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Otras opiniones

Covadonga (III)

Julio 8, 2010

En mi vagón viajaba un matrimonio con cuatro niños que cuchicheaban entrecortadamente. Estaban bien vestidos y olían a perfume caro y a riqueza apabullante. Estoy segura de que aquella era la primera vez que veían unos pantalones desgarrados por el uso y un cabello no tan milimétricamente peinado como el de su madre. No importaba. Llevaba meses apartando unas pesetas de mi sueldo en una pescadería cercana a casa, como para inmutarme por los frívolos comentarios de una familia de postín que, caprichos del destino, estaba condenada a respirar mi mismo oxígeno. Opté por escuchar en silencio, mirar a los pequeños y sonreírles con naturalidad. No pasó demasiado tiempo hasta que me preguntaron si era una mendiga: “No les haga caso, es que tanto tiempo en este cacharro les altera sobremanera. Discúlpenos” me dijo el padre del clan, mientras me entregaba unas monedas de plata. Creí enloquecer, pero acepté las monedas. Y todavía no sé porqué. Supongo que mi mirada acuosa le desconcertó. No sé si me sentí más humillada ante la pregunta del niño respondón o ante la actitud de ese hombre capaz de ahogar las penas ajenas en abultadas billeteras. Desde luego que, si yo hubiera cometido tamaña falta de educación, mi padre me hubiera azotado para que no se volviera a repetir. Él no se andaba con medias tintas. Supongo que sentir su mano violenta sobre mi cuerpo tembloroso hace que al recordarle mi mirada enfurezca. Nos abandonó cuando apenas levantaba un palmo del suelo y, nunca, ni siquiera cuando me salieron los dientes, supe de él. Una vez me dijeron en la pescadería que lo habían visto besarse clandestinamente con una ejecutiva adinerada de la ciudad, pero no quise ahondar en el asunto. Reconozco que tengo curiosidad por saber si realmente consiguió rehacer su vida mientras mi madre cosechaba magulladuras en su cuerpo limpiando casas, colegios y hasta cementerios, pero el rechazo que tengo hacía él me impediría mantener una conversación madura sin que antes le plantara un sonoro bofetón. Quizás por eso no me fio de los hombres. El ronquido de uno de los niños del tren me devolvió bruscamente a la realidad. Me había quedado dormida mirando el paisaje asilvestrado que aparecía y desaparecía en la ventana. Estábamos a punto de llegar a Madrid y mi nariz empezaba a evidenciar que la temperatura en la capital era considerablemente más inferior que la que envolvía a Oviedo. La madre de los niños movía las manos mientras le explicaba a su marido todos los planes que había organizado para disfrutar al máximo a la ciudad. Quería visitar museos, comerse bocadillos de calamares con mahonesa y dar largos paseos por el Retiro: “Y podemos mirar si también hubiera sitio para ir a ver alguna obra de teatro”, le replicó su marido.