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Otras opiniones

Cuarentaytantos

Octubre 20, 2010

 
      – ¿Por qué no salimos a cenar algo?
Iba a contestar que no, casi como una autómata, con mi retahíla de coartadas aprendidas: que me daba mucha pereza salir por la noche, que por qué no una comida, que qué tal un cine el domingo… Pero entonces me recordé por la mañana, nutriendo las “líneas de expresión” con la crema para el contorno de ojos y tratando de enterrar bajo una capa de maquillaje las que ya ni siquiera puedo calificar así; recapitulando sobre mi vida. ¿Por qué yo no había encontrado alguien con quien compartir mi vida? ¿era exigente? ¿quizás no estaba preparada para amar?… ¡Qué narices! Pues claro que era exigente, yo me lo merecía. Qué menos que alguien que me adorara y que despertara en mí sentimientos tan dispares como la ternura y el deseo… ¡Y claro que sabía amar! Había amado intensamente a Juan Pedro, pero para cuando supe su condición de casado, ya estaba atrapada por la necesidad de sus abrazos, sus palabras encantadoras y el embrujo de su egoísmo…

     – –Contesté de inmediato- ¡Me apetece muchísimo! Pero yo estoy “out” total, hace mucho que sólo tengo cenas de compromisos…
     – Bueno, seguro que estarás mucho más “in” que yo. Piensa dónde podemos ir y me dices cómo quedamos, ¿te parece?
 
A la vuelta de más de quince años, la amiga soltera de la Universidad (léase: una servidora) se convertía en cicerone de la que prometía ser consorte feliz y madre ideal; y que acabó viéndose reducida a esposa traicionada, mujer despechada y madre al más puro estilo “ZP”, es decir: ente (mejor si no hacemos referencia al sexo) responsable del suministro de buen talante en la unidad familiar.
¡Pues vaya responsabilidad me acababa de caer encima! Porque claro, durante ese “trilustro” yo tenía que haber entrado y salido de los lugares más selectos de Madrid y seguramente hasta de Nueva York; y los hombres más divertidos y millonarios me habían agasajado hasta conquistarme… ¿Por qué si no alguien se queda sin pareja? Por supuesto, es inconcebible que sea para trabajar largas jornadas que garanticen cómo pagarse un piso; unos Louboutin para compensar las temporadas sin Prozac, o un capricho en Prada… Nada de días de encierro con la depre como compañera y llorando a moco tendido porque no me despertaba entre los fornidos brazos de quien diera su reino por amarme… Noooooo, claro que no.
Y eso me obligaba a dar una digna imagen esa noche… “¿Cómo me iba a poner la blusa de Zara del año pasado? ¡Por favor! ¡pues vaya soltera cutre!”  
Al pasar de refilón por el espejo de mi habitación focalicé el michelín del vientre y la dichosa celulitis… “¿Por qué no he ido al gimnasio la semana pasada?” “Tengo que volver a la dieta del Pronokal… Mañana llamo a Irina (mi nutricionista)” “Me pondré minishorts y así no se fija nadie en la tripa; y mis nuevas botas hasta la rodilla… ¡eso es! Mi bolso de Gucci y mi collar de Bvlgari. Ahora sí. Lista para… matar”  
¡Chica!, qué estrés… es más fácil seducirles a ellos que a “ellas”…
Cuando todo parecía vaticinar el éxito de la empresa, un detalle derrumbó el castillo de naipes: Sábado. Era un sábado. ¿A quién de treintaitodos cumplidos se le ocurre salir con esperanza de sucesos frescos? 
Primera Regla de Oro: Los que hemos conseguido sobrevivir a los ochenta nos movemos en el ámbito de los “diarios”: martes, miércoles, y hasta jueves incluidos. Resto sometido a estricta observación y valoración, y por supuesto con ciertas garantías. Es decir; conciertos, teatro, restaurantes de “los de siempre”, reuniones con “conocidos”… y si escogemos “mono compañía” procurar que merezca la pena. 
Segunda Regla de Oro: Si contravienes el punto anterior, has de tener una autoestima a prueba de quinceañeras y veinteañeras con cinturones por minifaldas y sonrisas “Profiden”
Yo la tengo, afortunadamente. Porque si algo tiene de bueno no compartir la vida con “el mismo”, es que no me vuelvo invisible; no nos vemos cortarnos las uñas de los pies y si alguien quiere algo conmigo me ofrece su mejor cara… 
Pero a mi amiga la sustituyeron por una que podría ser su hija. Y para justificarse, el muy canalla, se sinceró sobre las diferencias más notables cuando veinte años sí son, incluso hasta un mundo y aparte.  
Tercera Regla de Oro: Si el cuento de que una vez casados ibais a ser felices no acaba comiendo perdices, ten una buena amiga abogada cerca. No podrá devolverte los lustros ni los decenios; pero seguro que además de mostrarte que siempre hay más mundo que el que acabas agotar, te dará todo un decálogo de indicaciones básicas con las que afrontar una nueva etapa de tu vida, que probablemente y aunque aún no lo sepas, sea mejor que lo que acabas de dejar atrás. Y, por supuesto, que para ello no hay que demostrar la generosidad renunciando a hacer valoraciones económicas… No, no. La generosidad radica en hacer importante la normalidad de cada día; en no ver el tubo de pasta dentrifica abierto cada día; en bajar la tapa del inodoro una vez más;…
Y como última regla, que no se si oro o platino, sería proponer a todos mis lectores (perdonarme que no siga la moda aído, y que el masculino englobe ambos géneros) que no sigan mis consejos vitales, porque quizás no encierren el secreto que nos vendieron de la Felicidad. Al final, va a ser verdad que es aquello de las pequeñas cosas y los detalles sin precio…
 

Teresa Bueyes