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Otras opiniones

Bratislava. Ópera y rock a orillas del Danubio.

Febrero 21, 2013

Aquella noche, sin saber cómo, llegamos a una oscura estación de autobuses que nos recordaba alguno de esos sórdidos lugares de la “guerra fría” en los que se intercambiaban prisioneros. Allí nos esperaban nuestros amigos Lorena y Javier, quienes habían sido destinados durante un año, a principio de los noventa, por una multinacional española a la capital eslovaca.

Previamente nos habían advertido sobre las bondades y las penurias de esta ciudad. De su desabastecimiento de víveres y objetos con los que mercadear y de los precios tan bajos que cualquier visitante podría encontrar en su viaje a esta destartalada ciudad bañada por el Danubio.

La única manera de poder llegar desde Madrid era tomando un vuelo a Viena y desde allí un autobús a nuestra ciudad de destino. Aunque las dos distaban, la una de la otra, casi cuatro años-luz en bienestar y calidad de vida, se encontraban a tan sólo  70 kms.

Al llegar a la frontera el autobús se detuvo y un uniformado policía con gran gorra de plato, accedió por la puerta delantera al interior solicitando la pertinente documentación a todos los viajeros. Nosotros, sentados en la última fila, contemplábamos atónitos cómo, uno tras otro, le mostraban sus pasaportes. Proseguimos después de una hora de parada debido a un problema en un visado de una ciudadana peruana.

Esa noche dormimos en la vivienda que la empresa había dispuesto para nuestros amigos, ubicada en un bloque de la época socialista construido con módulos prefabricados de hormigón y compuesta por tres cajones, uno era el salón, el segundo dos habitaciones y el tercero una pequeña sala, el baño y la cocina. Todo ello acompañado con el debido ornato de las viviendas seriadas “panelak”.

A la mañana siguiente comenzó nuestra visita a la ciudad, iniciando ésta, por el casco antiguo el cual estaba compuesto por no pocos edificios históricos mezclados con bloques modernos que habían sido construidos en las brechas que dejaron los bombardeos de la II Guerra Mundial. Anduvimos un rato entre numerosas esculturas de metal como la de un pocero en el momento de salir de una alcantarilla o la de una lectora sentada en un banco que parecía acompañar a quienes quería fotografiar junto a ella. Por cierto, a la gente del lugar no le gustaba que les fotografiásemos, sin duda, porque no querían mostrar al mundo la pobreza que se respiraba.

Tuvimos ocasión de cenar en la Ópera, un edificio espectacular con uno de los restaurantes más caros del país, en el que una comida para cuatro personas no costaba más que un menú de hamburguesa en cualquier conocida cadena americana. A cambio, pudimos contemplar desde el interior, la suntuosidad de los salones y sus recargadas decoraciones de época.

Comenzaba, entonces, a surgir una clase económica muy rica, formada en su mayoría por antiguos dirigentes del Partido Comunista Eslovaco, que habrían expoliado las riquezas nacionales, atesorándolas y  que, ahora conducían lujosos automóviles alemanes.

Esa experiencia, en la antigua Checoslovaquia, cambió para siempre nuestra percepción de la realidad sobre la Europa Oriental. La opulencia en la que vivíamos, las comodidades que disfrutábamos, los servicios públicos de los que éramos usuarios y los países con los que nos codeábamos dentro de la Unión Europea, no nos dejaban ver la realidad de quienes no habían disfrutado de una verdadera libertad.

El gran Danubio

Desde una barcaza enorme, convertida en café-restautante, varada en una orilla del Gran Danubio y bebiendo uno de los mejores cafés del mundo, aprendimos que, aunque una ciudad sea arrasada, la gente pervive conformando el carácter mismo de un lugar.

Al día siguiente, asistimos a una macro fiesta universitaria en un estadio olímpico. Me encargué de pedir cuatro cervezas, no sin tener algún que otro problema porque los billetes más pequeños, que traíamos desde España, equivalían a la mitad de un salario, de modo que no era posible encontrar cambio para tal cantidad de dinero. Armado de paciencia conseguí hacerme entender, usando el español, algo de inglés y mi pobre francés, por una camarera que sólo hablaba la lengua local.   Viendo que la única manera de salir de allí con las consumiciones y no perdernos aquella velada rockera a la eslovaca, decidí invitar a medio estadio, cosa, que contrario a lo que pudiera parecer, no supuso ningún problema para nuestra maltrecha economía estudiantil.

“Bratis”, como cariñosamente le llamaban nuestros amigos, despertaba a la economía de mercado. Sus ciudadanos empezaban a darse cuenta del verdadero valor del dinero, algo que en España, hasta que no nos ha llegado la crisis económica tan convulsa en la que nos encontramos, no hemos sabido apreciar, ya que hemos vivido muy por encima de nuestras posibilidades.

Los eslovacos, que nunca habían estado demasiado dispuestos a recibir turistas, que se llevasen sus escasos bienes, no entendían que hordas de europeos occidentales fuéramos en busca de cristalerías de Bohemia –fabricadas con excelente calidad y un cuidado excepcional por los detalles-, sin embargo, ahora han acabado inmersos en la vorágine consumista de la Europa Occidental. A día de hoy, han pasado a tener mayor prosperidad y mucha más calidad de vida, rodeados de un entorno muy cuidado y de una sobrecogedora naturaleza.

La ciudad es ahora un ejemplo de racionalidad y funcionamiento y nada tiene que envidiar a la cercana capital austriaca. Aun siendo dos lugares muy distintos, y habiendo estado prácticamente incomunicados por un grueso telón de acero, en la actualidad, un gran río les vuelve a unir.

Antonio Lambea Escalada. Arquitecto.