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Mensaje en una botella

Carta de Felix Baumgartner a los terrícolas

Octubre 18, 2012

Queridos terrícolas:

Me dais pena. El otro día, casi 40 kilómetros por encima de vuestras cabezas, pensé en no regresar a La Tierra. Sucedió cuando, enfundado en mi traje presurizado, me asomé a la plataforma desde la que iba a saltar. Allí, suspendido en el espacio a tanta distancia como nunca había estado nadie, medité sobre la duda que me asaltaba: ¿Qué se me ha perdido a mí en el planeta azul?

Durante unos segundos, mi vida entera pasó por mi memoria. Era como si la muerte llamara a mi puerta, según cuentan quienes han recibido la visita de la parca y finalmente han logrado esquivarla. Durante aquellos segundos, que parecieron interminables, tuve la sensación de que había estado perdiendo el tiempo durante la mayor parte de los 43 años de mi vida. A mi memoria acudieron vagos momentos de felicidad y numerosos instantes de pesar. ¿Merecía la pena regresar a La Tierra para seguir sufriendo?

Mi mirada se posaba sobre el planeta azul, como si yo fuera un niño que observaba por vez primera una enorme pelota y deseara alcanzarla con las manos. Pero algo dentro de mí me advertía del peligro que podía conllevar el tacto de aquella esfera. Fue entonces cuando di un paso atrás. ¿Para qué volver a ese lugar?

Como un náufrago a su tabla

Un escalofrío recorrió mi cuerpo. La decisión estaba casi tomada. No volvería a La Tierra, un planeta cuyos habitantes eran incapaces de convivir armónicamente a pesar de la enorme riqueza natural que les rodeaba. ¿Para qué dedicar los años que me quedaran de vida a seguir luchando contra los humanoscomplejos y contra su maldad? ¿Merecía la pena?

Entonces, en aquel amargo segundo de mi existencia, recordé la mirada de mi madre. Era la mirada de quien sólo me procuraba amor. Su bondad resultó ser infinita, resistió los embates de la maldad y nunca consiguieron destruirla. Un impulso recorrió mi mente, sacudió mi corazón y me llevó en volandas hasta dar dos pasos al frente. Suficiente para saltar.

Y aquí estoy, de vuelta entre vosotros, decidido a aferrarme a la bondad como un náufrago a su tabla en medio del océano. No pienso soltarme. Ya no quiero marcharme. Me quedaré para siempre. Hasta que llegue mi hora. Hasta entonces recordaré la mirada de Eva, mi madre. Y en breve espero casarme con Nicole, mi novia, en cuyos ojos algún día encontrarán nuestros hijos la misma mirada que a mí me hizo volver a casa.

Bien hallado.

Felix Baumgartner.

 

Juan Diego Guerrero es director de Noticias Fin De Semana en Onda Cero

Sígueme en Twitter: @juandiguerrero