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Los puntos cardinales

Brasil: se acabó la samba y se encendió la calculadora

Octubre 7, 2014

Los augurios han vuelto a fallar, en esta ocasión en Brasil. La semana pasada concluía con unos sondeos que apuntaban a una cómoda reelección de Dilma Rousseff que ahorraría a los brasileños las inconveniencias que origina una segunda vuelta electoral, tan costosa y compleja en un país de semejante inmensidad. Superado el primer examen del domingo en las urnas, Dilma sabe que tiene ante sí a un rival que simboliza un modelo económico totalmente distinto al que Luis Inacio Lula Da Silva impulsó tras su victoria en 2003 y que hizo posible que treinta millones de personas saliesen de la pobreza extrema en la que se encontraban. 

En 2010 Rousseff se alzó con la victoria y sustituyó a su mentor, el sindicalista que logró deslumbrar a George W. Bush. Brasil era una máquina de dar titulares, el foco sobre el que se centraban las miradas de asombro de todo el mundo. El músculo que exhibía la república federativa la convertía sin lugar a dudas en la gran potencia del hemisferio suramericano, con un 7,5 por ciento de crecimiento anual. Un proyecto, un modelo surgido desde la izquierda como gran referencia. Quedaba bien claro que ni Lula ni Dilma gestionaban como sus amigos Evo, Hugo o Raúl, ni desde luego, como Cristina.

Del crecimiento al desánimo

Los países latinoamericanos presumían de haber tenido una capacidad mayor que las economías de la Unión Europea para superar el zarpazo de la crisis. Parecían mantenerse incólumes. Sin embargo, los dos últimos años no han sido buenos para este Brasil del siglo XXI. Una vez que la población aplaudió y acabó por asimilar ese logro inicial de la lucha por la erradicación de la pobreza comenzaron a notarse las goteras del edificio de un Estado remozado a toda prisa a base de esos éxitos políticamente rentables.

Pero el sótano de su estructura escondía múltiples casos de corrupción en el círculo más próximo al poder y en las calles se notaba el rechazo social progresivo de una ciudadanía que veía cómo la máquina administrativa no era capaz de satisfacer sus demandas más elementales. Tanto los programas y las políticas sanitarias y educativas brillaban por su ausencia. El Gobierno parecía dar prioridad a su imagen exterior y todo se fiaba al escaparate de la celebración de un Campeonato Mundial de Fútbol que vino precedido por movilizaciones y protestas en las principales ciudades del país. En el colmo de la paradoja, -y a ello ya nos hemos referido alguna vez en esta misma sección-, los brasileños renunciaban al deporte rey y exigían que el estado cumpliese con sus obligaciones y cubriese las necesidades más perentorias.

Calculadora para la segunda vuelta

La campaña se resumía con el eslogan “necesitamos profesores y no futbolistas”. Además del mazazo al orgullo patrio por los siete goles que Alemania le endosó a la canarinha, y que alguien quiso interpretar como el símbolo de una nación con poder real frente a quien aspira a estar en esa misma liga de países, las cuentas no han cuadrado. Brasil apenas crece al 0.6 por ciento y las previsiones más optimistas lo sitúan en el 1 por ciento al término de este año.

Quien trabaja ya con la calculadora en la mano es el candidato liberal Aécio Neves porque sabe que la diferencia de votos en la primera vuelta no tiene por qué proyectarse a la segunda. Fuera ha quedado la ecologista Marina Silva, preocupada por la protección de la Amazonia pero con buenas relaciones en los centros económicos y empresariales clave del país y con un mensaje equidistante del de Dilma. Sus seguidores pueden desempeñar un papel determinante en esta hora en la que Brasil se dispone a probar si el modelo Lula-Dilma está agotado y el país acaba semejándose a otros sistemas como ese frente del Pacífico que representan Chile, Perú, Colombia o México.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.