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Otras opiniones

Cabezas de turco

Septiembre 13, 2010

La vida encierra paradojas en enigmas encriptados, que, de vez en cuando, se descifran a través de extrañas señales y coincidencias…
Eloísa tardó en hacer su maleta apenas treinta minutos. No olvidó guardar en el neceser el Prozac y la caja de preservativos que vergonzosamente había comprado a la farmaceútica de la calle Menéndez Pelayo 67, justo debajo de su bonito ático frente al Parque de El Retiro.
A pesar de las horas de terapia, Eloísa aún visionaba compulsivamente, al que había sido el hombre de su vida hacía unos meses. La devastación de aquella infidelidad con su mejor amiga, había abonado sus tributos en forma de amargura en su semblante. El silencio cómplice y delictivo de todos los que sabían del engaño a escasos días de la boda, había provocado que Eloísa se sumergiese en un tenebroso mar de tristeza y desengaño desde hacía siete meses.
Pensó que la ciudad elegida sería el destino idóneo de vacaciones, para olvidar su obsesivo pasado y recuperar las fuerzas necesarias para enfrentarse a aquel interminable sumario por blanqueo de capitales, que le esperaba, aún sin destripar, en la mesa de su despacho.
Eran las siete de la mañana del 24 de julio de 2010 cuando los cánticos encadenados de los almoacines comenzaban a despertar  la ciudad. Su eco retumbaba por todos los rincones, justo cuando Eloísa puso sus pies en Sultanhamed. Inmóvil, contempló exhausta y casi en trance la vista magnánime que Santa Sofía ofrecía y la inmensidad de la Mezquita Azul asomando entre el cielo turquesa. El ambiente pegajoso e insoportablemente húmedo de Estambul intensificaba el aroma a mil y una especias, a miel y te caliente que destilaban sus calles. Embriagada, comenzó a perder el sentido a medida que se iba sumergiendo en la ciudad, perdida en un mosaico de calles escondidas que desembocaban en ninguna parte.
Cientos de hombres y miles de miradas fascinadas la seguían y perseguían con descaro reclamando para sí un beso, una palabra, una mirada… Atrapada durante horas en aquella tela de araña de mercaderes, sus piernas comenzaron a flaquear y su corazón a latir intensamente, cuando divisó a dos hombres que la venían siguiendo a pocos metros desde uno de los pasillos centrales del Gran Bazar.

Rescate inesperado

Le faltaba el aliento en aquel ambiente irrespirable formado por un enjambre de manos, que luchaban por tocarla, ofrecerle alfombras, joyas, cerámicas…No aguantaba más. Necesitaba una salida urgente para liberarse de aquella marabunta humana que la había apresado entre sus instintos más bajos. Comenzó a correr desesperada, cuando aquellos dos hombres lo hicieron tras ella. Sólo entonces, tuvo la certeza de sus malas intenciones. En su desaliento, recordaba como experta abogada, como algunas españolas habían desaparecido para siempre en Turquía y cómo distintas Asociaciones de Derechos Humanos trataban infructuosamente de localizarlas… De repente, al doblar la esquina, sintió sorpresivamente, como una mano fuerte y masculina le cogía de la mano derecha tirando de ella y sacándola de aquel lugar horrible.
Fue así como conoció a Mahmut. Un cruce de miradas fue suficiente para comprender que nunca hasta entonces se había percatado de cómo los ojos de todos los españoles que había conocido tenían las miradas muertas. Intuitivamente, comprendió que ella podía ser cualquier Princesa sacada del Imperio Otomano y que aquel hombre era un Sultán disfrazado que la llevaría a salvo a su Palacio. Se dejó guiar por aquel hombre, sin más brújula que el mapa invisible que sólo una vida pasada puede imprimir en el alma. Fue entonces, cuando, olvidándose de todo, sintió como la magia de Estambul penetraba en sus poros haciéndola suya, mientras contemplaba extasiada el reflejo dorado del Bósforo al atardecer.
La Diosa Medusa, ubicada en la Gran Cisterna, fue testigo silencioso de aquel beso apasionado, mientras las gotas de agua que bajan por sus frías columnas pronosticaban a modo de lágrimas su futuro inmediato.
Pasaron todos los días y horas de la semana juntos, recorriendo sus cuerpos y queriéndose con la pasión propia de dos amantes reencontrados en el tiempo. Así, bajo la luz de la luna y el rugido silencioso de sus corazones, se juraron amor eterno.

Del cielo al infierno

De regreso a Madrid, Eloísa recobró el sentido para dejar de ser Princesa. Aquella tarde de finales de agosto abrió por primera vez el sumario que había dejado sobre su mesa de trabajo. No había contado hasta diez cuando, abruptamente, su estado hipnótico se interrumpió haciéndola descender desde el  cielo para tocar el infierno. No podía dar crédito a lo que estaba leyendo…
Allí, frente a sus ojos, estaba el informe de la UDYCO (Unidad contra la Droga y el Crimen Organizado), en el que se relataba pormenorizadamente como se urdía una organización criminal destinada al blanqueo de capitales procedente del narcotráfico turco. Como cabeza visible y con una orden de búsqueda y captura dictada desde el Juzgado Central de Instrucción número 4 de la Audiencia Nacional, estaba Mahmut, de 36 años de edad, 1,85, moreno.
Eloísa tragó saliva al comprobar que, según el informe policial, la novia del supuesto capo más buscado por la Audiencia Nacional, no fuese ella sino la farmacéutica a la que una semana antes le había comprado la caja de preservativos y como había intentando utilizar sus negocios farmacéuticos para el blanqueo de capitales.
Eloísa no lo dudó ni un segundo: había leído Carl Jung y sabía que lo que el filósofo y psicólogo denominaba “Coincidencias significativas” eran señales que marcaban el destino de las personas… Sabía que tenía que contar toda la verdad a aquella mujer para que no le ocurriese lo mismo que le sucedió a ella meses antes…”
El relato novelado que les acabo de contar es una historia real sucedida este verano a una compañera, ¿se pueden imaginar el final? Se lo contaré tras el juicio…

Teresa Bueyes