendía a media tarde –hoy algo impensable-.

En los pagos en los que pago mis impuestos, aflora un argayado accidente geográfico que se hace acompañar por denominación toponímica como el desfiladero de la Hermida, un corredor de comunicación de difícil y arriesgado recorrido para transeúntes foráneos y lugareños.

El irrepetible Jesús Hermida también supo y quiso crear ¿? su propia pasarela de balbucientes promesas y futuras –estaba por ver- comunicadoras de las biberonas televisiones privadas del momento, una vez incorporado desde su corresponsalía del ente público TVE en el país de las libertades y de las oportunidades, que darían frescura y nuevo colorido a la recién aparcada blanquinegra pantalla.

Presencia carismatica

Su presencia en pantalla –en “Su Turno” americano- era carismática, reclutando la curiosidad y secuestrando la atención del televidente que claudicaba ante su imagen y mensaje en los telediarios; de lo poco diferente que podíamos llevarnos a la boca de nuestros ojos y oídos tan maltrechos por la indigencia que nos brindaba en copa baja el régimen político de la época.

A parte de las tomaduras de pelo del momento, el cabello más conocido por su abundancia y distribución, con permiso del también irrepetible bilbaíno Alfredo Amestoy –todavía entre nosotros-, fue el flequillo del onubense, que le procuraba abrigo en invierno y sombra en el estío, y que, por añadidura, acabó por convertirse en la coletilla visual que vistió durante años nuestra retina.

Él nos trasladó la profundidad de la pisada de la llegada del hombre a la Luna a los terrícolas, con un pellizco de la magia que transmitía en sus intervenciones desde el otro lado del Atlántico. Un pequeño paso para él y un gran salto para el periodismo.

Desde Nueva York, Jesús Hermida.  
Paco de Domingo