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Los puntos cardinales

Chipre y Rumanía suben el pulso de la hipertensión comunitaria

Julio 18, 2012

En medio de la peor crisis institucional de la Unión Europea hay quien desde diferentes ámbitos vuelve a plantearse lo que en su momento hicieron algunos críticos; si la ampliación de las instituciones comunitarias a nuevos miembros fue tan apresurada como incompleta en términos de estabilidad política y pulcritud democrática.

Chipre acaba de asumir el semestre de Presidencia de turno y mucho me temo que el resto de los estados vamos a perder horas de sueño por un país pequeño y con demasiados problemas, con muy poca capacidad para liderar a los Veintisiete con propuestas o iniciativas. La isla sigue dividida y el simple hecho de que se haya hecho con la Presidencia europea ha dado lugar a que Turquía congele temporalmente sus relaciones con Bruselas. La situación económica chipriota es tan compleja que, al margen de solicitar ayuda formal a la Comisión, su Gobierno ha pedido cinco mil millones de euros al Kremlin. No es en absoluto una decisión irracional. En Nicosia todos saben que, por su posición geográfica, el país tiene un enorme interés estratégico. Es una lanzadera para el Mediterráneo Oriental y la región de Oriente Medio. Por eso rusos y chinos dan vueltas alrededor como tiburones al acecho.

Los problemas de Rumanía

Por si no fuesen suficientes estos problemas mencionados, los diplomáticos de Chipre tendrán que dar lo mejor de sí par rencaminar a Rumanía por la senda de la democracia de verdad, del acervo que en las ampliaciones de los ochenta era una condición sine qua non y que en las últimas incorporaciones ha sido sustituido por una no disimulada manga ancha. El Gobierno rumano tiene a su frente al político más joven de los veintisiete, Víctor Ponta, amigo al parecer de una interpretación laxa de la justicia, que en la nación de los Cárpatos no es ni independiente ni transparente. El mensaje que los principales responsables comunitarios han querido hacer llegar a Bucarest con meridiana claridad es que la Unión está capacitada para privar de su derecho de voto en las deliberaciones a aquellos países que se pasen por sus respectivos arcos de la Victoria los más elementales principios del derecho, que son el cimiento sobre el que se basa la arquitectura comunitaria. Para saber cómo funcionan las instituciones rumanas habrá que esperar si las urnas deciden que el jefe del Estado, Traian Basescu se debe ir a su casa.

No son, desde luego, circunstancias idénticas, pero hay algún elemento en común con la vecina Hungría, aunque en este país todo fue mucho más exagerado, cuando sin ningún rubor se modificó la Constitución para limitar libertades y armarse de instrumentos aparentemente legales para amordazar a los medios de comunicación, además de enmascarar triquiñuelas para recortar por la puerta trasera las competencias de los organismos económicos y financieros húngaros.

A comienzos de año, los daneses se hacían cargo de la Presidencia con este problema húngaro sobre la mesa. Ahora Chipre, con mucho menos peso político, tiene ante sí este contencioso rumano. De momento no han saltado las alarmas, pero no perdamos de vista a Bulgaria. Pensemos, entonces, que de las antiguas repúblicas ex soviéticas, sólo Polonia y la República Checa parecen ser acreedoras de la confianza de sus socios. Chipre tampoco está en su mejor momento para lidiar con estos asuntos con la notoriedad que lo harían los diplomáticos de cualquiera de las grandes naciones europeas. Así que, visto lo visto, no iban tan desencaminados quienes se preguntaron en su día qué prisa había en abrir la puerta sin pedir tarjeta de socio.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.