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Los puntos cardinales

Copenhague: ¡Tenemos un problema!… en Hungría

Enero 10, 2012

Desde el pasado 1 de enero, en Europa se respira un cierto aire vikingo. Dinamarca ha asumido la presidencia semestral en un momento de especial trascendencia para el futuro de los veintisiete. El escenario de este 2012 es estremecedor en términos económicos y, aunque se supone que todos deberían remar en la misma dirección, parece que hay dos líneas dentro de la derecha, mayoritaria en el continente, la del dúo Merkozy, que ahora cree que el rigor presupuestario no es la única receta, y la del Gobierno Rajoy, firme defensora de apretarse el cinturón y aumentar la presión fiscal.

Como vemos, es un periodo marcado por la economía y el rescate del euro, y en los seis primeros meses estaremos a merced de las iniciativas que ponga en marcha un país que voluntariamente optó por mantenerse al margen de la moneda única. Las presidencias de turno son recordadas por el vigor y el entusiasmo que pongan los gobernantes que las ostentan. Me viene a la memoria, por ejemplo, la de José Sócrates, impulsor del Tratado de Lisboa, o la última de Nicolás Sarkozy, que se inició con una guerra en el Cáucaso.

Así que confiemos en que los muy equilibrados daneses, con la primera ministra fashion Helle Thorning-Schmidt a la cabeza, lideren el conjunto en tiempos de semejante desasosiego.

Porque, más allá de los problemas económicos, Bruselas tiene otro de gran envergadura política, que se suma también a una insostenible situación financiera. Se trata de Hungría, cuyas negociaciones de adhesión a la UE se concretaron curiosamente durante la Presidencia danesa de 2002. Ocho años más tarde, en 2010, las urnas le daban el poder al conservador, Víktor Orban, que a lo largo de este tiempo ha puesto en práctica un modelo que dista mucho de los parámetros democráticos e institucionales a los que obliga la pertenencia al club europeo. Con unas decisiones más propias de Hugo Chávez que de un gobernante comunitario, Orban ha declarado enemigos a los medios de comunicación, incluso a los que controla el propio Estado. Ha restringido la oficialidad de algunos ritos religiosos y, algo muy peligroso para la convivencia, no ha dudado en invocar a los fantasmas del pasado del Telón de Acero, concluyendo que el socialismo húngaro de ahora es prácticamente sucesor de Stalin por línea directa. Este hecho ha puesto en guardia al Grupo Socialista en la Eurocámara, que ya ha alertado del peligro de un sistema totalitario disfrazado de parlamentarismo en el seno de la unión.

Otro de los trucos que el primer ministro húngaro se ha sacado de la manga gracias a su cómoda mayoría es la modificación de las circunscripciones electorales, a la medida de los intereses de su partido, el Fidesz. Además, se ha restringido el poder de los jueces y la capacidad sancionadora del Tribunal Constitucional. A todo ello hay que sumar la bancarrota de la economía magiar y la depreciación galopante de su moneda, el fiorint, que se cambia a más de trescientas unidades frente al euro.

Dicho de otro modo; la Presidencia de Dinamarca se verá obligada a poner sobre la mesa común soluciones de alcance global. Pero no podrá dejar a un lado una seria complicación para todos, porque la crisis húngara no se mide sólo con indicadores económicos. Es, más allá de todo esto, un modelo mal entendido de nacionalismo soberbio y autoritario cuyo ejemplo no cabe en la Europa de los valores. La Comisión tiene que examinar desde hoy las modificaciones en la Carta Magna de Hungría. Y ese liderazgo institucional comunitario no puede ampararse en la tibieza y mirar para otro lado cuando estamos ante ejemplos que chocan de frente contra el acervo democrático que los estados miembros están obligados a observar.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.