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¡Qué fuerte!

¿Cuántas Carlas habrá?

Enero 23, 2015

Carla no es mas que un nombre de adolescente de 14 años que no llamaría la atención si no fuera porque se tiró por un acantilado en Gijón por culpa de otras niñatas que la acosaban. No es más que un nombre que quedará en el olvido con el tiempo para aquellos que no la conocimos pero que jamás olvidarán quiénes la parieron y mucho menos quiénes la conocieron y espero que su nombre persiga con saña las conciencias de quienes la llevaron al suicidio, de quiénes la mataron, de quiénes la empujaron por ese acantilado. Sólo quién se haya sentido acosado sabe lo que se sufre y, sobre todo, lo que se teme. Es cuestión de fuerza y personalidad. Si eres capaz de imponerte o de pasar por encima de los demás y de sus hirientes palabras, no hay problema, pero si la debilidad se apodera de ti, si los complejos se ponen en tu contra y escuchas las voces de los que se creen mejores, estás perdido.

Esa fue la perdición de Carla. Creer lo que esas arpías decían de ella y dejar que sus risas y sus burlas la poseyeran. Porque hay que ser mala, muy mala, un diablo para conseguir que alguien se quite la vida por tu culpa. ¿Qué no le dirían esas niñatas a la pobre Carla?

Acosan, maltratan y abusan

Se van de rositas, la justicia no las castiga como debería y la frustración, la indignación y la impotencia se apoderan de una madre que jamás volverá a abrazar a su hija porque unas niñatas se creían mejores que ella. Lo que han demostrado es que son peores, son mierda, son malvadas y es a ellas a quiénes no quiere la sociedad. No las queremos ni a ellas ni a personajes como ellas que acosan, maltratan y abusan de otros críos porque sí.

Tampoco queremos a los colegios y sus direcciones que no frenan ni ponen solución a este tipo de problemas tan común en la adolescencia y la niñez. Existe y no se puede hacer la vista gorda. Hay que castigar y tomar medidas para que esto no vuelva a suceder, porque nadie es mas que nadie y nadie tiene derecho sobre la vida de nadie. Todo el sistema se equivoca. Todos fallan. Unos con su permisividad. Otros con su falta de justicia y de castigo legal. Al final, Carla está enterrada, surfeó por última vez desde el aire hasta las olas en ese mar que tanto le gustaba coger con su tabla. Queda una madre destrozada y unas niñatas que ni si quiera se arrepienten. Son monstruos que pare la sociedad y la sociedad misma deber</span>ía ponerlas en su sitio, en la nada, en el desprecio más absoluto para hacerlas sentir, sólo por un segundo, la angustia que ellas le hicieron pasar con sus comentarios a Carla. ¿Cuántas Carlas más están siendo sometidas ahora mismo a un acoso brutal y se esconden, como hacía ella, en el baño del colegio, para evitarlo, sin que nadie sepa nada? Y si se sabe, se disimula. Qué triste.

Rosana Güiza