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Otras opiniones

Covadonga

Junio 23, 2010

Me llamo Covadonga y me ha vuelto a ocurrir. Hoy he vomitado hasta que mi frente se ha inundado de esas pegajosas gotas de frío sudor a las que ya empiezo a acostumbrarme. Me ha  costado ponerme en pie y llegar hasta el lavabo para vaciar esa sopa insípida que encontré por casualidad rebuscando bruscamente en la despensa de la cocina. Estaba hambrienta, pero nunca pensé que un tazón de caldo recién recalentado podría hacerme permanecer inclinada frente al retrete tanto tiempo. He abierto el grifo para evitar que mis vecinas participen de mis lamentos. Parece mentira que, en esta recóndita ciudad, también se haya instaurado el cotilleo como arma masiva de entretenimiento. No puedo soportar ni una pregunta más, ni esas miradas indiscretas que se compadecen cuando intuyen que el silencio que aparca cada noche en mi cama acartonada y recubierta de mantas agrisadas, se entrecorta con las arcadas que me despiertan cada mañana. Hoy, especialmente, he sentido que mis piernas apenas podían sostener el peso de mi cuerpo. Es como, si tal vez, hubiera descendido a miles de kilómetros bajo tierra y me hubiera puesto a escalar el mismo recorrido unas cien veces. Estoy aturdida y algo asustada. La mirada lúgubre que me persigue en el espejo me está poniendo al borde de un ataque de nervios.
Supongo que he perdido esa ilusión deslumbrante que Marisa, una arpía de mucho cuidado, envidiaba cuando de jovenzuelas arrastrábamos el tacón por los garitos de moda de Oviedo: “Ojalá tuviera tus ojos para no tenerme que calzar esta ropa”, me decía con retintín cada vez que nos encontrábamos. No sé porqué, pero sus palabras me producían una especie de orgasmo interminable que conseguía ahuyentar esos complejos mortíferos que me hicieron odiar mi cuerpo desde bien pequeña. Me sentía gorda, tremendamente barriguda y fea hasta enloquecer. Siempre deseé ser espigada y tener una cara alargada y repleta de hoyuelos. Los comentarios de los amigos de mi hermana sobre mi estado físico (los típicos “estás gordita pero sana”) lejos de consolarme, pateaban mi ego. Y, mírame ahora, mis huesos se clavan irremediablemente en estos harapos invadidos por la tragedia y anhelo mi físico anterior. Si mi madre pudiera escucharme seguro que se volvería loca. Ella siempre me intentaba sacar de los atolladeros en los que me metía por inconsciente. Si le hubiera pedido la luna, ella me la hubiera bajado. Hoy vuelvo a sentirme lejos de ella. Tan lejos como nunca. Y necesito llamarla. Me pregunto si estará pensando en mí y habrá entendido que aún sigo sin estar preparada para compartir mis miedos. CONTINUARÁ…
Saúl Ortiz es periodista y novelista