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Otras opiniones

Desamor

Octubre 2, 2014

Eran ya varios los días que pasaban juntos. Siempre al cobijo de esos magníficos abedules a la ribera del río. Sintonizaban bien entre ellos, pasando horas de paseos y conversaciones interminables.


PODER

Se miraba al espejo. No daba crédito a lo que oía. Dejó el teléfono encima de la mesa en un acto reflejo, como tratando de apartar de él la fuente de la conmoción. Quedó observándose un rato. Después empezó a reaccionar. No era la primera vez que recibía un derechazo de este tipo. Pero en esta ocasión le insinuaban que abandonara. Eran muchos los intereses que tenía creados y mucho el dinero invertido. El cambio de alcaldía era devastador de por sí, pero las intenciones del nuevo inquilino del ayuntamiento resultaban aún más inquietantes: nada de narcotráfico en su ciudad. Desmantelaría los lobbies. La seguridad debía estar en manos del gobierno.

Estaba perdiendo poder. Antes elegía al alcalde. Ahora era el último en enterarse. Según sus cálculos, pronto estaría muerto.

 
DESAMOR

Eran ya varios los días que pasaban juntos. Siempre al cobijo de esos magníficos abedules a la ribera del río. Sintonizaban bien entre ellos, pasando horas de paseos y conversaciones interminables. A veces se cogían de la mano. Él sentía una mezcla de amor y pasión. La pasión le encendía el pecho y quién sabe qué más. El amor le hacía sentir limpio. Y era una sensación que necesitaba. Veía la ribera del camino hecha con tanto encanto que no podía sino imaginar cuentos de princesas. Entonces ella dijo:

       No podemos seguir viéndonos. Mi padre dice que no eres suficientemente bueno para mí. Que me merezco algo mejor –. Lo dijo de seguido sin pestañear, como lección aprendida. 

       Y tú, ¿qué piensas de ello? – respondió él, asimilando el impacto de sus palabras.

Los acontecimientos siguieron su curso. La voluntad del padre se instauró y él descubrió lo desconsiderado que es el interés humano.

 
POBLACIÓN NO CENSADA

Un gato se apoyaba pacientemente sobre el foco que iluminaba la iglesia. El calor que desprendía hacía que el animal se desparramara por toda la superficie de cristal, como si de un saco de lana se tratara. Su claro pelaje brillaba dorado, confiriéndole un aspecto real. El felino me miró desinteresado al pasar junto a él, ajeno a mis emociones de envidia, pues el frío se dejaba sentir en mis extremidades desnudas. Llevaba más tiempo que yo en esta ciudad, suficiente para conocer el clima y ponerse a resguardo. Al poco descubrí toda una población gatuna que habitaba en torno a la iglesia. Casi sobrepoblación. Y un letrero que me hizo sonreír: “Por favor, absténgase de abandonar gatos en la calle”.

Quizás deberían haberlo puesto antes.

 
LAS CARAS DE LA LUNA

Un golpe de alegría invadió su espacio cuando él se acercó. De pronto tuvo ganas de danzar alrededor de la Luna. Con tan inusitado nombre se refería a una plaza circular en el centro del parque. Amigos y parejas se sentaban a compartir momentos. Sentada entre árboles, se sintió afortunada por tener con quien conversar. Pronto vio que sus palabras tenían un sincero impacto en su interlocutor. Él sonrió mientras la miraba, con los ojos llenos de sueños. Ella no pudo sino sentirse bailar. Se levantó y le abrazó por la espalda. El amor adolescente es tierno y puro. Una pareja adulta les observaba con cierto desdén, en una pausa entre dos discusiones consecutivas para tomar fuerzas. Cada cual más empeñado en tener la razón, sus energías se agotaban en mostrar cuán equivocado estaba el otro. Mientras, los jóvenes, ajenos a los delirios de la edad, compartían sus últimos minutos con un regusto de plenitud. 

 
SEDUCCIÓN

      ¿Desea algo más el señor? – preguntó atentamente la camarera.

Él no tenía intención de pedir más, pero la invitación resultó tan cortés que decidió hojear la carta. Aunque sólo fuera por darle una oportunidad. Y quizás porque había sembrado una inquietud en su cerebro, justo ahí donde nacen los deseos. Mientras contemplaba los postres, ella le insinuó que eran todas caseras. Él sintió crecer esa semilla en su interior. Entonces preguntó si estaban hechas con harinas, a lo que la anfitriona respondió, con calma y cariño, que la tarta de queso era una mezcla batida de queso y leche con una mermelada de sauco por encima. Él se interesó por el sauco. Resultaba ser una fruta morada de agradable sabor. El apareamiento gastronómico se estaba consumando. Ella lo miró de frente, con grandes ojos oscuros. El creyó ver la mermelada en ellos y se decidió por la tarta.

La hostelería es asunto de dos.

© Javier González Cantarell