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Otras opiniones

¿Cuándo puedo matar?

Febrero 24, 2013

Nunca me ha contado si a usted le han robado alguna vez. A mí sí. Recuerdo llegar a casa y encontrar la puerta forzada, la madera rota y astillada. Fue algo que me costó entender porque mi cabeza se negaba a aceptarlo. Enseguida construí la posibilidad de que los ladrones todavía estuvieran desvalijándome. ¿Cuántos serían? ¿Llevarían pistola? ¿Entraba o llamaba a la policía? Las preguntas se presentaban espontaneas, las respuestas se hacían de rogar. La adrenalina se disparó, el temblor me poseyó sin permiso. Empujé la puerta de la cocina y grité: “¡¡¡La policía no va a tardar ni dos minutos!!! ¡¡¡Si hay alguien, huye, que la policía está a punto de llegar!!!”.

No se oyó un ruido. Aún así me pertreché detrás del cuchillo de cocina más grande que tenía. La hoja tiritaba en mi mano. Fui pegando patadas en cada puerta de la casa y entrando en cada habitación con el arma blanca por delante. Si me hubiera atacado alguien, probablemente le hubiera clavado el cuchillo. En esos momentos de tensión, miedo y estrés nunca sabes cómo vas a reaccionar. En aquel entonces, tenía 18 años, era hijo y ni me planteaba que mi padre alcanzase el título de abuelo. Si hubiera tenido niños y sus vidas hubieran corrido peligro, voto a bríos que me llevo por delante a quien sea por proteger su integridad.

Atraco a una joyería

Entiendo perfectamente a Guillermo, el joyero de Madrid. Hace unos días dos ladrones entraron en su tienda. Pidieron ver una joya. El más alto sacó una pistola y disparó. Era eléctrica, pero como para ponerse a analizarlo en ese momento. Los bornes se incrustaron en un dedo de Guillermo. Los cables se cargaron de electricidad y trasportaron la descarga. Hubo varias, aunque de poca intensidad. Entonces uno se abalanzó sobre él y otro sobre su hija, Mamen. Comenzó el forcejeo. El más bajo dejó a la chica sola para ayudar a su compinche, incapaz de reducir a Guillermo. Dos contra uno. ¡¡Menudos valientes!! De alguna forma, el joyero logró hacerse con la pistola que guardaban en el mostrador y disparó varias veces. Algunos tiros impactaron en los ladrones y otros se perdieron.

Los asaltantes decidieron huir, pero esta joyería tiene doble puerta. Consiguieron traspasar la primera, la segunda estaba bloqueada. Dudaron. Guillermo pudo empuñar el arma y haberlos frito a tiros. Literal. No lo hizo. Su hija apretó el mando a distancia y la segunda puerta se abrió. Les permitieron huir. Heridos no llegaron lejos. Uno se desplomó en el suelo y al otro lo encontraron en un hospital. Fue a que le atendiesen de las heridas de bala.

Bridas para atarles de pies y manos, cinta aislante para amordazarles, un cuter, a lo mejor para torturarles si no habrían la caja fuerte… Fueron algunos de los efectos que intervino la policía a los ladrones en una riñonera. Durante dos minutos y treinta segundos, que es lo que según el video de seguridad duró el atraco, Guillermo no defendió el oro ni los brillantes ni las perlas ni los diamantes. Luchó por la vida de su hija y por la suya propia. Y lo hizo de forma proporcionada. Una legítima defensa de libro. Aunque en esto de la Justicia siempre puede pasar cualquier cosa, así que mejor contratar a un buen abogado. Ya lo han hecho.

En defensa propia

Tres son las condiciones para la legítima defensa. Falta de provocación, es decir que tú no muevas un músculo y aún así te ataquen, agresión ilegítima, que te asalten sin justificación y racionalidad del medio empleado. Esta es la que la mayoría de la gente cree que significa que si te atacan con pistola debes defenderte con el mismo arma o pero que si usan un cuchillo no puedes utilizar un revolver para repeler el pinchazo. No es exacto. No hace falta que las armas sean proporcionales, tiene que ver más con el peligro real. Si alguien te pone un cuchillo en el cuello, y tienes una pistola para defenderte, no vas a dejar de usarla porque hay desproporción de armas. “Señor ladrón que tengo una pistola y me condenan sino uso un cuchillo. Espere un segundito nada más que cojo uno de la cocina”. La frase es más propia de Gila.

Estoy convencido de que Guillermo actuó en legítima defensa y lo hizo con valor. Está conmocionado y preocupado pero libre, imputado por dos delitos de lesiones, porque los atracadores, que ya contemplan como único paisaje barrotes y altos muros coronados de espino, sólo resultaron heridos. Pero él tendrá que soportar el trauma y un juicio, que tardará en llegar. Los asaltantes le pedirán dinero. Tratarán de estrujarlo económicamente. Negarán el atraco. Y él tendrá que demostrar su inocencia y mientras tanto seguir pagando 120.000 euros de seguro de su tienda. Porque joyero o no, Guillermo y su hija se levantan cada mañana como el resto de españoles, que tiene la suerte de tener trabajo, para llevar un plato de comida a casa. Y yo me pregunto, si todo está claro ¿por qué no archivan la causa ya contra el joyero? Además de lo vivido, ¿la justicia tiene que sumar un plus de inquietud al pobre hombre por si lo condenan? Los miedos son irracionales.

Por cierto, que Guillermo tuvo licencia de armas durante 30 años. Cuando pidió que le renovaran el permiso el Ministerio del Interior se lo denegó arguyendo que no estaba justificado que tuviera una. Ah, ¿no? Como videntes no les auguro ningún futuro. Guillermo, para protegerse tuvo que cambiar la joyería a nombre de la hija. Volvieron a solicitar la licencia para ella y se la dieron. Esas arbitrariedades tiene la administración. A mí ya no me sorprende, ¿y a usted?

Nacho Abad