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Otras opiniones

De Kohana Adachi a Sánchez Dragó: me robó la infancia que ya no vuelve

Noviembre 1, 2010

Estimado (por convencionalismo) Sr. Dragó:

Mi nombre es Kohana, Kohana Adachi. Porque significa “pequeña flor” y así era como me sentía mi madre, con la misma delicadeza y fragilidad. Decía que nada más verme supo que debía llamarme así, Kohana.

Nací en Tokio, en el corazón de Japón, actualmente una de las ciudades más importantes del mundo. Mi madre falleció cuando apenas tenía cinco años, y mi abuela se hizo cargo de mí y de mis dos hermanos. Tuve una infancia dura y solitaria, en la escuela  conocí a la única amiga que tuve, Hoshi.
Nos hicimos inseparables, ella era mi compañera en la vida. Compartíamos todo y realmente era una estrella, tal y como su nombre indica. Jugábamos a maquillarnos y a vestirnos como mujeres adultas. Usábamos el carmín y el rímel de su madre y reíamos mientras caminábamos sobre los tacones, tambaleándonos por la falta de experiencia.
Hoshi tenía unos zapatos preciosos de tacón, a mi me encantaba ponérmelos y danzar con ellos y el día que cumplí trece años su madre me regaló unos muy parecidos. Recuerdo que fue uno de los días más felices de mi niñez. Mi abuela me preparó una fiesta en casa y soplé las velas de una tarta enorme.
Dos semanas después Hoshi vino a recogerme a casa para salir a pasear. Quería que usara mis zapatos nuevos, y trajo sus pinturas para ponernos guapas. El pelo suelto y faldas cortas. Era un juego inocente, como el de todas las niñas del mundo a una edad temprana, una etapa de transición.
Aquella tarde tuvimos la mala suerte de toparnos con un tipo de mediana edad, español, al que seguramente llamaría la atención dos peritas en dulce, adornadas como mujeres. Dos niñas con apariencia de geisha. Alguien que sólo quiso ver de forma superficial sin pensar ni siquiera por un segundo la trascendencia de sus actos.
Por primera vez bebimos alcohol, en una cafetería al lado de la estación de Ikebukuru, nos dejamos llevar, cegadas por la venda de la juventud, de la inocencia, de querer ser mayores por un día. Casi sin darnos cuenta nos vimos envueltas en un juego muy peligroso. Subimos a una habitación de hotel, ligeramente iluminada y Hoshi empezó a jugar con él.
Aquel españolito embriagado carecía de momentos de lucidez, al parecer. Ni un pequeño amago de frenar a Hoshi. Y en menos de cinco minutos estábamos los tres desnudos entre aquellas cuatro paredes. Aún recuerdo la expresión de aquel hombre, sus gestos reflejaban lujuria y me es imposible expresar con palabras el asco que me envuelve.
Hoshi y yo dejamos de ser dos niñas aquella tarde del 67. Y no precisamente de una forma natural, ni tampoco en el momento adecuado. Porque indiscutiblemente dos niñas de trece años carecen del suficiente sentido común, juicio crítico, conocimiento y responsabilidad para ser culpables de semejante acto. Fue robado un tesoro, nuestro tesoro.
43 años más tarde, una mañana leyendo la prensa encuentro el siguiente párrafo, que suscribe un tal Dragó: “En Tokio, un día, me topé con unas lolitas, pero no eran unas lolitas cualesquiera, sino de esas que se visten como zorritas, con los labios pintados, carmín, rímel, tacones, minifalda… Tendrían unos trece años. Subí con ellas y las muy putas se pusieron a turnarse. Mientras la una se iba al váter, la otra se me trajinaba”. “El crimen ha prescrito, así que puedo contarlo, aparte de que las delincuentes eran ellas y no yo”.
Me quedé paralizada, perpleja. Volví a aquella escena, a recrearla como tantas veces lo he hecho. Porque aquel día marcó un antes y un después en la vida de DOS NIÑAS y no sólo no se avergüenza ni se arrepiente de aquella barbaridad, sino que se jacta y alardea de ello. Goza presumiendo de las “dos lolitas que se lo trajinaron”.
43 años más tarde, este escritor relata la anécdota en uno de sus libros, ¿cuando ya no es crimen? Y con esos aires de superioridad, creyéndose por encima del bien y del mal. ¿Realmente puede uno dormir tranquilo con semejante peso en su conciencia? No, obviamente no. Sólo cuando alguien se ama tanto a sí mismo que deja de ver más allá. Lo que ganó como escritor lo perdió como persona.
Y posteriormente intenta defenderse, e intentan defenderle. Resulta que ahora es literatura.
Mi pregunta es: ¿Merece la pena mantenerse en los medios, estar en boca de todos, pagando el precio de ser visto como alguien miserable? Me resulta, lo menos, vergonzoso. ¿Para esto sirve la inteligencia de la que lleva años presumiendo? No dudo de ella, pero si de su ética y moral. Y le llamo de usted por educación.
Porque señor Dragó, aquí, en Japón, en la China o allá donde pelan el cacao, dos niñas de trece años no son delincuentes, son niñas. Sólo hay un delincuente en esta historia, y no creo necesario repetir su nombre. La verdadera lástima de todo esto es que ni es el primero, ni será el último.

P.D. Lamento muchísimo ser una más que contribuye a hacerle publicidad.

Kohana Adachi,

Alguien que intenta recuperar su infancia robada



Mary Lou
marylou@extraconfidencial.com