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Otras opiniones

Caso Bretón: ¿Razón o corazón?

Septiembre 9, 2012

Desde que hace una semana le escribí contándole las últimas novedades del Caso Bretón, los acontecimientos se han ido sucediendo en una suerte de cascada que parece que no tiene fin. Para empezar, dos nuevos informes confirman que los restos aparecidos en la hoguera que José Bretón hizo en el interior de la finca de “Las Quemadillas” el día de la desaparición de sus hijos Ruth y José son humanos. El del Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses de Madrid concluye: “La muestra analizada es compatible con la presencia de dos individuos. Las edades biológicas estimadas son compatibles con dos menores de edad en torno a los 6 y a los 2 años. Se alcanzaron temperaturas de cómo mínimo 650. No hay discrepancias significativas con respeto al informe del Dr. Etxeberría Gabilondo”. Por su parte, el de la Escuela de Medicina Legal de Madrid dictamina su “conformidad con el informe pericial realizado por el doctor Francisco Etxeberría. Las únicas discrepancias se refieren a detalles menores de clasificación de restos que nada afectan a sus conclusiones”.

Todos estos acontecimientos se comentaban por miles de españoles, entre ellos mi padre, que si no lo sabe se lo digo, entre sus carreras universitarias está la de veterinaria y la de medicina. El sábado me levanté al amanecer y me lo encontré de pie, en el salón, mirando el paisaje a través de la cristalera, con los hombros inclinados y rotados hacia delante luciendo la típica chepa que le acompaña desde hace años. Al oírme se giró: “No me terminan de gustar”, me dijo negando levemente con la cabeza mientras señalaba los dos informes que había arrojado sobre el sofá. Se pasó el día mohíno, evitando cualquier mirada, ya no sé si por el temor a que le riñera por haberme cogido los papeles de mi archivo sin permiso o porque quería ordenar y pulir sus pensamientos antes de dármelos a conocer. Y no volvió a hablar en todo día, hasta después de la cena.

¿Razón o corazón?

No sé lo que es, pero estos informes no me gustan”, insistió mi padre. “Para mi que el malnacido ese mató a sus hijos, pero no sé si la forma en qué se ha resuelto el caso o yo qué sé qué, pero me da tufo horroroso. Hijo, ¿tú qué piensas?”.

Le intenté explicar, no sé si con acierto, y a cambio le insistí en que construyese en frases su mala espina. Pero no logré sacarle ni una sola palabra más. Se recogió en su caparazón como el caracol que intuye el peligro. Como se imaginan, aquello me dejó durante horas un zumbido de mosca cojonera insoportable.

Nuevo auto

Para no seguir dándole vueltas a la cabeza, tome un ibuprofeno y me sumergí en el último auto del juez. Le reconozco que estoy convencido que si me pusieran veinte escritos de magistrados diferentes sabría reconocer a la primera cuál es de Rodríguez Lainz. Su tendencia a mezclar certezas y juicios de valor carentes de una base sólida hace que su estilo sea inconfundible. Dice el togado que los huesos son humanos, lo que vistos los informes parece una certeza, aunque habrá que esperar a que se celebre el juicio para ver la solidez de los peritos y para que el indicio se convierta en prueba. También en las ocho páginas de auto hace un relato de cómo, según su imaginación, ocurrieron los hechos y, entre otras cosas, describe que Bretón arrojó grandes cantidades de gasoil en la hoguera para alimentar el fuego. ¿Sabe usted que el único informe que obra en el sumario dice justo lo contrario? Es decir, que no se han encontrado acelerantes en los restos de la hoguera. Probablemente su “particular” raciocinio judicial le ha llevado a pensar que el hecho de que no hayan sido hallados no quiere decir que no existieran. A eso se le llama echarle un par de bemoles, porque olvida el juez que lo que no está en autos no existe en el mundo.  ¡Y hasta cinco juicios de valor sobre cómo ocurrieron los hechos he contado en su auto! ¡Cinco! Seguro que se deben a un lapsus por lo apresurado de la situación. Escribió el auto a toda velocidad para entregárselo a los abogados que le esperaban fuera del despacho del juzgado. Y digo esto, porque él mismo con toda humildad y buen hacer acaba reconociendo en la página siete: “Ciertamente no contamos con una versión de cómo sucedieron los acontecimientos que llevaron al fallecimiento de los menores”.

También le digo, que a Rodríguez Lainz, hay que aplaudirle el mérito de haber entonado, aunque haya que leer entre líneas, el mea culpa. Por que más allá del posible error humano de la perito, él, como jefe absoluto de la instrucción, asume que podía haber ordenado un segundo análisis de cotejo de los huesos desde el primer momento. Y no lo hizo

Me acabo de percatar de que, según le escribo estas líneas, mi padre cotillea disimuladamente sobre mi hombro. Si consigo arrancarle las sospechas que maneja en su cabeza se las pondré negro sobre blanco, cuente con ello. Y mientras, a esperar, porque le aseguro que en este asunto todavía quedan novedades y batallas que luchar. Y ojalá gane la verdad y sólo la verdad.

Nacho Abad