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Otras opiniones

Caso Marta del Castillo: de cómo hacer “trampas” sin que se note, dicho sea con todos los respetos

Febrero 10, 2013

Esta semana le escribo desde un hotel de montaña en Sierra Nevada. He tenido la suerte de disfrutar de una habitación con vistas espectaculares. A través de la ventana contemplo la montaña y algunas de sus pistas: La Fuente del Tesoro, Neveros, el Rio, el Águila y hasta la puntita de arriba del Zayas. Desde aquí todas parecen lisas, bien trabajadas, repletas de nieve primavera tipo crema. Es sólo una ilusión óptica, una opinión desde la distancia. Si las esquías compruebas que hay de todo: placas de hielo, nieve dura, nieve polvo, incluso en algunas pistas la nieve está arroalá (como mis amigos de Güejar llaman a la nieve apelmazada en montículos).

Algo así ha sucedido con la sentencia del caso Marta del Castillo. Sabe usted, a mí un par de lecturas, unas frases sacadas de contexto para justificar una opinión y la contraria o un análisis desde la tozudez de pensar que uno siempre lleva razón no me sirven para entender el espíritu de la sentencia. Eso es observar la montaña desde la distancia. Y lo digo ya, esta crítica no va dirigida a los padres de Marta que objetivamente han sido bastante racionales y mesurados en sus manifestaciones.  Hecha la aclaración le cuento que estos días he tenido el tiempo y el interés de esquiar las frases, buscar los giros y eliminar los anzuelos fáciles con el único objetivo de capturar la esencia del fallo del Tribunal Supremo.

Comienzan las “tretas”

Hace años, el Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH) prohibió que un acusado absuelto durante el juicio pudiese ser condenado después vía recurso por un tribunal superior sin ser escuchado antes. Esa doctrina la asumió el Tribunal Constitucional y el Tribunal Supremo de nuestro país y existe numerosísima jurisprudencia que así lo avala. Con esa patata caliente se encontraron en el Supremo cuando les llegó la sentencia de Marta del Castillo. El escándalo social que supone que unos padres no hayan podido dar sepultura a su hija y la sensación generalizada, que no certeza absoluta, de que hay culpables que se han ido de rositas pudo llevar a los magistrados a tratar de contentar a Antonio del Castillo y Eva Casanueva con un pequeño caramelito.

El coste social y económico de repetir el juicio fueron argumentos extrajurídicos que me cuentan se pusieron sobre la mesa. Se decidió que la imagen de la Justicia no debía recibir semejante varapalo, así que cogieron al malo por el que nadie siente empatía y le aumentaron en un año y medio más la pena. Miguel Carcaño fue absuelto del delito contra la integridad moral del que fue acusado durante el juicio celebrado en la Audiencia de Sevilla. Sin embargo, el Supremo lo acaba de condenar saltándose a la torera su propio criterio, el del Constitucional y la doctrina del TEDH. Pero los magistrados no son nada tontos. Sabían que lo tenían prohibido y a nadie le gusta que le pillen y luego le den un tirón de orejas, así que han estirado la Ley. Para justificar la condena argumentan que los jueces de Sevilla no interpretaron bien lo que dice el Código Penal sobre el delito contra la integridad moral. Que si lo hubieran hecho bien lo habrían condenado. Se llama tipicidad, pero a mi entender los magistrados han agarrado una moneda del suelo con la cara hacia arriba y le han dado la vuelta para que salga cruz.

Un cambio de hora

Me enseñaron que los que deciden si los testimonios de testigos y acusados son válidos y creíbles, los que ven las pruebas y escuchan a los peritos son los juzgadores. Se llama inmediación. Los cinco magistrados del Supremo jamás le han visto la cara en directo a Miguel Carcaño ni al resto de los acusados, ni a los testigos, ni han visto sus reacciones faciales, ni han escuchado su tono de voz en el mismo momento que participaron del juicio. Por esa razón, está vetado que puedan valorar de nuevo la prueba que ya se analizó en el acto del juicio oral. Pero una vez más (es bastante frecuente) lo que hacen los dignos jueces es demostrar su afición a las piruetas: para no pisar el terreno prohibido, cuestionan el proceso mental por el que llegó a determinada conclusión el juzgador. Vamos, una treta para valorar de nuevo la prueba.

A ese asidero se han agarrado, como los crampones al hielo, para asegurar que es imposible que el cadáver de Marta saliera de la casa de Miguel Carcaño sobre las diez de la noche. Ordenan a la Audiencia de Sevilla que revise la sentencia y que establezca que fue en torno a las dos de la madrugada. Los del Supremo, sin escucharlo ni verlo, dan credibilidad a un hombre que a esa hora observó como dos personas trasportaban un bulto sobre una silla de ruedas. La Audiencia rechazó este testimonio porque durante el juicio fue incapaz de establecer el día exacto en que contempló semejante escena. El Supremo le da la vuelta a la tortilla y afirma que ese detalle es una minucia porque durante la investigación el testigo dijo hasta tres veces que vio la escena la noche en que Marta fue asesinada.

Y tendrán razón o no, nunca sabremos si el testigo almacenó de forma incontrovertible la fecha exacta en la que tan extraña escena ocurrió. Pero una vez más el Supremo se ha saltado sus propias normas. Y lo hace cuando quiere, porque hay muchos otros fulanitos que cuestionando la inferencia probatoria (extremo dentro de los límites de la casación) se encuentran con que los jueces o no les dan la razón o directamente inadmiten el recurso con el argumento de que no se puede valorar la prueba dos veces. Justo lo que el Supremo sí ha hecho en el caso de Marta del Castillo.

Ahora la Audiencia Provincial de Sevilla deberá redactar un nuevo fallo con esa hora y decidir “libremente” si al faltarle coartada a esa hora a Samuel Benítez debe ser condenado. ¿Y por qué no lo condenan ellos directamente si tan claro lo tienen? ¿Por qué no hacen como con Carcaño? Pues porque lo prohíbe la doctrina que le he explicado antes y si lo hicieran pasarían de la sutileza al más vergonzoso descaro.

Un solo juicio

Pero hay más. Si finalmente es a las dos de la madrugada cuando el asesino y sus encubridores sacaron el cadáver de Marta del Castillo, ¿qué hacemos con María, la novia del hermano de Miguel Carcaño, que a esa hora estudiaba en la casa? El Supremo dice que la dejen en paz, que no hay pruebas aunque se cambie la hora. Con un par de narices. Y yo me pregunto: ¿no oyó nada?, ¿no olió la lejía ni presenció las labores de limpieza del piso?, ¿no vio la casa desordenada?… Sencillamente no me lo creo. Pero le digo algo, de la misma forma que el Supremo ha sido capaz estrujar la Ley para llegar a estas conclusiones, también podría, si hubiera querido, haber ordenado la repetición del juicio.

Podría escribir muchas más líneas sobre la Sentencia de Marta. Explicarle que el homicidio como figura legal ha muerto. Que en cualquier crimen si se quiere podemos hallar alevosía. Que el abogado de la acusación particular y el fiscal tienen, a mi entender, mucha, muchísima responsabilidad en lo ocurrido, que Miguel Carcaño se la coló a los dos reconociendo una violación indemostrable (era claro que iba a salir absuelto de ese delito) para ser juzgado por magistrados profesionales y no por un jurado popular, con lo que eso habría supuesto. Sin embargo, quiero dejar las últimas líneas de esta misiva para la esperanza.

En mi opinión, es ridículo, vergonzoso y hasta repugnante desde el punto de vista de la inteligencia y la lógica que el asesinato de Marta del Castillo y todo lo que le rodea ocurriera de dos formas distintas. Una, la que establece la sentencia del Cuco, que por ser menor de edad fue juzgado en un Tribunal de Menores. Otra, la de la Audiencia Provincial de Sevilla, en cuyo banquillo se sentaron los acusados mayores de edad. Hasta el Supremo lo reconoce en su sentencia, pero se lava las manos. Dice que esa decisión no le compete, que está mal pero que el mostrador para reclamar es el Tribunal Constitucional. Y allí esperan los padres de Marta y yo mismo que acuda la sensatez. Y que a pesar del dinero que cueste o que se de la sensación de tener una justicia desastrosa (esa muchas veces ya la tenemos) se ordene que el juicio del menor y de los mayores se repita. Todos juntos bajo un mismo techo con una única sentencia. Acertada o errónea pero una sola descripción de cómo murió Marta y cómo se deshicieron de su cuerpo. Es algo que se merecen Antonio y Eva y cualquier padre que viva en este país.

Nacho Abad