Menú Portada
Otras opiniones

Caso Bretón: la muestra 8

Octubre 1, 2012

José Bretón arrastra los pies sobre la senda de la culpabilidad. El camino, ancho al principio, presentaba numerosas bifurcaciones por las que escapar, pero desde el pasado viernes se ha convertido en un desfiladero agreste, afilado y estrecho. Le cuento lo que ocurrió por si usted se ha perdido los últimos acontecimientos. La perito de la Policía Científica, que hace casi un año dijo que los huesos de la hoguera de las Quemadillas eran de origen animal,  ahora está convencida de que se equivocó y afirma que son humanos y pueden corresponder a dos individuos de 6 y 2 años.  Es decir, rectificó. Pidió mil disculpas a la madre de los niños y a la familia de ésta por el retraso que su erróneo peritaje provocó en la investigación.

Que se excuse en la presión recibida, en las horas de trabajo o en que la observaba mucha gente, no me vale. De ningún modo. Seguro que todos estos extremos  son ciertos, pero todos vivimos con stress, presión, bajo el ojo escrutador de nuestros  jefes y aguantamos. Pero también le digo que me produce profundo rechazo que se la lapide por un fallo amplificado por el eco mediático del caso. El error es inherente al ser humano y la única vía es rectificar y solicitar perdón con humildad.

Las verdades de la perito

Así que asumiendo que por su culpa la investigación se estancó durante once largos meses, le quiero narrar algunas anécdotas en las que la buena mujer tiene razón y en las que nadie le ha creído porque ya había sido etiquetada como la mala, la del error en el peritaje.

Para ello voy a comenzar situándome el 20 de agosto. Por entonces, el profesor Etxeberría Gabilondo ya había analizado los huesos y había abierto luz entre las brumas que envolvían la desaparición de Ruth y José.  Los restos no eran animales, sino humanos. Volviendo al 20 de agosto, uno de los jefes de la investigación, mediante un oficio, el 76.951 (todas las comunicaciones por escrito entre policías se registran con un número de salida y entrada), solicitó a la perito que volviera a ver los huesos y emitiera una nueva valoración. El juez instructor se enteró de esta iniciativa y la paralizó enviando un comunicado a la Comisaría General de Policía Judicial en el que decía: “Por parte de este juzgado no se va a solicitar a esa perito ningún estudio de los huesos. Y recomiendo que la policía judicial de manera particular no lo realice”. Así que el día 23, el jefe policial, haciendo caso a su Señoría rectificó en un nuevo oficio, con número 77.868: “Acuerda se deje sin efecto la elaboración del informe”.  Vamos, que le cerraron la puerta a enmendar su error con prontitud y celeridad. Y por arte de birlibirloque a la opinión pública se le traslado la opinión contraria. Que su terquedad y su ego le impedían arrodillarse ante la verdad. Ella erre que erre se negaba a ver los huesos.

Se lo cuenta al juez

Pero el destino siempre tiene imprevistos giros, y María del Reposo, la abogada de Ruth Ortiz, convencida de la terquedad de la perito, trató de ridiculizarla durante el interrogatorio. “Usted se negó a ver los huesos, ¿por qué?”, preguntó. “Nunca me he negado”, respondió la otra, y narró paso por paso lo que yo le acabo de explicar a usted. A la letrada de la acusación se le acabo de caer la boca al suelo cuando escuchó al juez decir: “Lo que ha contado la perito es cierto”.

Pero todavía quedaban sorpresas. La perito, segura de si misma, debió de pensar que, de momento, este era el único foro donde iban a valorar y respetar sus palabras y aprovechó otra pregunta capciosa de María del Reposo: “Por qué dice usted que no solicitó hace una semana ver los huesos, cuando todos sabemos que sí fue usted quien lo pidió y no el juez como trata ahora de hacernos creer a todos?” . Me cuenta alguien que estaba en la sala, que la perito respiró solo un segundo y sonrió como si esperase que alguien le plantease esa cuestión.

La peritó relató que el 20 de septiembre le llegó un mail del propio juez, a través de varios intermediarios, en el que ella leyó: “El juzgado de Instrucción nº 4 ordena que cuando se localice a la perito se le comunique la posibilidad de ver nuevamente los restos óseos y en caso afirmativo, se me comunique a mi personalmente”. Y Ella respondió que sí, que está siempre a las órdenes de la justicia, pero como respuesta solicitó a su Señoría que los huesos que estaban en el Instituto Nacional de Toxicología fueran trasladados a su laboratorio para gozar de tranquilidad y sosiego durante su segundo peritaje. El juez ni se molestó en responder a la petición. Desde su trono legal dictó un auto en el que usaba expresiones como “Se autoriza a la perito solicitante”.

A pesar de la razonable explicación, incluso con la oferta por parte de la perito de enseñarles a todos los presentes los papeles que acreditaban que era el juez el que pedía y no a la inversa, María del Reposo seguía sin estar convencida. Una vez más, su Señoría tuvo que acabar reconociendo, ya no se si con gallardía o por lo abrumador de los datos que “todo lo que ha dicho la perito es verdad”.

Y me dirá usted, que para qué le cuento estos detalles intrascendentes de la declaración de la antropóloga cesada. Le confieso que he elegido estos aspectos controvertidos pero insípidos para la investigación y para la resolución del caso porque quería evitar contarle lo que realmente me preocupa. Finalmente he decidido compartirlo, porque ya sabe que para usted no tengo secretos. De la caja de los huesos, precintadas y con una maravillosa cadena de custodia que el juez se empeña en defender, se ha evaporado uno de ellos. ¡¡¡Ha desaparecido la muestra número 8!!! Y se ha perdido en cualquier momento desde que los huesos salen de Córdoba hasta que Etxeberría los analiza. Ya entonces no estaba.  Y ya sabe lo que esto significa. Que en puridad legal, al menos se vuelve a abrir una bifurcación.

Nacho Abad