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Otras opiniones

Cadena de favores

Noviembre 16, 2010

Veranear en Fuerteventura con un brazo en cabestrillo es lo peor que me ha pasado en muchos años. El picor que la escayola provocaba en mi piel había suplido a los picotazos de los mosquitos de otros años, que se veía acrecentado por la rabia e impotencia de no poder nadar en aquellas aguas idílicas con las que tanto había soñado en estrados.
Cogí una guagua en el Puerto del Rosario con destino a ninguna parte. Una anciana y yo éramos las únicas viajeras en aquel destartalado autobús. Cinco minutos después de iniciar el incómodo trayecto, la centenaria señora se bajó en una parada muy próxima a un vasto paraje desértico que vislumbré por la ventana. En realidad Fuerteventura es un desierto rodeado de agua. Su paisaje actual está marcado por un exceso de arena, llanos y escasa vegetación debido a las escasas precipitaciones que llegan a la isla.
Inundada por el sopor que produce el aburrimiento empecé a sumergirme en un dulce sueño.
          ¡Señorita! ¿Qué le ha pasado en el brazo?
Bruscamente, mi aturdimiento se interrumpió por las palabras de aquel chofer curioso que conducía el vehículo con mi soledad a cuestas.
          La verdad que tengo un problema con una dislocación en el codo que me genera una tendinitis…De jugar al paddle dice el médico, si no se me quita en estos días me tendrán que infiltrar.
          Los médicos no saben nada, me espetó el conductor con ese acento gracioso que tiene los canarios. Si usted quiere yo sé de alguien que le curaría el brazo en un santiamén. ¿Quiere usted que le lleve?
          ¿Pilla cerca de aquí?
          No se preocupe y confíe en mí.
Justo en aquel momento el conductor hizo un brusco cambio de sentido en aquella carretera de piedras que tanto me recordaba a cualquier río seco de mis viajes en Costa Rica y Méjico. Veinte minutos después de proseguir su enigmática marcha a través del monótono desierto, alguien reclamaba por la emisora la respuesta del conductor ácrata e insolente pidiéndole algún tipo de explicación. Me quedé perpleja y sin habla ante la situación inaudita en la que me encontraba.
Estuve a punto de preguntarle porque no contestaba a aquella mujer que le increpaba por la radio para llegar al destino marcado, pero temí invadir el silencio que me separaba de él a modo de escudo protector. ¿Y  si las intenciones de aquel hombre pudiesen tener más que ver con las de un psicópata o perturbado que con las de un hombre generoso? Me preguntaba yo…al fin de cuentas ser bueno hoy en día equivale a estar loco ¿no?
De pronto, una pequeña tasca en medio del interminable desierto provocaron un frenazo de golpe que casi acabó por desguazar el viejo mastodonte que conducía el temido conductor.
          ¿Ha comido ya? Aquí se come el mejor cherne y vieja de la isla.
Así que, con las mismas, bajé de la guagua y me animé a comer con aquel hombre que debía tener la edad de mi padre, animada por la idea de que estaba de vacaciones y mi código penal se había quedado en Madrid.
Efectivamente el pescado era exquisito y las papas con mojo picón deliciosas. Durante el almuerzo, aquel hombre me resumió una vida familiar sencilla, demasiado alejada de la sofisticación y ritmo trepidante de mi rutina mundana. Quise abonar la cuenta pero ya era tarde, pues Miguel – así es como se llamaba-  se había adelantado a pagar las suculentas viandas en un momento de descuido.
Transcurridos cuarenta minutos alejados de la ruta habitual, llegamos a un paisaje de relieves abruptos, rodeado de dunas, que dejaba entrever algo más de vegetación que la sequedad extrema a la que me había empezado a acostumbrar en mi exhausto trayecto. Miguel paró el autobús justo enfrente de una pequeña casita blanca a escasos metros de una preciosa calita. Al apearnos, un hombre de apariencia harapienta y pedigüeña nos recibió cortésmente, invitándonos a entrar en su digno habitáculo.
          Dígale donde le duele, me insistió Miguel.
          Pero, ¿es médico? Pregunté asombrada ante aquella escena tan propia de un libro de Delibes.
          No, soy pastor, ¿No ha visto mis ovejas fuera? Manifestó aquel hombre con una sonrisa. No se preocupe, ya veo lo que le ocurre en el brazo, déjeme.
En menos de un minuto aquel hombre extendió un ungüento casero de color verde, y con fuerte olor a mentol  y especias, masajeando desaprensivamente aquel brazo casi inerte. Súbitamente, sentí como el calor invadía mis articulaciones y como los tendones y músculos que tocaba y manipulaba sin pudor volvían a su ser, recolocándose y desapareciendo por completo aquel dolor que había frustrado mi ocio estival.
          Ya no necesitará esta escayola. Ya está curada. Ya se pueden marchar. Gracias por visitarme.
Nuevamente quede extasiada ante aquel acontecimiento inimaginable. Mi brazo estaba totalmente curado. No daba crédito y no podía comprender nada de aquella historia maravillosa con aquellos personajes caritativos y amables tan distantes de Madrid y mis sumarios judiciales. De camino a Corralejos, Miguel me dejó en la puerta de mi hotel. De regreso a mi destino y durante el resto de mis vacaciones toda mi preocupación se centraba en que aquel hombre no perdiese su trabajo.
          ¿Qué puedo hacer yo por usted Miguel? No me ha querido cobrar, me ha invitado a comer, me ha llevado a su amigo que tampoco me ha cobrado y ahora me deja en la puerta de mi hotel. Ni siquiera sabemos si perderá su trabajo por mi culpa. ¿Todo esto porqué?
          Algún día lo sabrá…me contestó con una amabilidad angelical. Good Chain.
¿Good Chain? Me extrañaron demasiado aquellas palabras en inglés de un hombre que a duras penas chapurreaba el español.
Por pura casualidad, meses después, ha llegado a mi conocimiento que existe una asociación extendida por todo el Planeta denominada Good Chain, y cuyos integrantes son personas anónimas cuyo objetivo es poner en marcha una cadena de favores. De este modo cada uno de sus integrantes hace un favor a un desconocido. En contraprestación, el desconocido que recibe el favor se compromete a hacer otro favor a otro desconocido.
“No se trata de poner en marcha grandes acciones, explican los creadores, sino de pequeños actos de generosidad, preferentemente anónimos y/o a personas desconocidas. Tampoco se trata de emprender actos de caridad: todos, desde el más pobre hasta el más rico, necesitamos que nos iluminen el corazón de vez en cuando, señala la web de esta iniciativa.”
De este modo, he descubierto cómo aquel hombre maravilloso forma parte de una asociación de la que ahora formo parte yo, y de la que gustaría que todos ustedes formasen parte, para hacer de este Mundo el mejor de todos los posibles. Ya saben que después de leer este artículo están ustedes en deuda con un pequeño favor.



Teresa Bueyes