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Los puntos cardinales

Cameron vs. “Braveheart”

Febrero 12, 2013

No se pueden establecer paralelismos gratuitos en procesos que atañen a la propia esencia de los estados. Así que, no teman, que no les voy a aburrir en estas líneas con Mas, Junqueras, los Pujol o el resto del coro de la estelada. Nos centraremos en la estrategia puesta en marcha por el primer ministro británico desde el pasado fin de semana. David Cameron ha elegido un sentido y emocionado estilo epistolar para plantearles a los escoceses que ansían la separación del Reino Unido las consecuencias de romper un nexo histórico que se remonta a 1707 y que, a fecha de hoy, sólo cuenta con un 23% de ciudadanos que apoyen independizarse política y administrativamente de Londres. Hasta que acudan a las urnas el año próximo, la tarea del Gobierno autónomo del nacionalista Alex Salmond será titánica. Tendrá que hacer un esfuerzo divulgador para diferenciar los dictados del corazón y la memoria de William Wallace de los términos de estricta ortodoxia política. Porque el problema de los nacionalistas, de todos los nacionalistas, es que tienden a que prevalezca el sentimiento sobre la razón. Saben, eso sí, que hay un compromiso firme por parte de Downing Street para que se cumpla el resultado de la consulta, cualquiera que sea. Por el momento, entre los habitantes de las Highlands se advierte una sensación de tranquilidad, y no prolifera el “merchandising” soberanista con esa insistencia machacona tan folklórica de algunas regiones peninsulares.

Echar mano de la calculadora

Por eso, en situaciones de crisis como esta, además de la bandera y el pin, hay que echar mano de la calculadora. La etimología griega de crisis se sustancia en el significado del verbo decidir o separar. Para ello, hay que coger la regla y trazar las columnas de los pros y los contras de la secesión. La primera se llena sola, a base de añoranza historia y voluntad propia para acometer decisiones difíciles de enorme calado. La segunda, en cambio, es más molesta. Porque, si llegara el momento de la ruptura, los escoceses tendrían que sufragar la parte proporcional que les corresponde de la deuda pública, alrededor de ciento setenta y cinco mil millones de euros. El paro, por su parte, supera el ocho por ciento, un punto por encima que en el resto de la isla. Habría que renegociar los recursos energéticos y la política monetaria. Y, muy importante, la relación de la sociedad con el resto de los países de la Unión Europea, porque las autoridades de Edimburgo asumen aunque no lo reconocen públicamente que el nuevo territorio quedaría fuera de las estructuras comunitarias. Desde el punto de vista doméstico, Escocia seguiría bajo la corona, en línea con el resto de naciones de la Commonwealth.

Quizá haya quien piense que David Cameron lo fía demasiado largo con esta campaña, pero el primer ministro británico ha optado por la paciencia didáctica. Tras haber manejado la batuta casi a su antojo durante la pasada cumbre europea de los Presupuestos, Cameron trabaja con la realidad de los números.

Hay pequeños pueblos de la maravillosa Escocia en los que, después de un par de tragos, los parroquianos rememoran las gestas que entre los siglos XIII y XIV llevaron a cabo William Wallace y Robert De Bruce, a mayor gloria de la independencia frente al invasor inglés. Lo curioso es que, con el paso de los siglos, parece que el verdadero “Braveheart” sea Cameron, marcando los tiempos y las estrategias.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.