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Los puntos cardinales

Besamos su mano, Don Silvio

Diciembre 21, 2010

Daba miedo verle, con su traje impecablemente entallado, su bronceado artificial de muñeco y su pelo casi pegado con barniz. Pero ahí estaba, recorriendo los pasillos de la Comisión Europea en Bruselas, el club que exige rígidas credenciales democráticas de ingreso a los aspirantes. Y allí, Silvio Berlusconi asistía al último consejo de la Presidencia belga después de haber salvado in extremis una moción de censura por sólo tres votos. Venía de la misma ciudad en la que se firmó el tratado que alumbró la Unión Europea. Sólo unas horas antes había quebrado públicamente los valores del sistema mediante una indisimulada compra de voluntades.

Si llevásemos la política transalpina al laboratorio concluiríamos que Italia ha tocado fondo, y siguiendo el hedor podríamos deducir que corrompe el corruptor y corrompe también el corrompido. Todos juntos pudren el juego.

Il Cavaliere no tiene ningún interés en sus ciudadanos. Le mueve la acumulación de poder y ese sentimiento de “vendetta” que el cine ha sabido reflejar de un modo tan sobresaliente. Asestada la puñalada a su antiguo socio, Gianfranco Fini, un antiguo fascista perfectamente reciclado a la derecha moderna europea, la siguiente fase para Don Silvio es convencer a unos democristianos con hilo directo en el Vaticano para dar forma a su nueva abominación política, un disfraz en el que esconder entramados financieros de origen muy diverso y redes de influencia tan altas como la Cúpula de San Pedro.

Recientemente he disfrutado con el visionado de la miniserie “El capo de los capos”, una producción italiana de nueve capítulos que recorre paso a paso la vida del jefe de la Cosa Nostra siciliana, Salvatore “Totó” Riina. Es una crónica demoledora por su carga documental que saca a la luz las relaciones de esa unión sacrosanta entre la democracia cristiana y la mafia. En esa línea está también la película “Il Divo”, una caricatura brutal de Giulio Andreotti, el hombre que ha personificado el nexo entre la Curia y la “honorable sociedad” de Riina a lo largo del último cuarto del siglo XX.

Poco antes de ser asesinado por orden del Tío Totó en 1992, el juez Giovanni Falcone se lamentaba de la que la mafia se hubiese convertido en un estado dentro del propio estado. Nadie en las dos últimas décadas ha podido acabar con esa lacra. Y las prácticas se reproducen hasta la extenuación; sobornos, amenazas, blanqueo de dinero y un largo etcétera de comportamientos que la ficción retrata tan bien. La carrera de ese empresario milanés hasta entonces sin ninguna notoriedad se labró a comienzos de ese periodo y ha acabado por convertirle en el hombre cuya mano todos quieren besar en señal de respeto.

Ángel Gonzalo, redactor jefe Internacional de ONDA CERO