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El mayordomo

D. Jaime de Marichalar: ¿un caballero inglés, un dandi o simplemente un fashion victim?

Septiembre 13, 2009

La forma de vestir de D. Jaime de Marichalar resulta difícil de encuadrar. Unas veces cerca del concepto de dandy pero sin la naturalidad de éstos, otras cerca del caballero inglés pero vistiendo zapatos y combinaciones de colores no aptos en el país anglosajón, otras excesivamente influenciado por sus amistades del mundo de la moda. Sea como fuere debemos admitir que su manera de vestir es cuanto menos particular y esto le ha puesto en la diana de las críticas y no siempre con razón.

Si bien sus últimas apariciones nos confirman que su forma de vestir cada día está, afortunadamente, mas cercana a la elegancia británica y más alejada de los extravagantes experimentos a los que nos tenía acostumbrados, esto no siempre fue así y resulta interesante estudiar la evolución que su manera de vestir ha experimentado desde sus años de soltero hasta hoy.

Si prestamos atención a aquellas fotos de juventud de D. Jaime podremos observar que ya  por entonces cuidaba su aspecto, como así lo atestigua que desde muy joven vistiera de sastre. Su atuendo era conservador y sobrio y esas combinaciones de colores con las que más adelante nos sorprendería a todos todavía no tenían cabida en su armario.

Es llamativo observar como incluso prescindía hasta de un discreto pocket square, complemento que es una máxima en la chaqueta de cualquier caballero mínimamente elegante.

Es con su nuevo estado civil cuando se produce el cambio radical respecto a su anterior concepto de elegancia. Durante los siguientes años, ayudado por el nuevo estatus social que adquiere, se transforma en una esponja que absorbe a tragos todo lo que observa en los considerados dandis del momento. Y es aquí donde creemos que radicó su gran traspié.

Para ser un dandi como en su tiempo lo fueron Beau Brummell, el Duque de Windsor o el mismo Giovanni Agnelli no solo es necesario tener fácil acceso al mundo de la moda, también es obligatorio haber nacido con un don especial, una naturalidad y en una cuna con suficiente poso y gusto como para desde muy temprana edad vestir y poderse sentir como tal.

Parece obvio que este no fue el caso del Duque de Lugo quien en vez de pulir aquella sobriedad inicial y dirigir sus pasos hacia una elegancia intemporal quiso recuperar lo que consideró como “tiempo perdido” dando pasos agigantados. A partir de este momento se inicia su época de experimentación que hay que admitir que aunque contó también con alguna luz tuvo definitivamente muchas más sombras.