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Otras opiniones

Berlín, al este del oeste

Abril 18, 2013

Resulta a veces tan increíble volver a esta vieja ciudad que, cuando tomo tierra de nuevo en Tegel (unos de sus aeropuertos), no dejo nunca de asombrarme de que los años no pasan sin dejar su huella. Cuando conocí Berlín, antes de la caída del muro, existía toda una lúgubre mitad –quizás era más de la mitad- de una ciudad despedazada; cuatro gajos de naranja que se diferenciaban por sus distintos pero no distantes ambientes. Uno de ellos reflejaba, ya desde su construcción la decadencia occidental que se avecinaba. La conocida Kurfürstrasse, en las cercanías del famoso zoológico, era el reflejo más oscuro de esa sociedad envuelta en tormentas y llamas. Una película representa fielmente todo esto de lo que hablo; con la actuación estelar en ella del más genuino David Bowie trasnochado, –Yo, Cristina F.- (como así se tradujo del alemán), mostraba a una jovencísima chica berlinesa tambaleándose por todas las esquinas, usando todos sus encantos de adolescente para sacar un poco de cash y así pagarse una dosis (o sobredosis) de droga que la elevara un instante sobre el cielo de Berlín. Ese mismo cielo, reflejado con pleno acierto y excepcional blanco y negro por el maestro y director de cine Win Wenders en una de sus obras maestras, Der Himmel über Berlin, muestra el punto de vista de varios ángeles que charlan sobre la trascendencia de la vida y que sólo pueden ser vistos por niños y corazones puros haciendo que Berlín sea siempre un espejo del mismísimo cielo (o del infierno).

En los años cuarenta, treinta años después de la fatídica I Guerra Mundial que dejó a media Europa sumida en el siglo XVI, comenzaba un disparatado crecimiento hacia la decadencia. Al mismo tiempo miles de alemanes resultaban avocados a otra nueva guerra donde millones de judíos en la diáspora fueron gaseados, cientos y cientos de almas gitanas y de otras pequeñas minorías étnicas eliminadas e incluso algún desventurado opositor nacional al III Reich machacado y aniquilado.

Así es Berlín

Así era Alemania, así ha sido y es Berlín, desde Bismarck hasta Merkel, un país dominante que recientemente quiere “exportar” por doquier su german eficiency way of life emulando el mejor ejemplo de la prosperidad macro-económica americana que, por cierto, no lo es tal.

Desde Madrid, desde Murcia o desde Alicante se ve todo tan distante que ahora estoy casi seguro de que Berlín es un paradigma del mundo artístico, de las vanguardias y de los ensayos pacifistas y creativos en donde los más jóvenes han emprendido la re-estructuración social con una fuerte determinación. Se han hecho dueños de las calles de verdad. No falta nunca en Berlín una visita al antiguo barrio guerrero y más underground con un paseo por la OranienStrasse,  encontrando infinidad de lugares donde tomar una copa a un elevado precio o bares más baratos y un tanto kich en todas y cada una de las plantas de algún antiguo edificio, literalmente partido por la mitad, y a los que ahora se accede por bellos y cálidos portones que dejan entrever sus patios-concierto plagados de juventud.

Me encantaría decir que en Berlín yo también habría podido ser feliz, pero la última vez que estuve allí, hace unos pocos años, me faltaba algo muy importante. Me hubiera gustado volver a ver a alguno de mis amigos de CISV-Berlín (Children International Summer Villages), organización que me ha llevado a conocer infinidad de lugares agradables y sobre todo, a tener a mano a algún conocido cerca cuando salgo de España para sentirme arropado sea donde sea.

Una ciudad megalítica

Berlín es una ciudad megalítica, se entrecruzan en ella avenidas gigantes como la Karl Marx Alle plagada de altos bloques sociales de viviendas y enormes espacios libres entre ellos, la inmensa isla de los museos –imprescindible la visita al Altar de Pérgamo en el Pergamon Museum, y el viejo Palacio de la República, todo ello en el antiguo sector soviético. La arquitectura masiva del Este se mezcla con la arquitectura más humana y anglosajona, con casas bajas y jardines, de los barrios al más puro estilo londinense –o berlinés-.

Visitas indispensables

Cuando cae el Muro de Berlín, o Muro de la Vergüenza, se abre una enorme brecha en la ciudad que ahora ha sido ocupada por parques y edificios tecnológicos e inteligentes, la Postdamer Platz encierra el monumento al Holocausto y una gran parte de la arquitectura de poderosas compañías como el Sony Center. Monumentos los dos hechos para aflorar el carácter brutal de la masificación humana, el primero no para el ocio precisamente.

También merece la pena visitar el Museo del Holocausto, realizado en el más sobrecogedor estilo deconstructivo del arquitecto de origen judío Daniel Libeskind, surcado de grietas vacías, fisuras vítreas y envuelto en una dura chapa de acero que hace recordar el envoltorio de los transportes de ferrocarril en los que viajaban los millones de judíos muertos en vida en los campos de concentración nazis.

Pero como marcharse de la capital cultural alemana sin una obligada visita, incluido su paso por debajo y contemplación, desde lejos, de la más que famosa Puerta de Brandemburgo (no creo que exista un solo japonés en el mundo que no se haya fotografiado junto a ella). Por cierto, el cercano edificio de la Embajada de Rusia merece la pena si uno viene del lado Este, ya que al otro lado de la puerta se encuentra el complejo del Parlamento o Reichstag con la nueva y ultra-tecnológica cúpula visitable del arquitecto y Sir británico Norman Foster (ese señor calvo al que acompaña Dña. Elena Ochoa y que tiene una envidiable flema inglesa a lo James Bond).

Cuando uno se aleja de nuevo de Berlín tiene la sensación de que va a volver, a mí me ocurrió viendo desde la ventanilla del Boing 737-800, ya en vuelo, el tamaño del parque central Tiergarten que no había observado aún en su totalidad. Los fines de semana es el verdadero centro del campismo berlinés de clase media y el lugar de recreo de la infinidad de inmigrantes que, como yo, hemos pasado en Berlín alguna parte de nuestra vida, por corta que ésta sea.

Algo misterioso y mágico hay en el cielo y en el aire berlinés que te hace sentirte especialmente bien allí aunque no seas alemán, la verdad es que no hace falta. Se hace más certera si cabe la célebre frase de Woody Allen en su hilarante película “Misterioso asesinato en Manhattan” que decía textualmente: “Cuando escucho a Wagner más de media hora me entran ganas de invadir Polonia”.

Antonio Lambea Escalada, Arquitecto.