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Otras opiniones

Cantos de sirenas

Octubre 27, 2010

Miré el reloj una vez más. Llevaba más de un cuarto de hora de retraso…
 
Tengo poca flexibilidad para las esperas; me parece una falta de respeto por el tiempo de quien te aguarda. Pero la ocasión no podía verse deslucida bajo ningún pensamiento negativo: la máxima autoridad en Derecho Penal de nuestro país había propuesto la cita; tenía un gran interés en llevarme directa, y gratuitamente, mi defensa en un caso mío.
 
Así que hice una señal a uno de los camareros de LOFT 39 y pedí un Dry Martini; para llevar con el mejor ánimo una reunión que se prometía aburrida y plagada de sonrisas forzadas.
 
No sé si lo bebí demasiado rápido, pero al tiempo del último trago apareció su figura menuda portando un tomo bajo el brazo lleno de notas de color fluorescente… Parecía un regalo de navidad: con su traje impecable, sus ojos chisporroteantes de ilusión y aquel batiburrillo de notas de color destacando entre el tejido oscuro de la vestimenta…
 
Algo cambió.
 
En un segundo la realidad se convirtió en ilusión, y mis ojos se iluminaron ante aquella figura que pasó de ser modelo decadente de anti-lujuria y senectud a icono de admiración y de…. sí, me cuesta admitirlo, pero así fue: d-e-s-e-o.
 
Y mi pasmo fue in crescendo al mostrarme el texto tan bellamente aderezado de pos-it verdes, amarillos, naranjas, azules y rosas: era mi caso contra aquel empresario canalla. Mi sentencia recurrida. Cada una de aquellas pegatinas no hacía sino delatar su inclinación y predilección por mí. Por primera vez me sentía la figura central del puzzle incomprendido de mi vida, casi tan importante como una fan quinceañera que acababa de obtener un autógrafo del ídolo del momento.
No sé que sortilegio añadieron al Dry Martini o que embrujo trajo con él, más según avanzaban las manecillas de mi Cartier, sus arrugas tornaban en suaves líneas de expresión y sus palabras se materializaban en una suave soga que amarraba poco a poco mi corazón.
Así fue cómo de niña pasé a mujer y dejé de amanecer en camas desconocidas con jovencitos trasnochados. Había descubierto el amor inteligente en la admiración y el cariño profundo hacia un hombre maduro.
 
Durante cuatro meses me sentí la Princesa de un Cuento de Hadas; mi defensa judicial en manos de aquel hombre transformado en mi mentor se hacía compatible con toda su riqueza cultural: óperas en París , conciertos en Viena , exposiciones en El Prado… Tenía ganas de aprender todo de aquel Pigmalion increíblemente interesante.
 
El hechizo sin embargo se desvaneció cuando dos gamberros a la salida de Club 31 “le sugirieron viagra de modo descortés para estar con aquella señorita (una servidora)”. Días después supe que su exmujer, presa de una ataque de celos, le había recordado que un sapo nunca es un Príncipe y que mis besos no eran encantados sino envenenados por el puro interés y el vil metal.
 
Así es como todo cambió… El conjuro de aquellas noches mágicas, se desvaneció entre las lágrimas de un niño que no supo defender con garras lo que quería el hombre. La indecisión gobernó entre los miedos por vivir un futuro incierto, quizás mejor… pero al fin y al cabo enigmático; y la monotonía acabó uniformando su vida gris.
 
¿Cómo se puede desear vivir lo malo conocido a lo bueno por conocer? ¿Por qué no se siente seguro de sí mismo fuera de los códigos legislativos?, o ¿por qué en lo más hondo de su corazón cicatrizado sólo anida el recelo y la cobardía que le susurran que no estará a la altura de las pretensiones de una mujer que sabe hacia donde va?. Porque él necesita no sólo que le aten al mástil para no oír los cantos de la comprometida sirena, sino que le taponen los oídos también, para no saber. Sí; para no saber lo que pueden llegar a envolver los turbadores sonidos de lo que pudo haber sido.
 
Hace unos días he compartido almuerzo con el nuevo compañero que asumió la defensa del caso; llegó puntual a nuestra cita en mi bar preferido de la calle Benito Gutierrez, CORNER. Mientras con una mano sostenía uno de los exquisitos pinchos de solomillo caramelizado con la otra extrajo, de un elegante maletín, el conocido texto deslucido ya de sus galones de colores. Ahora su contenido, que no su continente, se acompañaba de incontables anotaciones manuscritas de diferentes tonalidades.
 
Le miré mientras leía un párrafo; y aún siendo manifiestamente más atractivo e intelectualmente homólogo a mi querido profesor… el canto de las sirenas no le confundió. Sonreí a sus halagos, y filtreé con descaro manejando con soltura cada una mis pestañas; y cuando le supe atrapado en la mágica tela de araña de mis encantos, y antes de que pronunciase una proposición inadecuada, me despedí con un suave beso en la comisura de los labios.
 
Sé que se desvivirá por llamar mi atención. Se empleará a fondo hasta verme claudicar. No desfallecerá hasta conseguir ver en mis ojos un destello de admiración… Más el tono blanco de su piel en el dedo anular derecho, es la brújula que me recuerda que ya no hay cupo en mi vida para quien no se atreve a oír mi canto de sirena, aún atado a un mástil para cercionarse de no sucumbir a la tentación. Mientras tanto, yo seguiré esperando a mi amado Ulises…

Teresa Bueyes