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Otras opiniones

Caso Bretón: pareceres y certezas

Septiembre 3, 2012

Le cuento que, si se confirma que los huesos hallados en la hoguera son humanos, habrán sido necesarios once meses para resolver la desaparición de Ruth y José, los dos pequeños de Córdoba. Pocos si lo comparamos con crímenes pendientes de respuesta como los de Yeremi Vargas, Sara Morales, Marta del Castillo, Sonia Iglesias, María José Arcos

Pero sabe usted que, si no nos sumergimos en el mar de las comparaciones, el sentimiento generalizado, el de la Policía incluido, es que se pudo dar una respuesta a la madre de los niños mucho antes. Una experta en Antropología Forense de la Policía Científica dictaminó el 12 de noviembre de 2011, poco más de un mes después de que los pequeños desaparecieran, que los aproximadamente doscientos huesos hallados en la hoguera que Bretón hizo el día 8 de octubre en Las Quemadillas eran de animal. Y la Policía dejó de buscar justo en el único sitio donde se hallaban los cuerpos de Ruth y José. Es decir, sin saber que ya los habían encontrado.

Un desenlace cantado
Aunque usted probablemente ya lo sepa, permítame refrescarle la memoria con los hechos del pasado. Antes de que se conociera el informe del profesor Francisco Etxeberría Gabilondo (el que asegura que los huesos de la hoguera son humanos), la sociedad ya le había colgado el cartel de culpable a Bretón. Le confieso que hasta yo mismo, que trato de cuestionarlo todo por norma, en casa y con los amigos, es decir en ámbitos privados, llevado por la intuición, comentaba con cierta ligereza mi convencimiento personal de que José Bretón estaba detrás de la desaparición de sus propios hijos.

Y aunque la lógica y la experiencia decía que los había matado, siempre quise pensar que, aunque fuera muy difícil, se los habría entregado a alguien que los guardaba ocultos esperando a que él saliera de la cárcel. Y todas estas elucubraciones principalmente porque Bretón mentía mucho. Groso modo daba la misma versión, pero tenía mil contradicciones o detalles extraños en sus declaraciones. Por ejemplo, dijo que sus hijos habían comido pan sentados en el asiento detrás del coche. No se le escapará a usted que alguna miga se habría quedado en el asiento debajo de las sillas de los niños. Sin embargo, la Policía Científica no halló nada.

La sentencia Cañavate

Cuando se le preguntó por este detalle, de repente se acordó que había aspirado el coche con los niños dentro mientras estos dormían sentados y que no se habían despertado. Extraño, ¿no? Y aún así, ¿no le parece raro que no quedara un solo resto? Pero este tipo de detalles comprenderá que a ojo de la Justicia no le convertían en culpable.

Le recuerdo que en nuestro país el imputado tiene derecho a no decir verdad y que sus mentiras no sirven para condenarle. Se puede leer usted la sentencia Cañavete, pero por si no tiene tiempo se la resumo en pocas líneas. Trata de una mujer desaparecida y cuya familia pensó que iba a descansar un poco cuando su propio “José Bretón”, también mentiroso y de comportamiento extraño, entrara en la cárcel porque sus contradicciones le hacían culpable a sus ojos y a los de la opinión pública. Pero quedaron destrozados cuando fue absuelto del asesinato. El chasco fue mayúsculo y el dolor aumentó exponencialmente sobre todo al saber que aunque ahora aparezca su cuerpo y se hallen pruebas definitivas, el que fue acusado no puede volver a ser juzgado por el mismo crimen.

Un jaque mate a la Justicia

Volviendo al verdadero Bretón, su comportamiento extraño y su actitud de tranquilidad y despreocupación durante los registros tampoco le hacían parecer inocente. Cuenta el jefe de la investigación que una vez le preguntó dónde estaban los niños y que Bretón respondió: “Cerca, muy cerca”. Y muchos dijeron: eso es blanco y en botella. Pero piense por un momento en cuál es el color de la nieve y las neveras, y las camisetas del Real Madrid, y ahora responda, ¿qué beben las vacas? Con esto, lo que quiero decirle es que, a lo mejor, Bretón, hastiado de la Policía, decidió engañarle o tomarle el pelo. Tanto es así que tengo la sensación de que el juez instructor se vio sobrepasado por la situación y perdió el norte de lo que es la Justicia en estado puro.

Sabe usted que no pretendo ofender ni molestar a nadie, pero una sociedad adulta es la que se informa, razona, cuestiona lo que le cuentan y saca sus propias conclusiones. El escandaloso dolor que produce la desaparición o muerte de dos menores puede pero no debe obnubilar la razón. Y le digo la verdad, que mi impresión después de leer el sumario y antes de que llegase el famoso informe de Etxeberría es que no había base para condenar a José Bretón. Aún así, la maquinaria de la culpabilidad se había puesto en marcha hacía muchos meses. Y sinceramente yo no veía otra cosa que una absolución al final del camino, que ya sabe usted es un nuevo batacazo para la familia que acusa y un escándalo social que volvería a poner en jaque la imagen de la Justicia.

Pero como le decía al principio, en pleno mes de agosto llegó el informe del profesor Etxeberría Gabilondo que asegura que los restos de la hoguera son humanos. Se me pone la piel de gallina al pensarlo porque es una monstruosidad. Y si se confirma, siempre serán pocos los años que le caigan. Mucho tendría que contarle de cómo se encargó el informe de este prestigioso forense y de las historias paralelas que han crecido alrededor de esta terrible desgracia, algunas oscuras y sucias, otras limpias y brillantes, pero lo dejo para otro momento. Ya sabe que no me gusta dejar pistas por escrito, así que, si las condiciones lo permiten, dentro de un tiempo se lo contaré en persona. Y esto es tan cierto como que las vacas beben agua.

Nacho Abad