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Otras opiniones

De una vida a otra

Julio 18, 2010

Llegué a este mundo no siendo nadie, sin ni tan siquiera una mochila a la espalda, o una pequeña cartera con algo a lo que agarrarme. Caminé precipitadamente olvidándome de mirar el paisaje que tenía delante.
Una triste melodía de piano era mi banda sonora, las ventanas estaba cerradas y apenas podía respirar. Tenía la vista cansada, los ojos enrojecidos empapados en cloruro sódico. Buscando respuestas donde no las había. Preguntando al viento y escuchando únicamente mi voz.
Como un vagabundo sin zapatos, sin rumbo fijo. No sabiendo lo que depararía la noche, la triste noche. Rodeada de iguales desiguales, siendo diana de tiro. Dejándome la piel en batallas interminables sin solución.
Cayendo en hoyos de distinta textura, unos más hondos que otros, pero en todos ellos perdía al menos un segundo. Y el tiempo se va, vuela sin que podamos detenerlo. Y aunque a veces parezca que no existe, otras aprieta como una soga al cuello.
En mi vida olía a humedad, el frío acaparaba cada poro de mi piel. Y sintiéndome cada día más y más pequeña, más insignificante, alguien puso su mano sobre mi hombro. Otorgándome una confianza indescriptible, nunca antes conocida.
Por un instante dejó de oler a humedad, aquel olor insoportable cesó. Y caminamos juntos, cruzamos un par de miradas y algo más. Un cruce de vidas, dos cafés en una mesa redonda de un bar insignificante.
Su mano sobre la mía, latiendo a la par. La vida se torna clara, transparente, con un objetivo, una meta. Comienzas a correr con todas tus fuerzas y cuando estás a punto de tocarlo se desvanece.
Entonces sientes como todo tu cuerpo se queda sin fuerzas, te oprime el pecho con fiereza, hasta tal punto que parece que vas a desmayarte. El tiempo ya ni existe ni vale de nada porque todo lo que soñabas era aire.
Sin embargo… si después de este sueño despertara de nuevo, me encantaría volver a conocerte.