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Otras opiniones

Caso Bretón: un tufillo extraño

Septiembre 23, 2012

Caminábamos por la calle Fuencarral, entre chorros de gente, abriéndonos paso con paciencia pero con una dificultad enorme para estar paralelos el uno al otro y mantener una conversación. Mi padre no lleva bien las aglomeraciones, así que lo llevé a un pequeño local blanco con grandes tuberías metálicas en el techo. Nos sentamos acompañados de un café y una magdalena de las que ahora les ha dado por llamar cupcake. Le engañaría sino le dijese que la habitual jovialidad de mi padre estaba ensombrecida por algún pensamiento oscuro que, en contra de lo habitual, esta vez sí quería poner sobre la mesa del rincón apartado en el que nos habíamos colocado por sugerencia suya. “Para ser discretos”, me explicó.

“Me he vuelto a leer los informes forenses”, me dijo susurrando y mirando hacia los lados. La preocupación que se consolidaba en el gesto amargo de la boca de mi padre y en su ceño fruncido, me hizo olvidarme de la magdalena, borrar la sonrisa de la boca ante las medidas de seguridad adoptadas y prestarle toda la atención. “En las conclusiones todos los peritos dicen que es imposible establecer la causa de la muerte. Me imagino que sabes qué significa eso”, me espetó turbado. Yo le miraba sin entender qué quería decir. Mi silencio le impulsó a continuar sin esperar respuesta: “Desde un punto de vista medico-legal si no se puede establecer la causa de la muerte, no se puede saber si se trata de un asesinato”, concluyó. “¿Y qué otra cosa podría haber pasado? Lo han acusado de doble asesinato. Los mató. No hay más vuelta de hoja”, le respondí.

Accidente

“Imagina que te encuentras un cadáver en un camino y después de hacerle la autopsia no sabes de qué ha muerto. Entonces, no podrás acusar a nadie de asesinato ni de homicidio. ¿Me entiendes?”. Su idea como una punta de una lanza empezaba a abrirse paso entre los prejuicios de las que eran mis convicciones establecidas hasta ese momento. Y le digo que aquello provocó un seísmo en mis conclusiones respeto al juicio. Porque mi padre acabó diciendo algo que seguro a usted también le produce agitación. “Accidente”.

Desde un punto de vista estrictamente legal José Bretón puede alegar en el juicio que eso fue lo que pasó. Que después le entró miedo con el resultado que usted ya conoce y luego simuló la desaparición de los dos pequeños en el parque. La posibilidad de que se pueda escapar por alguna rendija judicial me provocó una enorme zozobra. No menor que la que el juez tiene ante la cita de este viernes día 28 de septiembre.

¿Una trampa?

Me cuentan que su Señoría está muy preocupada porque ese día todos los peritos, incluida la profesional de policía científica, van a discutir sobre sus informes escritos. Todos de acuerdo en sus conclusiones salvo ella. Le contaré que el jueves 19, a través de varios intermediarios, el juez preguntó a la perito si quería volver a ver los huesos y redactar un nuevo informe. La respuesta que recibió fue afirmativa. Como usted, supongo que la perito querrá ver los huesos para comprobar por si misma si se confundió y si así fue, reconocer el error y pedir disculpas, como cualquiera de nosotros si nos hubiéramos equivocado. ¡¡¡Pero el ofrecimiento de Rodríguez Lainz no era generosidad!!! ¡¡¡Noooo!!! Imagínese usted la escena de este viernes. El juez que le pregunta que si se ratifica en su informe que concluye que los huesos son animales o que se quiere rectificar. “No puedo rectificar porque no he vuelto a ver los huesos. Cuando los analicé, a lo mejor me confundí, pero en aquella ocasión me parecieron de animales”, podría responder. Y así llegaríamos al juicio, con una discrepancia en torno a la naturaleza de los restos hallados en la hoguera.

Su Señoría no quiere que su pésima instrucción lo sea más aún, así que logra averiguar la disposición favorable de la perito a revisar su trabajo, nuevo informe incluido, y redacta un auto. Pero cambia los verbos y en vez de decir “se ordena”, el muy truhán (dicho sea con respeto), dice “se autoriza”, para dar la impresión de que ha sido la perito, la que desesperada le ha mendigado, le ha implorado de rodillas ver los restos de la hoguera. Déjeme que le diga que existe un rumor que dice que de esa manera la quiere humillar más aún ante la opinión pública tratando de garantizarse la rectificación y así la condena de Bretón. Yo no quiero creerlo, pero los últimos acontecimientos vuelven a tener un tufillo, que ni el aroma del café ni el de la cupcake han conseguido eliminar.

Nacho Abad