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Otras opiniones

Costa Rica y Nicaragua, al borde del abismo

Noviembre 15, 2010

La isla Calero no es ni de lejos el típico lugar paradisíaco con el que desearíamos encontrarnos al planear – o soñar – unas vacaciones en Costa Rica. Muy al contrario se trata de una isla perdida en medio de la jungla que señorea libremente en la frontera entre esta república centroamericana, su vecina Nicaragua y el océano Atlántico. Ciento cincuenta kilómetros cuadrados de árboles, bichillos de la jungla, insectos y ruidos raros. Habitantes, cero. Cabinas de teléfono, cero. Cadenas de comida rápida, cero. En fin, todo ceros. Al menos hasta hace unos pocos días.
 
Y es que, como esas tormentas tropicales que no esperas, pero de pronto llegan, te ven, y te dejan calado hasta los huesos en cosa de minutos, la isla Calero se ha convertido en el catalizador de todas las pasiones y odios de los costarricenses, “ticos”, y los nicaragüenses, “nicas”. Una situación que de momento no está pasando de las palabras, bastante afiladas eso sí, pero que lejos de aminorar, cada día parece agravarse más.
 
Problemas que vienen de lejos

Si le pica la curiosidad y se informa por Internet leerá que todo empezó allá por el año 1858 cuando se fijó, para evitar nuevas disputas, que el caudaloso río San Juan quedase bajo la completa soberanía de Nicaragua pero permitiendo a su vez a los costarricenses derechos perpetuos de navegación. Mal que bien el tratado ha venido siendo respetado por ambas partes, pero quedaba una tercera con la que nadie contaba: la Naturaleza.

 
El caso es que, con el devenir de los años – si se me permite el lirismo -, la desembocadura del San Juan fue acumulando sedimentos hasta tal punto que dejó de ser practicable para la navegación. Así pues, los barcos, al igual que el excedente de aguas, hubieron de pasar a recorrer el completamente costarricense río Colorado, sumando al aporte de naves y aguas el dinero que estos movían. Y así vino siendo hasta que hace unos meses el antiguo líder guerrillero y ahora Presidente de Nicaragua, Daniel Ortega, encargó a su antiguo lugarteniente, luego enemigo, luego rival y ahora Ministro de Desarrollo de la cuenca del río San Juan que hiciese precisamente eso, desarrollar la cuenca del río San Juan. Empezando, precisamente, por devolverle su completa navegabilidad.
El dilema de la draga del río
 
Y aquí empiezan los problemas. Mientras el Gobierno de Nicaragua dice que ellos solo están dragando el río y que en Costa Rica lo que hay es mucho miedo a perder el negocio del tráfico fluvial por el río Colorado, el Gobierno de Costa Rica asegura que, aprovechando la draga, se está construyendo un canal a través de la isla Calero – que es suya -, y además que los sedimentos se están depositando en el antiguo cauce para unir la parte norte de la isla a Nicaragua. Una anexión en toda regla, vamos.
 
Y en esas andan ambos gobiernos ahora mismo, enviando tropas un día los unos para izar una bandera, y enviando policías – Costa Rica no tiene ejército – los otros para dar testimonio de soberanía. Y, pese a los esfuerzos de diversas cancillerías y de la OEA, nada parece indicar a fecha de hoy que vaya a recuperarse el buen entendimiento en breve. Pero más allá de todo este conflicto diplomático se cierne otra amenaza aún más grave, la que pesa sobre las vidas y futuro de miles de personas que viven y comercian a uno y otro lado de la frontera, ya que Nicaragua compra enormes cantidades de remesas a su vecina Costa Rica, mientras ésta, más rica pero menos poblada, emplea a enormes cantidades de nicaragüenses en todo tipo de trabajos.
 
De momento no hay constancia de que el conflicto haya llegado mucho más lejos de los foros de Internet, pero no conviene que ninguna de las partes pierda de vista esta arista del conflicto, no sea que una vez más acaben pagando débiles inocentes por miopes poderosos.


Carlos Aitor Yuste