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¡Qué fuerte!

Caprichos de adolescente

Octubre 3, 2013

Nunca fui una niña caprichosa. Nací en una familia pobre de panaderos y barberos y siempre fui consciente de las limitaciones económicas. El esfuerzo y trabajo de mis padres me dieron, con el tiempo, una manera de vivir más acomodada, pero sin excesos. Recuerdo que, hasta los 10 años no tuve mi propia habitación. Mi madre me lavaba en un barreño de plástico todas las noches frente a una chimenea. Mi padre me llevaba a los médicos en una furgoneta R4 amarilla entre paquetes comprados para la tienda en un almacén porque había que aprovechar el viaje. Jamás me fui de vacaciones con ellos a una playa o al extranjero. Pero fui una niña feliz y recuerdo mi infancia como si hubiera sido la princesa de mi casa. Cuando era pequeña, mis amigas y yo nos prometimos que, al cumplir los 18 años, juntaríamos dinero e iríamos a ver el concierto de Depeche Mode allá donde tocaran. El próximo 18 de enero cumpliremos aquella promesa que hicimos, veinte años después.

Sin ir a clase por un capricho

Cuento todo esto porque ayer pasé por el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid y vi una fila de niñas acampadas esperando que se abran las puertas para el concierto “Coca Cola Music Experience 2013”. Esta noche se subirán al escenario “The Wanted”, “Auryn” y “Abraham Mateo” entre otros muchos. Son grupos de jovenzuelos adolescentes por lo tanto, las que estaban sentadas en el suelo, con tiendas de campaña, sacos de dormir o con cartones para pasar la noche eran crías, niñas que han faltado al colegio estos días para ir a un concierto y ver a sus ídolos. Me ha dado pena, mucha pena y no sólo de ellas, sino de esos padres que permiten a sus hijas hacer esta locura. Incluso los padres hacen turnos para cuidarlas o las sustituyen en la cola para que ellas vayan al baño, por ejemplo.

Padres que malcrían

Me parece triste y patético. Triste que consientan así a sus hijos, que les permitan faltar al colegio, que les permitan pasar la noche tapadas con cartones, etc. Patético que no tengan la suficiente autoridad para evitar que den el espectáculo gritando a unos cantantes adolescentes, llorando por ellos, y volviéndose locas por verlos de cerca. Entiendo que se mitifique o se idolatre a alguien pero no lo comparto. No soy fanática de nadie y creo que vivo mejor así, sin sufrir por esa persona a la que se idealiza por no poder verla o tocarla. Lo lógico sería que esos padres irresponsables las llevaran al concierto el mismo día y que entren con el resto de niñas. También sería lógico que la policía no dejara hacer estas colas ni estas acampadas durante tres días antes. ¡Qué digo tres días! No recuerdo ahora para el concierto de quién estuvieron casi diez días antes haciendo cola y ocupando la mitad de la Plaza de Dalí. Estas pobres crías se sienten bien así, se creen guays y presumen de esto entre sus otras amigas a las que, coherentemente, sus padres no las dejan hacerlo. Cada uno hace con su vida lo que quiere y educa a sus hijos como quiere. Aquí sólo doy mi opinión. Y mi opinión es que esas niñas son unas consentidas caprichosas y los padres unos incautos irresponsables.   

Rosana Güiza Alcaide