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Otras opiniones

Conversaciones que iban en sentido contrario y risas adelantando en línea continua

Abril 25, 2014

DETERMINACIÓN

Ella se acercaba despacio. Había algo en su mirada. Quizás un destello de duda. Los pasos eran firmes. Sabía bien a lo que venía. Era muy consecuente con sus actos y el pueblo había dictado veredicto: culpable de brujería. Las llamas levantaban una columna de humo blanquecino por la humedad de los últimos días. La gente arremolinada en torno al espectáculo, entre aterrorizados y exaltados. Le tenían tanto miedo a esa mujer que no les había hecho nada perjudicial a ellos. Pero el Consejo había dictado condena para alivio general.

Un hombre tenía toda la responsabilidad de la ejecución. No dudó en llevar a cabo su trabajo con diligencia. Ella no se resistió. Tampoco emitió un gemido. El pueblo aplaudió en un estallido de histeria nerviosa.

La jornada concluyó con un asesinato colectivo.

 
TRÁFICO RODADO

Calles y avenidas. Bocacalles y travesías. Pasearon juntos por tantas arterias de esta ciudad que apenas recordaban sus nombres. Conversaciones que iban en sentido contrario y risas adelantando en línea continua. De vez en cuando, una noticia inesperada en doble fila. Era mucho lo que tenían que contarse. Llegaron a una gran plaza con jardines cuidados. En el centro una fuente, y al fondo, el palacio. La conversación se expandió y llegaron al tema culminante.

       ¿Te casas entonces? – dijo ella.

       Si, con María. Ya la conoces.

Siguieron andando, pero ahora ella iba por túneles de sentido único, varios metros bajo la ciudad.


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EN GRUPO

Se acercó a la verja. Era un perro precioso. Lamió su mano entre los alambres. El grupo avanzaba sin ella y tuvo que apresurarse para seguirlos. A alguien se le ocurrió que era buen momento para almorzar. Todos se detuvieron. Ella giró la mirada. –debe estar a unos cinco minutos de aquí- pensó. Sollozó interiormente. Le generaba insatisfacción los viajes organizados. Al final, resultaba privada de sus deseos. Y no es porque tuviera muchos, más bien eran pocos pero muy concretos. Lo tendría en cuenta cuando se sintiera sola la próxima vez. Ahora se contentaba con recordar los hermosos ojos almendra del can que había acariciado instantes antes.

Un año después, buscando destino para vacaciones, optó por viajar sola.

 

EL ABUELO

Había hecho daño. Inintencionadamente, eso sí. Y también había arrancado lágrimas de risa. Su vida, sus imprevistos. Como un volcán en erupción. Cómo un estanque. Había sido dos caras de la misma moneda. Ahora, ante sus nietos, rememoraba pasajes de su historia. Los niños le miraban con entusiasmo. El abuelo había sido un personaje, alguien aclamado por los demás, muy querido, admirado. Enfrentado a una enfermedad sin retorno, intentaba hacer sencilla la existencia de sus seres más allegados. Miró a la más pequeña, quien corrió a su regazo y se abrazó fuertemente. Poco a poco, los demás fueron imitándola, hasta rodearle en un mar de emociones. – Mis niños – les dijo, – si tenéis ocasión, decidid hacer reír. Los recuerdos alegres vuelan más alto que los tristes –.  

Horas después dejaba este mundo. Y un hermoso legado.

 

SITE II

Cocinaba pescado en una sartén de hierro sobre ascuas de leña. Similar a cómo se hacía en España hace años. La choza de madera y cáñamo protegía de la vista de los demás, aportando intimidad. En poca superficie vivían 6 personas. Con 1 kilo de arroz y una lata de sardinas al día gracias a los esfuerzos de una organización humanitaria. Sin huerto para sembrar porque estaban hacinados en un campo de refugiados en la frontera de Tailandia con Camboya. Privados de su familia y sus tierras. Todo ello por el designio de un gobierno. Y sólo echaba en falta para ser feliz un poco más de arroz, terreno para enseñar a sus hijos a cultivar y dinero para algunas compras. 

Mientras, los niños jugaban felices haciendo cometas con lo que encontraban.

© Javier González Cantarell