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Los puntos cardinales

Brasil 2014, el Mundial se juega en las calles

Enero 28, 2014

La semana pasada reflejábamos aquí el principal problema que tiene una de las grandes naciones del hemisferio iberoamericano, como es el elevado número de víctimas del narcotráfico y la proliferación de milicias ciudadanas de autodefensa en México. Esta semana seguiremos en esa parte del mundo para poner sobre la mesa el desafío al que se enfrenta el otro estado puntero de Latinoamérica, Brasil. En apenas cinco meses comenzará el campeonato del Mundo de Fútbol en un país que está dejando bien claro que una cosa es ser la primera potencia balompédica del planeta, lo cual es un estandarte desde el punto de vista deportivo, y otra tener la capacidad de garantizar que todos los factores que rodean el mayor evento futbolístico se desarrollan sin problemas.

El calendario aprieta y la finalización de las obras, también. Además, no sólo se trata de que las infraestructuras estén plenamente operativas en su fecha cuando llegue la troupe de la FIFA sino que, a la hora de echar las cuentas, el saldo no provoque el definitivo estallido social. De momento, los cálculos apuntan a que el Mundial brasileño será más caro que los celebrados en Alemania o Suráfrica. Empieza a ser preocupante que cada vez que un grupo de ciudadanos en alguna gran urbe se echa a las calles en protesta por la inversión en fútbol mientras las carencias en sanidad y educación son insoportables, las quejas deriven en violentísimos choques. El último ejemplo es el del pasado fin de semana en Sao Paulo, con alrededor de ciento treinta detenidos tras una batalla campal que dejó imágenes de comercios y bancos destrozados, vehículos calcinados y la policía abriendo fuego sin demasiadas contemplaciones.

El problema de la inseguridad ciudadana

Esa es la vertiente de social de un movimiento que cuando surgió llegó a contar incluso con la comprensión de la presidenta, Dilma Roussef, una mujer de izquierdas con una gran sensibilidad para las demandas de la clase trabajadora. Hay otro aspecto que no tiene nada que ver con las reivindicaciones o las quejas ciudadanas, pero que cuando llegue el momento puede convertirse en un elemento distorsionador de la imagen que Brasil quiere proyectar ante el resto del mundo. Y ese otro problema es el de la inseguridad ciudadana. En el caso de las principales metrópolis brasileñas, esos focos de delincuencias tienen sus cuarteles generales en las favelas, muchas de las cuales se encuentran a muy escasa distancia de las principales zonas turísticas, de modo que hay dos mundos absolutamente antagónicos separados por fronteras inexistentes. Las autoridades policiales de Río de Janeiro ultiman estos días el funcionamiento del soberbio centro de coordinación operativa desde el que se intentará que todo discurra por cauces de tranquilidad en calles, barrios y playas.

La República Federativa de Brasil forma parte del selecto grupo de países emergentes llamados a encontrar el protagonismo que merecen en el escenario del G-20 o en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Por eso la adjudicación de los Mundiales de Fútbol a la candidatura brasileña y la elección de Río como sede olímpica para 2016 nos hacen sospechar del desmesurado entusiasmo tanto de la FIFA como del COI. Está claro que alguien va a obtener enormes beneficios con las dos demostraciones deportivas más multitudinarias que existen. Lo paradójico es que, a medida que se acerca el momento de la ceremonia inaugural en Sao Paulo, cada día son más los propios paulistas que se oponen frontalmente a la verbena futbolística. Así que, mientras Dilma y sus ministros echan cuentas, los policías preparan sus porras y sus escudos y los agentes del Batallón de Operaciones Especiales llenan sus cargadores de cartuchos, dispuestos a limpiar cualquier foco delincuencial que manche la imagen que se ha querido potenciar de Brasil en una exhibición de derroche tan desproporcionado como innecesario.

Ángel Gonzalo, Redactor Jefe Internacional de Onda Cero.