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Otras opiniones

Cuando no hay respuestas

Octubre 15, 2012

Lo primero que quiero hacer es disculparme con usted. Le deberían haber llegado estas líneas a primera hora del lunes, pero en el regreso del puente encontré un kilométrico e inesperado atasco aderezado con abundante agua, vamos, que jarreaba sin misericordia, así que el trayecto de cuatro horas se duplicó y me quedé sin tiempo para escribirle.
 
En este aliento de vacaciones de tres días me marqué como objetivo desconectar del trabajo. Lo logré porque sepulté los teléfonos en el cajón de los calcetines y porque esquivé todas las preguntas relacionadas con casos criminales sin resolver: Yeremi Vargas, Marta del Castillo, José Bretón… Algunos te apelan con el único propósito de ofrecer su opinión, advertir de que ya conocían el desenlace antes de que ocurriera o concluir: “Si me lo dejasen a mí, se iba a enterar el cabrón”. Este comentario me lo hizo El Sentencias, un pastor jubilado de 90 años, de piel curtida, gruesa, surcada por las líneas de la vida, mientras agitaba el báculo de madera de abeto a modo de martillo. No se lo había dicho hasta ahora, pero disfruté de esos días de descanso en un pueblo perdido de Asturias.
 
Una sorpresa
 
La mayor de mis sorpresas fue la charla que mantuve con Quini. A primera hora del viernes, fiesta del Pilar, estábamos contemplando en silencio la ladera de la montaña con sus árboles, entre cuyas ramas se escurría una densa niebla, acompañados de un café que había dejado de humear hacía ya rato. Y de repente, sin venir a cuento, comenzó a hablar:
 
¿Conoces la historia de Casey Anthony? La de Florida, a la que acusaron de asesinar a su hija de dos años ¿Sabes de qué te hablo?”, me interpeló sin mirarme, como si mis conocimientos criminales abarcaran el mundo entero. Le confieso que la pregunta me produjo tal nivel de asombro que no fui capaz de articular respuesta. Ciertamente no tenía ni idea del asunto, pero el hecho de que una mujer de un pueblo perdido en los montes de Asturias que se dedica a cultivar la huerta, (tiene unos tomates espectaculares, doy fe), estuviera al día de la casuística criminal americana hizo que mi lengua quedara repentinamente agarrotada. ¡¡Malditos prejuicios!!
 
La historia de Caylee
 
Lo que me acabó contando fue que el 14 de junio de 2008 Caylee, una niñita de dos años, desapareció en Florida, Estados Unidos. Los investigadores sospecharon inmediatamente de la madre, Casey, de 25 años. Su comportamiento no seguía los parámetros normales del dolor, del luto o, si quiere usted, de lo convencionalmente aceptable por nuestra sociedad. La madre de la pequeña ni se inmutó durante los días siguientes a la desaparición. Su sospechosa conducta hizo que los agentes comenzaran a seguir sus movimientos. Grabaron en video como la mujer se iba de bares y discotecas y disfrutaba de la compañía masculina, del baile y del alcohol. Estas imágenes reveladoras se convirtieron en prueba y acabaron viéndose en el juicio.
 
No fue la única evidencia contra ella. Según me dijo Quini, cuando le preguntaron dónde estaba la niña antes de que desapareciese se contradijo. Una de las veces explicó que la niña se encontraba con una amiga que la cuidaba para más tarde asegurar que Caylee estaba pasando unos días con una niñera, pero nunca se supo ni quién era la amiga ni tampoco la cuidadora.
 
Seis meses después la Policía halló el cuerpo de la pequeña detrás de la casa de los abuelos. Estaban enterrados a pocos metros, dentro de una bolsa de plástico. La Fiscalía sostuvo durante el juicio que la madre asesinó a su hija cubriéndole la boca y la nariz con cinta aislante y que lo hizo porque la pequeña se había convertido en un estorbo en el incipiente romance que estaba viviendo con un joven. ¡Ah! También me contó que después del hallazgo del cuerpo, Casey siguió saliendo de fiesta y comprando trapos de forma compulsiva y que incluso se llegó a tatuar “La vida es bella”.
 
La conclusión
 
“¿Y sabes qué acabó pasando en el juicio?”, me preguntó. Tenía la quijada golpeándome el pecho por el asombro y la lengua permanecía inutilizada sin conseguir articular sonido, así que solo me pude encoger de hombros. “Hace un año la absolvieron porque el jurado popular no llegó al convencimiento absoluto de que ella era la responsable del asesinato. Ya sabes, en caso de duda a favor del reo”. Quini se fue pero antes me advirtió de que pasara por su casa porque me quería regalar unas nueces y unas cebollas. Reconozco que ni me enteré. Hace unos minutos me acaba de llamar por teléfono para reñirme por no haberla hecho caso. Le he pedido disculpas, hoy no paro de hacerlo, y le he explicado que estaba contándole a usted lo que ella me había relatado. Quini, después de unos segundos de silencio, me ha dejado unas gotas de sabiduría concentrada. “Los peores son los asesinatos que no tienen respuesta. En los que la policía no averigua quién es el culpable o si cree haberlo hecho no reúne las suficientes pruebas incriminatorias por imposibilidad o por chapuzas. La familia, los vecinos, la sociedad necesitan respuestas y alguien a quien señalar y odiar –me ha explicado-. Y en lo que a ti se refiere, te seguirá tocando responder a preguntas durante las vacaciones  y aguantar los comentarios de El Sentencias. ¡¡Así es la vida!!”.
 
Nacho Abad