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A renglón seguido

Castro, no Sofía… de Federica

Febrero 16, 2014

Las nuevas tecnologías pueden desarroparnos de todo menos de los arrapos, llegando a dejarnos con las posaderas a la intemperie de los acontecimientos, para beneficio de unos pocos avispados civiles –medios de comunicación-, u “obispados” si son eclesiásticos.

En el primer supuesto se encuentra la borbónica “declaranta”, cuya imagen, más que difundida –muy a su pesar, y más a sopesar-, lo ha sido por doble partida: la periodística y la del partido judicial.

SAR (Su Alteza Real), es el acrónimo de la séptima “aspiranta” a la corona de este país, que le ha complementado los emolumentos de La Caixa, y levantado un monumento a la falta de diligencia a la hora de abrir la boca; máxime estando en la de muchos.

Pero el callar se iba a acabar, y dada la amplia sonrisa profidente como imputada, entrante y saliente, ante el Juez providente, no se entiende, cómo se ha dilatado tanto en el tiempo la ansiosa voluntad de declarar; quiero decir: la de abrir la boca, para no decir ni pío. ¡Ay si Baroja levantara la cabeza!

Comparecencia de lo más instructiva

La infanta se ha acogido a su constitucional derecho a no declarar. Justo como a uno le gustaría comportarse en materia de rentas ante la Agencia Tributaria, si no fuera por el temor a que la actuación profesional de sus inspectores, sobre uno, pudiera ser diferente al peritaje realizado, por posible indicación de la superioridad académico-política, respecto de la alumna de la Zarzuela, para no darle tiza; todo esto, sumado a las incógnitas, sin despejar, dejadas sobre la pizarra de la confusión, en la que tanto la defensa, la Abogacía del Estado y la Fiscalía Anticorrupción han trazado las líneas maestras  del suspenso hacia Su  Señoría en la sede de la

 
 

escuela judicial, a la que asistimos en calidad de oyentes, pero como examinandos visuales, los ciudadanos.

La comparecencia declarativa ha sido de lo más instructiva. A preguntas del honorable Sr. Juez Castro, que no “sofía” de Cristina –al contrario que El Rey-, las respuestas más frecuentes fueron: “no lo sé”, “no me consta”, “no recuerdo” […], en un claro ejercicio, en ese orden, de: ignorancia, indocumentación y amnesia. Sus abogados esgrimen argumentos exculpatorios tales como: “madre con cuatro hijos”, “infanta”, “ama de casa” y “trabajadora –empleada- de La Caixa”.

Ley igual para todos

Uno, sin ser progenitora, ha amamantado a sus pechos –a veces con mala leche- a más prole en la “trasbarra”; también ha sido infante, aunque no a su manera; es amo de su casa laboral; y, finalmente, trabaja para su caja. ¿Serviría este tetra pack de elementos en mi descargo ante Tribunal alguno?

Si la ley es igual para todos, y si prospera este emocional argumento de “Roca y Silva asociados” para exculpar a su representada, debería de servir asimismo como elemento defensivo de banquillo en el futuro, sin importar el linaje del individuo.

La responsabilidad, o la falta de ella, en una sociedad marital civil se establece al cincuenta por ciento; ya sea ante la luz o en la oscuridad, en el triunfo o en la derrota y desde el punto de vista, que no hemos visto todavía, del catolicismo episcopal con su Conferencia al frente también en la riqueza y en la pobreza.

Pensará Don Rouco Varela con su portavoz Tamayo en la proa de la comunicación, que todo va viento en popa, y como lo que Dios une no lo puede separar el hombre, la terrenal justicia, que no coincide necesariamente con la divina, no podrá divorciar carcelariamente a los ginebrinos esposos , ya que, si se aplica, se vulneraría la suprema celestial.

Quizá Cristina, “la Federica”, quería  jugar  a ser  rica  como  su homónima

Onassis en su oasis de aparente impunidad, pero a ésta última le vino de cuna y a la primera solo le acuna un halo de culpabilidad. No obstante, siempre tendrá a su favor a ciertos medios incondicionales de comunicación, que pretenden tener La Razón y ser el ABC de la sensatez, y enaltecerán su figura llegados incluso ante la jurisprudencia, en su caso, del Supremo.

Mientras, todo el mundo juzga en El País.

Paco de Domingo