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Covadonga (II)

Julio 1, 2010

Recordaré eternamente el día en el que decidí despedirme de ella. Un frío tazón de leche desnatada se movía con irreverencia entre mis dedos. Dormía apaciblemente en la habitación más grande de la casa. Solía dejar encendida una lámpara de aceite porque hacía que se trasportara a sus años mozos. Sobre la mesita, unas gafas que conseguían disminuir momentáneamente su hipermetropía y un vaso de agua parecían ser sus guardianes nocturnos. Allí dejé escritas aquellas cinco líneas que debieron clavársele en el alma en forma de navajazos. No tuve valor. No fui capaz de despertarla, mirarla a los ojos y decirle “adiós, volveré pronto”. Las lágrimas consiguieron emborronarme la visión cuando besé tímidamente su ajada frente. Ella se movió. ¡Juro que lo vi! Supongo que ese sexto sentido de mujer del que alardeaba en las reuniones con sus amigas de falsa opulencia, le sirvió para percibir que algo extraño ocurría al otro lado de sus sueños.
Cerré la puerta y caminé hacia la salida con cierta premura. Necesitaba huir. Escapar de la realidad que llevaba asfixiándome desde hacía tiempo. El leve maullido de Lillo hizo que se me escapara un pequeño grito. Miré hacia atrás y comprobé que, al otro lado del pasillo, todo seguía en calma: “Qué susto me has dado, Li”. Aunque su nombre lo elegí porque sus ojos parecían farolillos de la Feria de Abril, prefería dirigirme a él con un diminutivo falto de gracia y bastante humilde porque un veterinario me dijo que los animales tienden a recordar sólo las primeras dos sílabas de su nombre. Esa noche, Li, estaba nervioso. Cuando su mirada, desbordante de misterio e intriga, se cruzó con la mía, sentí que el corazón me latía como si hubiera corrido uno de esos maratones a los que solía inscribirme en vano. Ahora me doy cuenta de que jamás se me pasó por la cabeza que actuaría sola ante esto. Qué poca razón tenía mi madre, Teresa, cuando se vanagloriaba en público de mi fortaleza y espíritu de superación: “Eso de la lucha interna debía ser antes, cuando estaba en tu vientre”, mascullaba cuando la escuchaba ensalzarme desde mi habitación. Cuando cerré la puerta de la casa, lloré a chorros. Anduve bajo la luz de una luna llena resplandeciente hasta que, cargada conyh dos maletas repletas de remaches, llegué a la fría estación de ferrocarril: “Ya podrían poner la calefacción”, pensé en voz alta. El reloj que presidía la sala en la que doce personas esperaban mi mismo tren, marcaba las cinco y diez de la madrugada. Quise echar a correr, pero me quedé sentada en un banco azul mientras desterraba al ostracismo las lágrimas que corrían por mi rostro. No habían pasado ni quince minutos cuando la voz de un hombre de mediana edad me arrancó de mi somnolencia: “Señorita, ya ha llegado el tren. Debe subir, sólo esperará un par de minutos”.  CONTINUARÁ.
Saúl Ortiz es periodista y novelista.