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Otras opiniones

Del amor y otros cuentos chinos

Septiembre 21, 2009

La palabra amor me evoca la nostalgia de una ilusión perdida. Todavía recuerdo con dulce inocencia cuando una maldita niña con coletas me manifestó con aire repipi que los Reyes Magos no existían. Si con 11 años fui víctima de la mayor estafa perpretada por mis padres ya podeis imaginaros los leñazos que he sufrido con falsos encantadores disfrazados de Príncipe Azul.  
Y es que las cándidas niñas de los 70 fuimos educadas y traumatizadas con cuentos en los que siempre había hadas encantadoras , brujas y príncipes  guapísimos que siempre estaban dispuestos a besar a las princesas y vivir por y para siempre felices en el castillo encantado.
De vuelta a la vida real, y con bastantes años más, he podido comprobar en mis carnes lo que no contaban los cuentos. Me refiero a ese momento en que harta de besar a todo el ranario y, superado el hecho que el Príncipe azul se ha casado con Letizia y que no tiene hermanos, decides conformarte con ese otro príncipe desteñido que conociste por casualidad rondando la cuarentana. Ese príncipe trasnochado que a falta de pan buenas son tortas y que a lo máximo que llegará es a ofrecerte un lugar donde colocar tu cepillo de dientes, un abrazo a medias y una hipoteca para toda la vida.

Los nuevos Cenicientos

Es lo que hay; no pidas más o saldrán corriendo. Los nuevos Cenicientos salen por piernas antes de sonar las campanadas. Ya no tienen miedo a convertirse en calabazas sino a que se las den, sin tomar en cuenta que el tiempo les ha convertido en carrozas milenarias por mucho botox o rubia teñida veinteañera que les acompañe.  “Su reino por una burra”…
Y es que si los PrÍncipes de colores se han quedado en los cuentos y se niegan a salir de su irrealidad, no puedo decir lo mismo de las malvadas brujas: ellas sí que existen.
Las brujas de verdad, en apariencia inasibles, aparecen de repente e irrumpen en tu vida cuando menos te lo esperas. Sibilinamente, casi a hurtadillas, ejecutan su plan diabólico de bombardear cualquier atisbo de felicidad ajena. Las reconocerás por su semblante amargo, su mirada recelosa y pelusera y ese ingrávido hedor a azufre sólo perceptible cuando saben que el enemigo, su presa, está cerca…

Y un cuento breve

… Erase una vez que mi amiga Eloísa se enamoró de un importante abogado  a quien ella creyó Príncipe. La historia fue deliciosa hasta que la ex mujer del letrado (que era bruja) decidió preguntarle a su espejito mágico quien era la más bella y joven del Reino. Cuando el espejo le espetó que era Eloísa y no ella, la malvada bruja se encaminó hacia el bosque , preparó una pócima cargada de venganzas, amenazas y sentimientos de culpabilidad y se la dio a beber al eminente jurista. Envenenado por el conjuro, en un día de truenos y rayos, se vio abocado a abandonar para siempre a la bella Eloísa para volver al castillo con la insoportable y despiadada bruja. Como no podía ser de otra manera el cuento termina en que la bruja le desvalijó; le dejó sin un duro y más sólo que la Luna.
Mientras tanto Eloísa fue coronada Princesa Feliz en el Reino de la Soledad….
Moraleja: Detrás de una princesa siempre hay una bruja fea y un idiota que la secunda….
Y es que los dañinos cuentos de mi época no nos enseñaron a deshacernos de esas brujas que en estos tiempos viven del mismo cuento. Y si no que se lo pregunten a María José Campanario o a Susana Uribarri ; Dos que han sabido aprovechar muy bien los restos que dejaron otras a base de conjuros monetarios y que ahora se han hecho amigas. Dios las cría y ellas se juntan…

Recordatorio a Julián Lago

Menos mal que puedo respirar tranquila sabiendo que en esta vida no sólo existen las despiadadas brujas sino también  las hadas madrinas. Quienes las han visto cuentan que son ángeles de bondad que no conocen la envidia y se esfuerzan en hacer el bien por doquier a propios y extraños. Me encantó escuchar a la bella Marile Zaera, aristócrata del buen gusto y presentadora oficial de gentes maravillosas, el bondadoso recordatorio que hizo en homenaje de nuestro querido Julián Lago en el Ateneo. Sin duda estoy convencida que donde quiera que esté, mi adorado Julian estará rodeado de hadas tan buenas como la Zaera, y muy alejado del akelarre que le sepultó en vida.
Y colorín –colorado este cuento se ha acabado.

Teresa Bueyes