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Otras opiniones

Covadonga (IV)

Julio 15, 2010

Sé que soy una maldita cobarde, pero a pesar de no estar convencida de haber tomado el camino correcto, no me arrepiento de mi decisión. Imagino que otros, en mi situación, habrán corrido a buscar apoyo en brazos de sus familiares. Yo, no. Y no porque no necesite un mimo o una caricia alentadora, sino porque si me he abrazado a la independencia cuando el destino me sonreía, debo ser consecuente y actuar con la frialdad que merecen este tipo de comprometidos asuntos. Sin embargo, cuando esta fiebre prácticamente continua desaparece y las pesadillas dan paso a sueños menos inconclusos, me sobreviene el aroma de su cuerpo recién despertado y mis vellos se erizan. Reconozco que las conversaciones que manteníamos con una botella de sidra recién descorchada jamás podrán borrarse de mi memoria. Imagino que ahora, tantos años después, todavía se estará preguntando dónde estoy. Y por qué me fui. Las preguntas deben acosarla, igual que lo hicieron conmigo. En más de una ocasión he necesitado comunicarme con ella. Pero no sé si seguirá viviendo en el mismo sitio, y siempre acabo rompiendo en mil pedazos las cartas que quisiera enviarle. Si hiciera recuento de los paquetes de papel que he consumido en todo este tiempo, podría comprarme uno de esos carros con los que las grandes estrellas del cine internacional recorren las avenidas de Hollywood. Me imagino enfundada en uno de esos maravillosos vestidos negros, entallados en la cintura y con gran vuelo en la falda, y me vuelvo loca. Muchas veces he cerrado los ojos y he intentado creer que nada de esto me está sucediendo. Pero, al final, el susurro de una mosca cojonera acaba por empujarme a la realidad.