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Mensaje en una botella

Con peinetas y a lo loco

Marzo 6, 2013

Era de esperar que en un país de folclóricas se pusieran de moda las peinetas. Pero no tanto. El boom de la peineta convierte a personajes conocidos en protagonistas de un gesto soez que corre el peligro de provocar el efecto contagio. Porque no estamos hablando de peinetas de las que emplean las folclóricas como complemento cuando desfilan o cuando entonan su repertorio. Hablamos de la peineta nacional, ese dedo corazón que se alza enhiesto por encima de los habitantes de esta vasta piel de toro.

Luis Bárcenas es desde este 17 de febrero pasado un hombre a una peineta pegado. Aquel día, el que también es un hombre a un abrigo pegado regresaba de Canadá y saludó a los periodistas que le aguardaban con una peineta de las que hacen época. Bárcenas no es precisamente el hombre que más cariño despierta en la España actual. Desde el día de la peineta ya no hace falta que intente recuperar la imagen perdida. Lo tiene muy crudo.

Peinetas fotografiadas y televisadas ha habido unas cuantas durante los últimos años. El ya entonces ex presidente José María Aznar dedicó una a los alumnos de la Universidad de Oviedo que le insultaron cuando acudió a pronunciar una conferencia en febrero de 2010. Fabio Capello, entrenador del Real Madrid, dedicó otra en enero de 2007 a unos aficionados merengues que enarbolaban una pancarta que rezaba: “Ronaldo, quédate. Capello, vete ya”. Y el Rey de España dejó escapar una peineta al saludar a unos independentistas que le insultaban durante una visita a Vitoria en junio de 2004. 

Nadie es perfecto

La peineta es un gesto cortante, que deja taponada la salida para una respuesta y que cierra cualquier posibilidad de diálogo. Porque, ¿con qué respondes a una peineta si no es con otra peineta? En estos casos, es bueno recordar a Don Antonio Machado y tomar en consideración una frase de Leonardo da Vinci: “Quien de verdad sabe de qué habla, no encuentra razones para levantar la voz”. Y hacer una peineta es una forma de gritar, aunque el receptor del aullido lo sufra en silencio como si de un anuncio de antihemorroides se tratara.

Una peineta siempre te delata. Dejas a las claras que el camino más corto entre tu interlocutor y tú es la sodomía. Si la peineta está dirigida a un colectivo, viene a ser como poner a cuatro patas a un nutrido grupo de interlocutores que merece la reprimenda del autor de dedo enhiesto. Esa sodomía colectiva es muy cansada porque requiere mucho tiempo libre o poner en fila india al personal. En este último caso, se trataría claramente de una peineta haciendo el trenecito.

Este peinetismo nacional no es propio de personas que piensan. Quienes piensan, saben contar hasta diez. Las peinetas son gestos de los que el ejecutante suele arrepentirse. No ocurre siempre, pero pasa a menudo. La peineta es peineta en caliente. Luego, en frío, se le va la fuerza por el dedo. Esta curiosa gimnasia dactilar convierte  a su ejecutante en persona que se gana el desprecio. Pero no puede descartarse que quien desprecia al ejecutante de la peineta se haya dejado llevar alguna vez por el calor el momento y haya sucumbido a la insignificante levedad de la peineta.

Acabo de darme cuenta de mi osadía: llevo un rato escribiendo sobre peinetas sin haber llevado encima una peineta en mi vida. Claro que usted, con la amabilidad que le caracteriza al leerme, sabrá disculparme. Me aferro desesperadamente a una de las más brillantes justificaciones que he escuchado nunca, que son las dos últimas frases de Con faldas y a loco del gran Billy Wilder: “¡Soy un hombre! Bueno, nadie es perfecto”.

  

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero